El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

No se equivocaba. Cualquiera que fuese el horror que había sentido en nuestra aproximación y descenso se estaba desvaneciendo tras las voces de la multitud.

En el Enigma, en la Estación March , incluso en Rustam, donde la ley imperial flaqueaba, las calles habían estado plagadas de holografías y anuncios masivos que vendían de todo, desde cigarrillos y juegos de simulación hasta modificaciones corporales.

Incluso vendían religión, o las religiones se vendían a sí mismas.

Había degradación, como ya he contado, pero también había libertad.

Y tal vez era mejor comprar cosas degradadas si eso significaba que uno era libre de elegir.

Tal vez tener esa elección, esa libertad, es lo que degrada las cosas que elegimos.

El Cid Arturo enseña que la vida es sufrimiento y llamó a eso una noble verdad, y el Cristo de antaño dice que la nobleza acude al soportar el sufrimiento como Él lo hizo, por elección consciente.

Tal vez por eso los anuncios en la Estación March me habían ofendido tanto.

Tantas opciones imposibilitaban una elección noble.

Pero aquí no había anuncios. Ni holografías de mujeres o de dibujos animados sonrientes. Ni vendedores gritando desde las esquinas. La Ciudad bajo Vorgossos era lúgubre como un sepulcro. La gente que había, y había mucha, se movía silenciosamente en sus asuntos y no levantaba la vista.

—Me recuerda a casa —dije de repente, dándome cuenta solo al hablar de que era cierto.

Switch me miró, horrorizado, e incluso Pallino arqueó una ceja.

—¿Dónde creciste exactamente?

Padre había prohibido la instalación de anuncios, incluso impresos.

Las calles de Meidua se habían mantenido limpias, y si se mostraba un estandarte o divisa era solo el estandarte sable de mi casa con su diablo brincando y carcajeándose en hilo carmesí, o el sol rojo del Imperio.

Los edificios allí habían sido de piedra blanca también, y el gran empuje de nuestra acrópolis desde donde se alzaba la torre negra y ciudadela de mi nacimiento.

—Lo manteníamos limpio —dije.

—Es antinatural —intervino Valka , y había una especie de desesperación en su voz—. Se requiere fuerza para mantener un lugar así. —No se equivocaba; por palabra de Padre, los vándalos atrapados escribiendo en las paredes o poniendo carteles eran entregados a la Cancillería para tormento.

Nadie nos abordó mientras nos adentrábamos más en la Ciudad, ni nos prestó atención alguna.

Aquellas personas con las que nos cruzamos desviaron la mirada o siguieron como si no estuviéramos allí.

Solo una pizca de atención se posaba sobre nosotros, en Ilex más que en cualquier otro miembro de la compañía.

En cualquier momento esperaba que alguna figura siniestra saliera tambaleándose de una esquina o de la sombra de una puerta.

Pero ni los tipos como Jacopo el escultor genético ni Marko el Exaltado nos hablaron. Ninguno.

—Es como estar en una de tus ciudades —me dijo Valka , incapaz o poco dispuesta a ocultar su mueca de desprecio—.

Como si todos tuvieran miedo. —Dejé pasar esta puya a mi hogar e imperio, pues ya había admitido que me recordaba a Meidua y al Descanso del Diablo.

Cuando la doctora notó que no había logrado provocarme, añadió—: ¿Te has fijado en los guardias?

Lo había hecho. Dos de ellos estaban de pie en las sombras de una gruesa escalera de hormigón que subía en espiral por el exterior de un edificio cuboide, sosteniendo porras de descarga al estilo tonfa.

Incluso a distancia, parecían extrañamente carentes de rostro, sus rasgos borrosos e indistintos.

—Son MOS —intervino Ilex .

Switch maldijo.

—¿Estás segura?

—¡Tiene razón! —coincidió Valka —. Están demasiado quietos.

Los guardias vestían una especie de uniforme caqui que me recordaba a los monos usados por los esclavos capataces umandh en Emesh , más afines a los uniformes de una prefectura urbana que a la armadura de los hoplitas o peltastas de las casas, con botas altas y guantes largos hechos de cuero marrón.

Sin estar seguro, podía sentir que Ilex y Valka tenían razón.

Podrían haber sido tallados en piedra. A menudo he presenciado tal decoro en los soldados de mi padre —en la propia Guardia Marciana del Emperador—, pero estas criaturas no parecían ni siquiera respirar.

—¡Vosotros! —dijo una voz suave—. ¡Sois visitantes!

—Al girarme, encontré a una mujer con un traje azul apagado cerca de nosotros.

Tenía el aspecto sucio de quien vivía sin la comodidad de una cama o una ducha.

Era un aspecto que yo conocía demasiado bien, pues lo había llevado durante años.

Y como el mendigo que había sido, una vez, extendió una mano, con la palma hacia arriba—.

¿A qué venís? La vieja Shara conoce el camino.

Conoce a todos los mejores magos, sí que sí.

Sabe dónde encontrarlos. ¿Son esclavos lo que venís a buscar?

¿Soldados? ¿Armas? —Arrugó la cara, encogiéndose.

Me tomó un momento darme cuenta de que esta mujer, esta valiente mujer, esperaba que la golpeara.

Me pregunté qué tipo de gente solía bajar por esos elevadores.

No tenía que adivinarlo. Ella había venido a mí de entre los seis. El único palatino.

Hice un gesto a Switch para que retrocediera; no necesitaba guardaespaldas contra una anciana.

—Shara —dije, usando su nombre—. ¿Has visto alguna vez a uno de los cielcin? ¿Los Pálidos? —Levanté una mano por encima de mi cabeza, indicando la altura de las criaturas a las que me refería—. ¿Aquí?

—¿Qué? —Se estremeció, sin mirarme. Echando un vistazo alrededor vi a otros como ella, hombres y mujeres sucios con ropas que alguna vez fueron finas. Había muchos de ellos viniendo hacia la calle principal y los elevadores como penitentes a un altar—. Aquí no —negó—, aquí no.

—He recorrido un largo camino para hablar con ellos —continué, rebuscando en mi abrigo—. Me han dicho que el amo de este lugar tiene negocios con ellos. Que habla con ellos.

La mujer se había retorcido tan lejos de mí como podía sin salir corriendo, pero aun así mantenía esa mano extendida, con la palma hacia arriba.

Suspirando, coloqué una sola moneda en la palma de su mano.

Era dorada. Un solo hurasam imperial estampado con el perfil del Emperador Guillermo XXIII, el Emperador vivo.

Sus dedos se cerraron alrededor de ella, y la miró, me miró a mí, con los ojos más abiertos que la moneda.

No era un precio pequeño. Para alguien como ella, era una fortuna.

En todo mi tiempo como mendigo en Borosevo, nadie me había dado tanto. Ni una sola vez.

—¿El Amo? —susurró—. ¿El Inmortal?

Inclinándome para mirarla a los ojos, pregunté:

—¿Dónde puedo encontrarlo?

—Está a nuestro alrededor, señor. —Levantó una mano.

¡Cómo le temblaba!—. ¡Él ve todo a nuestro alrededor!

Sabe por qué estáis aquí. Es por lo que estáis aquí.

Es por lo que todos estamos aquí. Él deja a Shara para cuidar la puerta…

pobre Shara. Ella y los otros. —Aquello me hizo retroceder sobre mis talones.

Esto era una actuación, de cierto tipo. Un coro ático vestido con harapos.

¿Saludaban a todos los visitantes de esta manera? Tal vez sí.

—¿Qué demonios quiere decir? —preguntó Switch , y sin girarme supe que tenía una mano en su quemador de plasma.

Levanté una mano para detenerlo, pensando en la forma fantasmal en que nuestra nave había sido pilotada desde la Mistral .

En Emesh , el encaje neuronal de Valka le había permitido ver a través de los ojos del sistema de seguridad del castillo.

Ella había controlado las luces y la red eléctrica y me había ayudado…

me había ayudado a liberar a Uvanari de su sufrimiento.

Pero ella había visto… Yo no entendía mucho sobre las redes de comunicación de la esfera de datos, pero sabía lo suficiente, pues la sensación de erizamiento del vello que había sentido cobró una agudeza especial.

Al girarme, contemplé a los dos oficiales que había visto de pie en la sombra de aquella escalera de caracol.

Sus rostros borrosos se habían vuelto y me miraban.

¿Era mi imaginación? ¿O había una luz brillando a través de ellos?