El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

El calabozo estaba oscuro como siempre; la luz que había estaba ajustada muy hacia el rojo para proteger los delicados ojos del xenobita.

Tanaran estaba acuclillado, hecho un ovillo en su cama, las sábanas arrugadas, las ruinas de una comida a su lado.

Alzó los ojos cuando entramos, enseñó los dientes en ese gesto amenazador que pasaba entre los de su especie por una sonrisa.

— Hadrian -do.

—Tanaran —saludé, y asintiendo hacia el plato pregunté—: ¿Te están alimentando bien? —Sabía muy bien que la comida era solo una especie de pasta proteica, ligeramente alterada para acomodar la biología alienígena del cielcin. Serviría para el carnívoro, pero no era un festín.

—Es suficiente —respondió la criatura, hablando en un galstani forzado y dolorosamente lúcido.

Con paciente lentitud estiró las piernas ante sí hasta que sus pies tocaron el suelo.

Era demasiado grande para aquel espacio vital humano, tan estrecho.

Sus dedos prensiles de los pies se flexionaron contra el suelo de metal, y ladeó la cabeza hacia un lado.

Cambiando a su lengua nativa, preguntó—: ¿Tenéis noticias de mi pueblo?

Suspirando, guardé la ampolla y la aguja en el bolsillo de mi abrigo; no había necesidad de empezar con eso todavía.

—Estamos trabajando en ello. Creo que he encontrado a alguien que puede llevarnos a Vorgossos , ese planeta del que habló Uvanari. —Al sonido del nombre de su capitán muerto, el rostro del xenobita se retorció en alguna emoción que no pude reconocer.

— Tutai —dijo Tanaran al cabo, asintiendo con la cabeza. Tras un espacio, añadió, todavía en su lengua nativa—: Y crees que estos yukajjimn, estos otros… —Se interrumpió, habló en galstani—. Estos otros humanos. ¿Crees que pueden ayudarme?

—Tu capitán así lo creía —apuntó Valka , hablando la lengua del xenobita—. Uvanari dijo que había tenido tratos con esta gente antes.

Tanaran abrió la boca, se pasó una mano por los cuernos cortos que crecían de su cresta.

— Belutoyu o-tajarin’ta —dijo. No los conozco —. Nunca he estado en este lugar. No sé qué bien puedo haceros.

—No tendrás que hacer nada —dije—. No hasta que lleguemos a tu gente.

Excepto… —Saqué la ampolla y la aguja, acunándolas en mis manos—.

Tanaran, sí necesito una cosa de ti. —Sostuve el dispositivo en alto para que lo viera—.

Los hombres que han accedido a transportarnos a Vorgossos pidieron un pago.

El cielcin ladeó la cabeza de nuevo, hacia el otro hombro, lo cual me hizo preguntarme si había alguna sutileza codificada de lenguaje corporal que se me escapaba.

— ¿Biudate?

—Pago —repetí—. Pidieron un vial de tu sangre. —No miré a Valka , aunque sentía su presencia. Me pregunté si ella sabía el esfuerzo que esa declaración me había costado.

El cielcin se quedó sentado un momento, sin comprender.

— Tussun… ¿ti-koun ne? —preguntó. ¿Mi sangre? ¿Por qué?

¿Cómo explicarlo? Me mordí el labio.

Valka me ahorró el trago. Hablando en su ahora casi impecable cielcin, dijo:

—Hay algunos de nosotros que hacen un estudio de la sangre, de…

—Dudó un instante, buscando una forma de traducir el concepto de genética.

¿Acaso los cielcin tenían siquiera tal ciencia?

Parecía increíble que pudieran no tenerla, pero era irresponsable hacer suposiciones—.

De la herencia. — Valka se sentó en la única silla de la habitación, acercándose tanto a Tanaran como fue capaz—.

Son hombres de saber. Hombres que quieren entender a vuestra especie como nos entendemos a nosotros mismos.

Cómo estáis construidos. —Se apretó una mano contra el pecho—. Por dentro.

Tanaran pareció reflexionar sobre esto con la boca abierta, revelando sus dientes de esquirlas de vidrio.

—¿Pretenden estudiarnos? ¿Hacer armas?

—Esa es una posibilidad —dije, pensando en la Cancillería.

En las armas biológicas que la Inquisición sostenía como un garrote sobre las cabezas de los señores desobedientes.

Tan exactas eran, tan terribles, que podían diezmar una población local, diezmarla con precisión, para castigar a un señor rebelde.

De hecho, recordé que había oído tales susurros en Emesh , cuando la Podredumbre Gris era espesa en las calles.

Hubo quienes dijeron que la enfermedad no había sido traída por azar desde fuera del mundo, sino que era el castigo de la Cancillería por algún crimen por parte de la Casa Mataro.

Qué crimen era ese nadie lo dijo, pero el rumor muere de muerte lenta, y nace, como una vez se creyó que nacían los ratones, de la propia tierra.

Expulsó aire a través de sus cuatro orificios nasales rasgados. ¿Desprecio? ¿Rendición?

—La mayoría negaría tales posibilidades.

—No te mentiré —mentí, aunque esto al menos era cierto—.

Puede ser que hagan exactamente eso. A mí tampoco me gusta.

—Y aquí sí miré a Valka , deseando que ella no entendiera la lengua de los xenobitas.

No mencioné cómo me había negado a ofrecer mi propia sangre.

Por algún milagro había salido de este episodio con la aprobación de Valka y, con el resto de mi experiencia apilada sobre mí como un yugo, no tenía prisa por añadir más a mi carga—.

Pero nos llevará a donde queremos ir, y puede que te lleve a casa.

Tanaran sacudió la cabeza hacia su hombro izquierdo. No .

— Rajithatayu —dijo, luego en galstani—: No me venderé a tu gente. —Envolvió sus largos brazos alrededor de sí mismo—. Tendrán un pedazo de mí, y será suyo. Y yo seré suyo.

Alguna parte de mí quería volverse hacia Valka , abrir las manos y decir: «¡Ves! ¡Lo entiende!». Pero no me regodeé. Demasiado extremas eran las circunstancias, y solo debilitaría mi posición.

—Podríamos tomártela —sugerí—, por la fuerza. —Traté de suavizar la amenaza con una sonrisa, olvidando que la expresión no significaba casi nada para el xenobita—. Para que no hayas sido deshonrado.

Tanaran sopló aire por la nariz una vez más.

—Deshonrado —dijo. Literalmente ‘perder el sitio de uno’—. Veih . No.

Valka se aclaró la garganta.

—Es solo un poco de sangre. Nos dejaste extraerla para ponerte en fuga.

—Eso fue diferente —insistió Tanaran—. Ya estoy en vuestro poder. Vuestro prisionero. Vuestro. Esto… —Tiró de la cabeza hacia el hombro izquierdo una vez más—. Me venderíais a nuevos amos.

—Haríamos que volvieras con tu antiguo amo —dije.

—Volverías a casa —corrigió Valka , suavizando mis palabras.

El xenobita se llevó la mano a la cabeza, al lugar detrás de su cresta de saurio donde el pelo blanco brotaba espeso como el pelaje de un perro.

Eran tan parecidas a manos humanas. Parecidas, y sin embargo diferentes.

Aquellos dedos demasiado largos, rematados con garras negras en lugar de uñas, amasaban la carne que había debajo.

En el momento en que esos dedos se movieron, la ilusión de su humanidad se rompió, y se transformaron en algo más parecido a las patas espasmódicas de las arañas.

Las líneas de músculo bajo aquella carne lechosa se ataban al hueso de formas extrañas para cualquier anatomista humano.

—Tanaran —dije ante el silencio que se prolongaba, incapaz de apartar la vista de aquellas manos horribles y espasmódicas—. No hay otra opción. Lo lamento.