El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Creemos que nuestra civilización es producto de nuestras luchas, cuando en verdad somos sus productos.

Somos sus hijos, criados tras sus muros.

Cuando los primeros magos del Alto Colegio alteraron la composición genética de los primeros palatinos, fue en el espíritu de la civilización imperial: para responder a las demandas de su época y recompensar a los héroes que conquistaron a los mericanii.

Cuando llegó el momento de que esos nuevos palatinos concibieran hijos propios, actuaron con ese mismo espíritu, hasta que esa tradición se osificó tanto como la ley natural.

Hasta que fue ley natural. La humanidad se separó de nuestros primos, los difuntos y llorados chimpancés, porque las diferencias en nuestros comportamientos —nuestras culturas— nos distanciaron.

¿Cuánto falta, me pregunté, para que nosotros los palatinos estemos igualmente separados del hombre nativo?

Olvidad a Diógenes. ¿Cuánto falta para que incluso el ciego Homero pueda distinguir los huesos de nuestro Emperador de los de un esclavo?

No mucho. Hay muchas entre las casas viejas del Imperio —viudas, en su mayoría— que hacen un estudio de los marcadores genéticos que definen nuestras constelaciones.

Estas ancianas pueden identificar la familia de un noble por el más mínimo detalle del cuerpo o el rostro.

En mi juventud, creí que era una especie de juego.

Ahora soy más sabio. Nada de lo que hacen las ancianas es un juego, y es un profundo error creer que a uno debe importarle una cosa para estar sujeto a ella.

—Sí parece imperial —apuntó la marquesa de Sarmatia—. Un poco severo, pero me recuerda al príncipe Faustinus… ¿llegó a conocerlo, Sendhil?

El gran duque de Milinda negó con la cabeza.

—¿Qué es él, entonces? ¿El octogésimo tercer hijo del Emperador o el octogésimo cuarto?

—El septuagésimo octavo.

—¡Bueno, discúlpeme! —El gran duque levantó las manos—. ¿Cómo se supone que voy a llevar la cuenta de una prole como esa? ¡Por los dioses, Marietta, quién tiene tiempo!

Era como si hubieran olvidado que yo estaba allí.

Con el tiempo, nos trajeron comida, y qué comida tan extraña era.

Ninguna comida propiamente dicha, ningún banquete.

Dos homúnculos: uno con piel como la leche y cabello como el ónice —el otro a la inversa— escoltaron un tren de varios carritos a través de la cámara.

Brevemente vi a cuatro guardias fuera. MOS con uniformes pardos y rostros borrosos.

Sostuvieron las enormes puertas para las sirvientas, pero por lo demás permanecieron impasibles.

Los homúnculos iban y venían con bandejas adornadas con canapés y aireados volovanes.

Había café en abundancia, y té, pero no vino.

Ni agua. Observé cómo los demás se servían copiosamente de las bandejas; ninguno hablaba a las chicas que las portaban.

—Tome lo que pueda —aconsejó Song, tomando una docena exacta de aquellas cosas en un plato pequeño—. Nunca hay suficiente… Té, por favor, buena chica. —El homúnculo con la piel aún más blanca que la mía hizo una reverencia y regresó con una taza de cerámica.

—¿Sabes dónde están mis compañeros? —le pregunté. Me observó con ojos ambarinos como sus finas túnicas, pero no dijo nada—. Deben de haberlos traído conmigo.

—No pierda su tiempo, lord Marlowe , no hablan —dijo el barón Song—. Reanudemos nuestra partida, ¿le parece?

Vacilé un momento, manteniendo el contacto visual con el pálido homúnculo, quien tras un instante se inclinó recatadamente y se alejó.

Sin otra opción, regresé al sofá y a la mesa junto a él.

Druaja —ajedrez laberinto— es un juego muy antiguo, que se juega tanto con el tablero como con las piezas sobre él.

Nunca lo había dominado, al no tener la paciencia ni la mente resolutiva para tales cosas.

Pero Song me había invitado, y no había visto otra opción.

—Su turno, creo —dijo el viejo barón, metiéndose un pastelillo de salmón en la boca.

En el Druaja, uno compite con su oponente hacia el centro del laberinto, intentando todo el tiempo capturar al emperador del contrario.

El laberinto cambia, o se puede hacer que cambie, dependiendo de diversas reglas arcanas.

Moví una de mis piezas de centurión para que doblara una esquina, bloqueando a uno de los catafractos de Song para que no avanzara más hacia el centro.

Mientras me comía un bollo relleno de cebollas y un queso fino, pregunté:

—¿Cuánto tiempo lleva aquí, lord Song?

—No lo sé con certeza —dijo—. Mi terminal murió hace mucho tiempo, y esas encantadoras sirvientas no vienen con ningún horario, que yo haya notado, así que no puedo usarlas para llevar la cuenta.

—Con una mano anillada, capturó a uno de mis legionarios y, tras haber tomado la pieza, la usó para presionar un interruptor en el borde del tablero.

Esto alteró la forma de las crestas que corrían entre las baldosas hexagonales del tablero.

Mi centurión quedó aislado, lo cual liberó a su catafracto—. Pero imagino que varios meses ya.

—¿Varios meses? —repetí—. ¿Sentado en esta habitación?

—¿A dónde más puedo ir? —Se encogió de hombros.

—Antes… ¿uno de los otros mencionó un gólem? —dije, estudiando el tablero.

El mandari me miró largo rato.

—Su sirviente. Yume.

—¿Yume?