El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

EL ENIGMA DE LAS HORAS

Teníamos a nuestro Caronte con ojos como brasas, a nuestro barquero de almas.

El Exaltado nos siguió con una cortesía extrañamente recatada, con un lento pero pesado traqueteo sobre sus patas de metal, con el cuerpo dando bandazos a cada paso.

Aquí y allá se estabilizaba apoyando una garra en la pared o en el techo, lo que hacía que cada vez nuestros guardias se estremecieran y alzaran unos aturdidores que yo consideraba peor que inútiles.

La llegada de Nazzareno al puente fue peor que la de Tanaran.

Incluso entre los normandos el miedo a las máquinas era profundo y, aunque a veces caminaban entre los extrasolarianos, la criatura que yo guiaba hacia el puente era algo completamente distinto.

Ni siquiera sabíamos si era humano, si en algún lugar profundo de aquel caparazón acechaba un corazón, un cerebro o un rostro.

Por lo que sabíamos, habíamos admitido a una máquina —un demonio— en nuestra nave.

Aquel rostro que se había formado en el cuerpo de Nazzareno podía ser solo un simulacro, y no la cara de algún muchacho que existiera o que hubiera sido destruido.

No me detendré en la tensa discusión que siguió, ni en el horror incluso en el rostro de Valka . Baste decir que hubo que convencer a Otavia , ¿y qué capitán no necesitaría ser convencido?

Los múltiples brazos de Nazzareno —¿ocho de ellos?

¿Nueve?— se aferraron a la barandilla de la plataforma del capitán y al techo, sosteniendo el cuerpo como si fuera un saco de huevos en la impía telaraña de alguna araña.

Por la forma en que se movía, supuse que Nazzareno no estaba acostumbrado a la gravedad, y que se sentía incómodo en ella.

Las garras en el extremo de una de sus patas se movieron, reordenándose hasta formar dedos. Estos manejaron los controles con hábil familiaridad, como si hubiera pilotado la Mistral cada día de su vida.

—Capitana. —Uno de los ojos de Nazzareno giró por completo para poder mirar a Otavia directamente desde la parte posterior de su propia cabeza—. Con su permiso, me gustaría enrutar el control de su nave directamente a través de mi chasis.

—¿Y darle acceso a nuestra esfera de datos? — Otavia dio un paso al frente—. Ni lo sueñe.

—Con todo respeto, capitana. —El Exaltado inclinó todo su cuerpo en una extraña aproximación a una reverencia—.

He tenido acceso a su esfera de datos desde antes de que me trajeran a bordo, como es apropiado en mi calidad de oficial de aduanas.

Por favor, quédese tranquila: su seguridad y conducta están garantizadas por el capitán Eidhin y nuestro contrato con Importaciones Brevon.

—Cuando Otavia no dijo nada, Nazzareno repitió su pregunta—: ¿Puedo asumir el control de su nave?

Por un momento, pensé que Otavia se negaría. Pero no había parpadeado siquiera cuando Tanaran apareció en su puente, y no iba a echarse atrás ahora. Alzó la barbilla.

—Hágalo.

El ojo de Nazzareno rodó de nuevo hacia el frente de su enorme cabeza y reanudó su trabajo, con una mano de acero articulado que jugueteaba con los controles.

Una serie de luces indicadoras rojas parpadearon a lo largo de su costado derecho, y a su alrededor los paneles de diagnóstico y los hologramas parpadearon y se apagaron.

—¿Qué está haciendo? —exigió Bastien Durand .

En respuesta, el zumbido de los motores iónicos reverberó a través de la superestructura de la Mistral . Nazzareno no desvió su atención, pero dijo:

—T-menos seis minutos para el encuentro.

—¿Seis minutos? —preguntó el alférez a cargo de los sensores—. No hay nada ahí fuera.

Tuve que aplaudir al joven oficial por su valentía. No cualquiera tendría el coraje de mirar a los ojos a algo como el Exaltado y llamarlo mentiroso.

—Vuelva a conectar nuestros instrumentos —ordenó Otavia .

—Con todo respeto, capitana, he congelado sus instrumentos hasta que estén a salvo a bordo del Enigma. Tengo el deber de proteger mi nave y la privacidad de mi empleador.

Mirando atrás, la situación era absurda.

Un demonio salido de las óperas de mi madre —con tentáculos y ojos brillantes— hablando de privacidad y con los modales de un cortesano del Foro.

Aun así, descubrí que no podía mirar al Exaltado por mucho tiempo.

Los movimientos humanos ordinarios de su única mano de acero, contrastados con la suprema inhumanidad de su construcción, me helaban la sangre, y me moví de nuevo hacia la ventana para despejar la mente.

Era la misma ventana por la que había mirado no hacía ni dos horas, las mismas estrellas girando en la misma profunda Oscuridad.

El mismo disco de acreción rosado orbitando la misma estrella gigante azul distante.

Aún podía distinguir el lejano destello violeta de las antorchas de fusión contra esa negrura…

los arrastreros de minerales en su trabajo tan lejos, tan lejos. ¿De dónde había salido Nazzareno?

Seguramente se había insinuado en la esfera de datos de la Mistral .

Así era como había ocultado su presencia a nuestros sensores, y no mediante ningún camuflaje.

Miré a Valka . ¿Acaso no había hecho la mujer tavrosi lo mismo en Emesh al ocultar nuestras conversaciones al ojo vigilante de la seguridad de Mataro y de la Santa Cancillería Terrana?

Me estremecí, con la mirada patinando sobre la criatura mecánica donde anidaba entre los controles. La tripulación del puente observaba impotente, incapaz de hacer otra cosa que ver cómo pilotaban su nave hacia la oscuridad.

Hacia la oscuridad.

Una sombra cayó sobre las estrellas y, al caer, proyectó un silencio aún más profundo.

Una densa penumbra llenó el espacio a nuestro alrededor, convirtiendo el resplandor rojo de las placas holográficas y las pantallas en el brillo de brasas infernales en una noche amenazadora.

Miré por la ventana y no pude encontrar las estrellas.

El disco de acreción había desaparecido, y los arrastreros con él.

Todo lo que contemplábamos era Oscuridad.

Nunca había visto tal negrura, a menos que fuera en la oscuridad bajo Calagah, en la penumbra silenciosa de un templo bajo la superficie del mundo.

No es que estuviéramos en curvatura: el gemido de los motores iónicos aún se transmitía a través de la bostezante superestructura de la Mistral .

Era como si hubiéramos volado hacia la boca de una cueva vasta como lunas.

—¿Qué está pasando? —exigió Bastien a Nazzareno. Cuando no hubo respuesta, dijo—: ¿Qué nos ha hecho?

Compartiendo la inquietud del primer oficial, pero no su fuego, entorné los ojos hacia la ventana.

Casi imaginé que no era el espacio lo que contemplaba, sino la oscuridad pelágica del mar.

Casi esperaba que el borrón de alguna aleta o tentáculo pasara frente a mi ventana, o escuchar el grito de algún leviatán o el canto de una ballena.

Pero el abismo permanecía sin vida, en silencio, y por eso mismo gritaba.

La oscuridad me llenó, y me llenó con una sensación de presagio tal como la que debió de sentir el viejo florentino al pararse en la borda de la barca de Caronte mientras cruzaban el Aqueronte.

Casi sentí los tablones gemir bajo mis pies.

Me encontré pensando en Demetri y su tripulación —los mercaderes jaddianos que pretendían llevarme a Teukros cuando dejé mi hogar— y en los incontables miles de millones perdidos en esa Oscuridad interminable.

Quizá los antiguos viajeros espaciales tenían razón —quizá la Cancillería tenía razón—, quizá el infierno estaba en las profundidades del espacio.

Quizá no era vida marina lo que vería por mi ventana, sino los rostros de los muertos devolviéndome la mirada.

No solo Demetri y su tripulación, sino Uvanari, Gilliam …

Cat . Incluso Gibson con su nariz cortada.

Luz.

Había luz, corriendo en la oscuridad como chispas que huyen de la llama.

Desde otra ventana, otra voz resonó: «¡Veo algo!

». Los más curiosos se unieron a nosotros en las ventanas, y fui empujado por un teniente cuyo nombre ya no recuerdo.

Eran como las luces de las estrellas, y sin embargo distintas, provenientes de una gran profundidad, como si procedieran del fondo de alguna fosa.

Varias fosas. Se extendían como una telaraña a través de esa negrura y, mientras miraba, mi comprensión cambió.

No eran chispas volando en la noche, sino velas ordenadas encendidas en profundas alcobas, parpadeando.

Iluminando grandes anillos a nuestro alrededor, y por encima y por debajo de nosotros, como si alguien hubiera tomado todas las estrellas más tenues del cielo y les hubiera ordenado marchar en fila.

No eran estrellas, pues desaparecían o se ocultaban mientras nos movíamos. Y se movían, destellaban o parpadeaban o danzaban, cambiando de color de acuerdo con patrones que no podía descifrar. Boqueé, y fui el primero en decir:

—Es una ciudad.

Más pequeña que la Estación March debía de ser, pero más grandiosa porque podíamos verla toda de un vistazo. Las llamas de las velas eran las luces de los edificios, oscurecidas por la altura de aquellas estructuras construidas a su alrededor. Por cuántos kilómetros se extendía, no podría decirlo.

—Es una nave —corrigió Valka .

Las luces sobre nosotros se acercaron y, presionando dos dedos contra el cristal, intenté de nuevo magnificar la imagen como había hecho antes.

No funcionó. Los abismos brillantes de donde emanaba la tenue luz cobraron dimensión: la oscuridad circundante descendía para encontrarnos como tantas manos negras.

Eran torres, y las líneas de luz coloreada eran calles.

Apenas podía distinguir el movimiento de lo que parecían vehículos terrestres o tranvías en esos lugares profundos.

Superado de repente por la sensación de vértigo, cerré los ojos y me aparté.

Una nave.