El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

Me han dicho que el cazador que disfruta de su tiempo a solas en la naturaleza lo hace porque en su soledad, un animal entre animales, no es un hombre, sino el Hombre.

Entonces su rostro es el de nuestra especie; sus acciones, las nuestras; su mano, nuestra mano.

Yo había vislumbrado esa sensación una vez, cuando me quedé a solas con Uvanari en la celda bajo la bastilla de Borosevo.

Me pregunté si el xenobita que tenía ante mí experimentaba algo parecido.

Que en aquella celda no era Tanaran en absoluto, sino cielcin, y que el cielcin lucharía hasta el final.

Tuve que recordarme a mí mismo que aquel no era un guerrero, ni un oficial como lo había sido Uvanari.

Si tan solo hubiera seguido congelado. Si tan solo hubiéramos tenido al otro cielcin de sobra.

Podríamos haber evitado toda esta desagradable situación y tomado la sangre directamente en la clínica.

Tanaran nunca habría tenido que saberlo.

Pero nuestra partida de la Balmung no había dejado tiempo para tal planificación, incluso si yo hubiera podido prever tal eventualidad.

—Prométeme algo —pronunció el alienígena—. Cuando encontremos a mi pueblo, no les hables de esto.

Fingí sopesar aquello un momento. No se me ocurría ninguna razón por la que esto fuera a importarles a los superiores de Tanaran, pero tampoco se me ocurría ninguna razón para no hacer lo que pedía. Al cabo de un instante, dije:

—Como desees.

Valka se removió en el asiento bajo.

—¿Por qué? ¿Qué importa eso?

—Soy baetan —respondió la criatura—. Pertenezco a mi amo. A mi pueblo. Y a ningún otro. Soy suyo, y guardián de su pasado sagrado.

Baetan . La palabra adquirió entonces una agudeza nueva y especial para mí. Baetan . Literalmente significaba raíz. No como las raíces de los árboles. Hasta donde sé, no existen palabras en cielcin para nada que se parezca a los árboles, sino como las raíces de las montañas. Raíces. Tradiciones.

—¿Eres un sacerdote? —preguntó Valka , usando la palabra galstani. No sabíamos si los cielcin tenían una palabra para sacerdote. Aclaró rápidamente, diciendo—: ¿Sirves a los dioses, a los Vigilantes?

Tanaran y yo ya habíamos recorrido parte de ese camino.

Los cielcin tenían algún tipo de relación con el Silencio, los antiguos constructores que habían dejado ruinas en un centenar de mundos.

Yo ignoraba cuál era esa relación, aunque anhelaba comprenderlo.

Era la respuesta a esa pregunta lo que había atado a Valka a nuestra extraña expedición.

—Sirvo a mi pueblo —contestó—. Recuerdo lo que eran, y lo que ellos… —y aquí usó una variante del pronombre que yo no había oído antes, y la usó con gravedad— nos hicieron.

Tanaran se irguió un poco más y bajó la barbilla desafiante, de un modo que apuntaba con sus cuernos a Valka y a mí.

—Si yo soy profanado, ellos también.

Mostrando en cierto modo esa misma exasperación que había usado conmigo, Valka dijo:

—Es un procedimiento médico.

—Una puerta es muchas cosas —replicó Tanaran, hablando con la gravedad de un proverbio—, y una vez abierta, muchas cosas pueden entrar.

—La paz, en este caso —espetó Valka secamente.

Tanaran bajó la barbilla, preocupado por el cuello de su traje dérmico bajo la prenda gris envolvente que vestía.

No le presioné. Ni sobre la sangre, ni sobre su pueblo, ni sobre el Silencio.

Yo mismo guardé silencio, agotado por aquel largo día trepando por aquella ciudad extraña y desagradable.

Con la misma falta de palabras, el xenobita me ofreció su garganta, girando la cabeza hacia otro lado.

Allí estábamos, dos piezas congeladas en un tablero de ajedrez mientras Valka observaba.

Al principio no comprendí que aquello era una rendición.

— ¡Mnada! —dijo Tanaran—. Hazlo.

Sacudido hacia la acción, me puse de pie, tanteando con la ampolla.

La enrosqué en la aguja y me acerqué. La vena del cielcin no era difícil de encontrar.

Su piel era translúcida, como porcelana fina, trazada con delicadas vetas negras y, bajo todo ello, el estiramiento levemente violáceo del músculo.

Presioné la boca del dispositivo contra lo que pasaba por carótida en la criatura, mucho más hacia el lado que en un cuello humano, y apreté el gatillo.

Tanaran hizo una mueca, pero no ofreció queja alguna.

Una sangre negra como la tinta y como el agua por la noche llenó la ampolla.

Terminada mi tarea, retiré el dispositivo y extraje la ampolla del inyector con un chasquido.

El tallo de la filacteria aún estaba caliente donde el inyector había sellado el vidrio, y coloqué la muestra con cuidado en el bolsillo interior de mi casaca.

—Tienes mi palabra —dije— de que esto te llevará de vuelta con tu pueblo.

Mientras hablaba, observé el tenue goteo de sangre que serpenteaba por el cuello de Tanaran. Valka se acercó, le entregó un pañuelo al xenobita y le ayudó a presionar la tela contra la herida.

Tanaran clavó en mí sus enormes ojos, negros como el espacio, e imitando un gesto que tal vez Valka le había enseñado asintió.

—Te creo.