El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—¿Sobre qué?

Nos habíamos apartado del vestíbulo principal y salido bajo un toldo a rayas instalado frente a una bodega abierta que vendía, para mi asombro, una colección de libros impresos.

¡El olor que desprendían! ¡El olor a pulpa y pegamento!

A papel envejeciendo bajo la luz amarilla, que pasaba del blanco a esa especie de oro que es para mí más precioso que el oro mismo.

Podía sentir que Valka me miraba, así que volví a colocar un pesado volumen de poesía inglesa clásica de la Edad de Oro en el estante donde lo había encontrado.

—Sobre cómo necesitas pensar más allá de Vorgossos , sobre lo que vas a hacer si esto no sale como crees.

—Ah. —Me di la vuelta; encontraba más fácil examinar las letras rizadas en los lomos expuestos que cualquier emoción que se rizara en el rostro de la doctora—. Switch te habló de eso.

Sin tener que mirar, podía ver la pequeña y triste sonrisa en el rostro de Valka .

—Está preocupado por ti. Yo estoy preocupada por ti.

Dejé caer los dedos cuando estaba a punto de sacar una biografía del Emperador Winston el Bueno, pensando que era extraño encontrar tal cosa en una librería extrasolariana, pensando que era extraño que existiera tal cosa como una librería extrasolariana.

Una parte de mí esperaba poder encontrar una copia del viejo libro que Gibson me había dado hacía tanto tiempo, El rey de los diez mil ojos . Pero no apareció.

—Ella quiere que me quede. Que reconstruya la Compañía Roja. Piensa que es mejor si no me establezco en ningún lugar. Mantenerme por delante de lo que sea que Bassander o Smythe o Hauptmann envíen tras de mí.

—¿Crees que lo harían? —preguntó ella, apoyándose en la estantería a mi lado. Apenas podía ver sus ojos por el rabillo del mío. No quería mirar.

—¿Enviar a alguien tras de mí? —Cometí el error de mirar en su dirección—. ¿Estamos hablando del Imperio Sollano? No. Otavia no se equivoca.

—¿Dónde crees que están Bassander y los demás ahora? ¿No supones que podrían habernos seguido hasta la Estación March ? Tenían las coordenadas.

Me agaché y fingí examinar una hilera de volúmenes coloridos que resultaron ser una enciclopedia de poesía erótica jaddiana. Hice una mueca.

—No, no. Bassander ha ido a Coritani, apostaría mi vida a ello.

Se ha reagrupado con la 437.ª. —Sabía a ciencia cierta que eso era lo que había hecho.

Me lo había dicho antes de que yo asaltara la Balmung y me largara con nuestro prisionero estelar.

Me enderecé y me giré para mirarla, alisando la parte delantera de mi abrigo—.

Smythe habrá recomendado no iniciar una persecución ante la remota posibilidad de que este pequeño gambito mío tenga éxito.

—¿Y si no lo tiene? —Los ojos de Valka no se habían apartado de mi rostro—. ¿Es todo lo que quieres? ¿Una vida de violencia?

Incapaz de reprimir una sonrisa débil, dije:

—Si me estás pidiendo que me vaya contigo cuando te marches, solo tienes que pedirlo.

Eso bastó. Valka se irguió y, apartándose de la estantería de libros, se cruzó de brazos.

—No he dicho nada parecido.

—¡Ah, pero lo estabas pensando! —le recriminé, agitando un dedo.

Falto de valor para sostenerle la mirada, giré sobre los talones y continué por el pasillo de libros.

Las pilas se alzaban a ambos lados, más altas incluso de lo que mi ventaja palatina podía abarcar.

Había visto drones flotantes con brazos de garra colgantes volando entre los estantes, recuperando libros —supuse— para clientes no interesados en el rito sagrado de curiosear.

Valka se aferró al brazo izquierdo justo por encima del codo, masajeándose el tatuaje que lo cubría como si le doliera. Interrumpí mi desganada inspección de los estantes para mirarla. Por fin, dijo:

—Una vez te dije que quería ser piloto. Lo fui durante un tiempo.

Cumplí cinco años en la Guardia Orbital, allá en casa.

Todo el mundo tiene que cumplir su tiempo, pero yo me quedé.

Renové cuando se acabaron mis tres años.

—Mientras hablaba, sus frases se acortaban, su voz se alejaba cada vez más—.

Fue antes de que mi padre… bueno… Estaba tan orgulloso.

No muchos en la Demarquía se quedan en la Guardia una vez terminado su mandato.

Siempre bromeaba diciendo que yo sería jefa de defensa en unas décadas.

—Sonrió, con los ojos tan lejanos como su tono—. Solía decir muchas tonterías así.

Al percibir que aquello iba hacia un lugar del que no quería oír hablar, pregunté:

—¿Qué pasó?

—Terroristas prachar tomaron el control de una coca comercial de Durante más allá de la órbita lunar.

—¿Prachar?