El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Como siempre, intenté no pensar en la fuerza aplastante de aquella aceleración.

De no ser por los amortiguadores de inercia, cada uno de nosotros sería una mancha de pulpa sangrienta y pasta de huesos pegada contra un mamparo o el casco exterior; así de rápido habíamos perdido velocidad.

No había sentido nada más que la sacudida inicial cuando los retrocohetes de la Mistral se activaron, trabajando en oposición a la antorcha de fusión primaria.

Nos habían salvado fuerzas menos sustanciales que el viento.

Me estremecí.

—Mantén ese motor de curvatura preparado —ordenó la capitana Corvo al timonel—. A la primera señal de contacto hostil, haces un microsalto. —Miró hacia abajo, al primer oficial Durand , que estaba sentado justo debajo y al lado de su plataforma—. Bastien no se equivoca, debería de haber algo aquí.

Como si fuera una señal, el alférez habló.

—Sigue sin haber nada en las sondas lumínicas ni en los sensores primarios. Ni siquiera capto nada en gravimetría.

Una luz azul brilló en la consola de Otavia , y ella le dio un manotazo de inmediato.

—Adelante, centurión.

Un panel holográfico brotó sobre el arco de la consola de Otavia , mostrando una imagen a través de una de las cámaras internas de la nave.

El holograma era ligeramente azul donde el hardware del proyector se había degradado con el tiempo, pero era lo bastante claro.

Mostraba una de las esclusas laterales cerca de la sección media, un pasillo redondo de techo bajo, acolchado como los otros.

Pallino estaba allí, con una mano en la oreja, vestido con equipo de combate completo: armadura de cerámica negra al estilo imperial con la forma de un torso esculpido, hombreras y brazales segmentados.

Mantuvo una mano en su disruptor nervioso enfundado mientras hablaba.

—Capitana, tenemos algo extraño abajo en la esclusa de babor.

—¿Extraño, centurión?

El viejo miró directamente a la cámara.

—Sí. Es…

Pum.

Los hombres alrededor de Pallino saltaron, pero la alarma del veterano se limitó solo a un giro de cabeza, como para reprochar al sonido.

Pum. Pum.

—Viene de fuera, señora. Nos tomó un momento darnos cuenta de que no era la nave asentándose tras el frenado.

Pum. Pum.

—Suena como si alguien estuviera llamando a la puerta —dije, moviéndome detrás de Corvo.

La capitana solicitó otro holograma, recorriendo las señales de las cámaras. El alférez que manejaba el conjunto de sensores habló:

—Eso no es posible. Habría detectado cualquier cosa más grande que una lata de raciones en la aproximación.

—A menos que estuviera camuflado de algún modo —sugirió otra voz.

—No hay disipador de calor lo bastante pequeño para ocultar a una persona.

—Estás asumiendo que es una persona —sugirió Ilex con voz fría.

Corvo había encontrado la señal de cámara que quería, apuntando hacia la curvatura redonda de la esclusa desde donde la sección del ala comenzaba a hincharse a lo largo del perfil vagamente deltoide de la Mistral .

No había nada. Solo metal gris y cerámica blanca picada y rayada. Nada.

Pum. Pum.

—¿Podemos tener ojos fuera de esa esclusa? —exigió la capitana, sabiendo muy bien que la respuesta era no. Las puertas interiores tenían ventanas que daban a la propia esclusa, pero las puertas exteriores eran de titanio, sin rendija ni ojo de buey.

La voz de Pallino crepitó por el comunicador interno.

—No, señora. No sin abrir la puerta exterior.

Pum.

Si hubiera nacido en el Imperio —sin importar su casta—, estaba seguro de que Otavia Corvo se habría retirado como estratega de las Legiones. Enfrentada a esta situación, con datos que tenían poco sentido y menos lógica, no perdió el tiempo.

—¿Cuántos hombres están contigo?

—Dos decurias, señora.

—Adoptad postura defensiva, quiero líneas de visión despejadas hacia esa puerta interior. Hoplitas al frente, quiero escudos arriba y DNs ajustados para aturdir. Luego abrid las puertas exteriores.

—Señora. — Pallino se golpeó el pecho a modo de saludo y se giró para ocuparse de su tarea.

Bastien Durand se levantó de su asiento y, girándose, agarró la parte más baja de la barandilla de la plataforma de Otavia .

—No me gusta esto.

Corvo reconoció esto con un seco asentimiento, pero habló a sus otros oficiales.

—¿Por qué nuestras cámaras nos muestran todo despejado en el exterior de la esclusa?

Ilex fue la primera en responder, estirando el cuello desde su estación en el foso de abajo.

—Podría ser algún tipo de virus mostrándonos una señal en bucle.

Antes de que esta conversación sobre la defensa de la esfera de datos de la nave llegara demasiado lejos, la voz de Pallino volvió a entrar por el sistema de sonido del puente.

—Todo el mundo está en posición, señora. ¿Procedo?

—Haced que se cumpla.

—¡Esperad! —exclamé, quitándome la casaca—. Aguantad cinco minutos. Voy a bajar. ¿Está Switch ahí?

—¡Sí! —llamó Switch por el mismo canal; no podía verle en la cámara interna.

—Preferiría que te quedaras aquí, Hadrian —comentó Corvo, girándose para mirarme, con una mano aún en sus controles—. Dios sabe qué está haciendo ese…

Pum.

—…ese sonido.

Lancé mi casaca sobre uno de los asientos de seguridad en la parte trasera del puente y dije:

—Esos de ahí abajo también son mi gente. Que me condenen si me quedo aquí arriba de brazos cruzados mientras pasa algo, capitana.

No esperé una discusión, sino que me giré y salí apresuradamente del puente, activando el escudo con el pulgar mientras me iba.

La distorsión de la luz y la adherencia estática de la cortina del escudo colapsando a mi alrededor eran como ponerse un viejo traje por aquel entonces.

Sentía cómo cambiaba mi mente, y mi andar pasaba de su cadencia habitual al paso consciente de un hombre en guerra.

El pasillo —invisible para mí un momento antes como un lugar familiar, un artefacto de la memoria y de mi vida cotidiana— se transformó en una escena de guerra.

Fui agudamente consciente de las paredes redondeadas y de la forma en que el suelo de rejilla metálica cedía lo justo con cada pisada.

—¡ Hadrian , espera!

—¡Quédate en el puente, Valka ! —ordené, apresurándome.

Ella me siguió.

—Voy contigo.

—¡Por favor, quédate en el puente!

Aún podía oír sus pies sobre la cubierta detrás de mí.

—¡Puedo cuidarme sola!

—Sé que puedes cuidarte sola. ¡No tienes escudo!

Sus pasos se detuvieron abruptamente. Los míos no.

Pallino y sus veinte hombres se alineaban en el pasillo que se acercaba a la esclusa de estribor. Estaban arrodillados en las puertas laterales, con los aturdidores apuntando a la pesada puerta.

Pum. Pum. Pum. Pum.

Los golpes eran más insistentes ahora. Más fuertes.

—¡ Hadrian ! Atrás —dijo Switch , extendiendo el brazo para cortarme el paso. Switch . Siempre el fiel amigo y lictor.

Desenganché la espada de Olorin de mi cinturón y la sostuve lista, pero no activé la hoja. Poco dispuesto a perder el tiempo en cortesías, dije:

—Abre la puerta.

Pallino no vaciló y golpeó el botón para iniciar el ciclo de la esclusa.

Switch intentó apartarme de la puerta, pero le retiré la mano con suavidad y mantuve la vista clavada directamente a través del ojo de buey.

Una alarma aulló, anunciando la descompresión del espacio exterior.

Una luz roja inundó la esclusa y, en silencio, las puertas se abrieron.

Salté hacia atrás; el instinto animal alzó el brazo de mi espada ante mí.

Switch soltó una maldición e hizo un gesto de protección antes de apuntar con su aturdidor.

Tan tranquilo como siempre, Pallino retrocedió dos pasos y cuadró los hombros para cubrir mejor la puerta.

Algo entró en la esclusa, arrastrándose hacia delante con demasiadas manos.

Las puertas se cerraron a su espalda, y aquello nos observó con demasiados ojos.

Sentí el frío como un cuchillo entre los omóplatos.

—Santa Madre Tierra, guárdanos y protégenos en la Oscuridad y en la tierra de extraños… —susurró Switch .

«Del dominio del acero, oh, Madre, líbranos».

La luz de la esclusa cambió a azul y las puertas interiores se abrieron con un siseo.

—¡Alto! —grité, para mí mismo, para la criatura y para mis hombres—. ¡Alto!

Era un motor andante de metal reluciente, sostenido sobre brazos que parecían cuerdas articuladas de acero, brazos que soportaban una cabeza —pues cabeza parecía—, con forma de bala y tan grande como el torso de un hombre.

Nos observaba inmóvil con ojos rojos como brasas y brillantes como los de una araña.

Nadie habló. Durante un largo rato.

¿Cuántos brazos tenía? ¿Siete? ¿Ocho? Cada uno terminaba en cuatro dedos articulados como los pétalos de alguna flor grotesca, y todos estaban desplegados sobre el suelo.

—¿Permiso para subir a bordo, señor?

Cuando habló, lo hizo con una curiosa voz aguda, de acento extraño, cantarina casi como la de un jaddiano. Sonaba… joven. Como un muchacho recién llegado a su puesto. Por alguna razón, aquello hacía el efecto aún más aterrador.

No bajé la espada.

—¿Qué eres? —pregunté, listo para apretar el gatillo de mi espada a la menor provocación. Los brazos de la criatura parecían ser de algún metal común, aluminio tal vez, o acero—. ¿Qué eres? ¿Hombre o demonio?

El cuerpo de la criatura se sacudió al reír.

—Vienen del Imperio, ¿verdad? —Una imagen se formó en el espacio de metal negro y vacío entre los dos ojos brillantes más grandes de la criatura.

La imagen de un muchacho, de no más de veinte años, de piel morena y sonriente—.

Me llamo Nazzareno, señor. A su servicio.

—La imagen sonrió y parpadeó hasta desaparecer.

Aquello (¿él?) pareció dudar un momento, observando a los demás—.

No pretendía asustarles. Mi función es llevarlos al interior del Enigma, señor. El Enigma de las Horas . Soy su piloto.