El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Miré de reojo al homúnculo en su traje ceñido, pensando en los dedos esqueléticos bajo aquellos guantes de seda negra. La sonrisa de Brevon no vaciló; su expresión no cambió. Era… imposible de leer, un enigma sonriente y sombrío de luto negro y gris.

—Me han dicho que usted conoce el camino a Vorgossos . O conoce a quienes lo saben.

—¡No! ¡No! —exclamó el cuervo, moviéndose de un lado a otro.

— Vorgossos … —repitió Brevon, dándonos la espalda. Regresó a su silla, al cuervo encorvado en su percha. El pájaro ladeó la cabeza cuando él se acercó, graznando suavemente—. ¿Puedo preguntar quién le ha remitido?

—Un cortahuesos lothriano.

—Yevgeni Cento , ¿verdad? —Brevon se rio—. ¿Y cómo está el pequeño cíclope?

Sin desear responder a eso, di un paso adelante.

—Dijo que usted tiene tratos con los Exaltados, que fleta carga y pasajeros en sus naves. Dijo que tiene naves que hacen el viaje a Vorgossos .

—¡No! —gritó el cuervo, estirando la cabeza hacia delante.

—¡Silencio, Hrothgar! —ordenó Brevon, agitando una mano hacia el animal—.

¡Sí, las tengo! —Sin mirarme todavía, sacó una pequeña bolsa de un bolsillo y, tras abrirla, se la ofreció al cuervo.

El pájaro se inclinó, hundió el pico y lo retiró con algún bocado atrapado allí—.

Pero antes de ir más lejos, señor Marlowe , seamos claros.

Ustedes los imperiales vienen aquí con bastante frecuencia.

Y con bastante frecuencia es con historias de Vorgossos .

Es lo mejor, oyen decir. El rincón más oscuro del firmamento.

Creen que es allí a donde necesitan ir, porque no se dan cuenta de que lo que están buscando, sin importar lo ilegal que sea en el lugar de donde vienen…

donde hay leyes, es moneda corriente aquí.

Ha conocido a Cento . Sabe de lo que es capaz. Y, sin embargo, aquí está.

—Y, sin embargo, aquí estoy.

—¡No! —dijo el cuervo—. ¡No!

—Calla, Hrothgar. Calla. —Solo entonces se giró Brevon y devolvió su bolsa al bolsillo en algún lugar bajo la toga negra.

Ociosamente, extendió la mano y rascó al pájaro en la mancha blanca bajo la barbilla—.

No quiero hacerle perder el tiempo. Estoy encantado de organizar el pasaje a la Ciudad, pero si lo que busca pudiera conseguirse más fácilmente aquí o en otro lugar, se lo recomendaría. El pasaje no sale barato.

Imaginé a mi padre, la forma en que permanecería impasible como la imagen de algún faraón helénico perdido en las arenas del desierto, y no dije nada.

Él esperaba que yo despachara el asunto del pago como una nadería, como haría cualquier lord mimado del Imperio.

No estaba dispuesto a darle el placer de la previsibilidad.

Brevon no era un hablador, al parecer, y al cabo de un rato apartó los ojos de mí para dirigirlos a su cuervo.

—¿ Vorgossos , entonces? —preguntó al fin—. ¿Está seguro?

—Lo estoy.

—¿Inmortalidad, eh? —Bajó la mano del cuello del pájaro.

Este saltó un poco más cerca de su amo, privado de la caricia—.

¿Sabe que eso es solo un sueño? ¿Tal y como se lo está imaginando?

—Dio un paso más cerca, e incluso a través de esas lentes pesadas sentí el peso de la mirada sobre mí—.

Ni siquiera parece viejo. Ustedes los palatinos envejecen con dificultad, pero si tiene un día más de cincuenta me comería a Hrothgar aquí presente.

—Señaló con el pulgar al cuervo—. No es que le pudiera hacer eso al viejo muchacho.

—Volvió a tomar asiento—. ¿No es inmortalidad, entonces?

¿Sirvientes corporales? ¿Homúnculos? Puede tenerlos aquí.

Podría tenerlos en casa, según tengo entendido.

Su Imperio está atrasado, pero permiten la biofactura.

—Ante esto, su visión se dirigió hacia donde la mujer, Eva, permanecía recatadamente junto a la puerta—. ¿Le gusta? La diseñé yo mismo.

—¡No! —graznó Hrothgar, hablando por mí. Brevon sonrió. Los ojos del homúnculo estaban muy lejos.

Apreté los dientes, pensando en Ilex y en la línea fina como una cuchilla que la separaba a ella —una mujer libre y con libre albedrío— de esta marioneta arrastrada criada para el servilismo y la sumisión.

—Es encantadora.

—Estaría dispuesto a vender el genoma, si está comprando —ofreció Brevon—. Conozco a un natalista en la zona alta que podría cultivarle una en un par de semanas. El modelo es muy obediente, le saco mucho provecho.

—No. Gracias. —Se me revolvió el estómago.

—¡Lástima! —La sonrisa de Brevon se demoró un momento demasiado—.

¡Eva! ¡Té! —Dio tres palmadas; el chasquido fue distinto al sonido de unas manos.

El homúnculo hizo una reverencia y salió de la habitación arrastrando los pies.

Con un gesto, una silla descendió del techo, flotando a un buen medio metro sobre la alfombra jaddiana, suspendida por un brazo metálico desde la oscuridad de arriba.

Tomé asiento sin hacer comentarios mientras Switch ocupaba una posición a mi lado, con los pulgares enganchados en el cinturón.

El mercader curvó las manos sobre los brazos de su silla.

—A decir verdad, no me importa mucho por qué quiere ir a Vorgossos . Soy un hombre de negocios. Si quiere pasaje a la Ciudad, me interesa proporcionárselo. Pero está la cuestión del precio.

—Eso no debería ser un problema —dije—. ¿Cuánto?

—¿Por una plaza en una de mis naves? —Brevon se ajustó las gafas—. Cien.

—¿Cien mil marcos? —repetí, horrorizado—. Prácticamente podría comprar mi propia nave por eso.

Brevon se reclinó tanto como su silla le permitió.

—Me encantaría ver la nave que podría comprar con cien mil marcos. Sea serio.

—Ya tengo mi propia nave —dije—. Solo necesito las coordenadas.

El té eligió ese momento para aparecer. Eva regresó, siguiendo a una mesa equilibrada sobre una rueda esférica. Esta rodó hasta el lado de Brevon y se detuvo allí. Eva sirvió juiciosamente, en silencio, inclinándose mientras lo hacía, con una mano de porcelana sobre la tetera de porcelana.

—Gracias, Eva —dije, aceptando mi té. Ninguna expresión por su parte, nada de té para Switch .

—¿Coordenadas? —repitió Brevon—. Así no es como funciona esto.

La ubicación de Vorgossos es secreta, como lo son muchos de nuestros lugares.

Tanto mejor para mantenerlos seguros. Nadie llega a Vorgossos excepto por nuestro camino.

Nunca ha visto una Nave Peregrina de los Exaltados, ¿verdad?

—Cuando no respondí, pues no sabía a qué se refería, continuó—: Eso pensaba.

Ustedes los imperiales… sus acorazados son algo, pero…

una Nave Peregrina es otra cosa. Meterá su nave en un pequeño rincón y a nadie le importará siquiera que esté allí.

Por eso el precio es tan alto; es por su nave, no por usted, en cuyo caso el precio es bastante bajo.

—Su sonrisa empezaba a volverse algo séptica—. A menos que quisiera hacer otro trato.

—¿Disculpe? —pregunté, sosteniendo el té. No bebí. El vapor flotó sobre mi rostro, trayendo consigo un aroma fresco y herbáceo. Té verde, de la clase que los nipones más apreciaban.

Colocando su té de nuevo en el platillo, Brevon pasó la bebida a Eva, quien la sostuvo sin comentarios.

—La sangre es la divisa definitiva. Usted es un palatino del Imperio. Sean lo que sean, su Alto Colegio tiene trucos que ni siquiera nuestros cortahuesos han pensado.

Sangre otra vez.

De nuevo imaginé mis ojos en otros rostros, mi genoma —el lenguaje de mi ser— hablado en nuevas oraciones, escrito en sangre nueva.

Partes de mí mismo o el todo vendido y desglosado.

Miré a Eva, su expresión distante y la forma extática de ella, en el pigmento ahumado alrededor de sus ojos y el brillo de su cabello.

Había horror en el hecho de su diseño. Que se le hiciera eso a cualquiera me enfermaba; que pudiera hacerse con partes de mí me revolvía el estómago.

Y sin embargo… no tenía cien mil marcos de sobra.

—No estoy en venta —aseguré, y habló mi espíritu y no mi mente—. Ni ninguna parte de mí.

Antonius Brevon se inclinó hacia delante, con las manos cruzadas entre las rodillas, y me evaluó como un joyero podría hacerlo con un diamante. Tras un momento, extendió la mano y se quitó las gafas. Me sobresalté.

Una vez, cuando era muy joven, Gibson me había mostrado una película sobre los ritos funerarios entre los adoradores que aún viven en las tierras altas sobre Meidua.

Aquellos paganos con su único dios colocaban monedas —kaspums estampados con una impronta del sol imperial— sobre los ojos de los difuntos.

Los ojos de Brevon eran poco diferentes.

Curvas vacías de metal muerto del color preciso de aquellas viejas monedas.

No eran los ojos de un hombre. Lo que veían no puedo decirlo, ni me atrevía a imaginarlo.

—Todo el mundo está en venta, señor Marlowe —repuso Brevon con acidez—. Es solo una cuestión de precio.

—He sido vendido antes —dije, pensando en Anaïs Mataro.

En mi padre—. No seré vendido de nuevo. —Y ser vendido a Brevon era peor que ser vendido a los Mataro.

Al vender mis genes sería cómplice en la creación de vidas criadas para la esclavitud como la mujer a nuestro lado.

Sería cómplice de su sufrimiento, ¿y para qué?

¿Dinero? ¿Conveniencia? ¿Un poco de tiempo?

Y el hecho de que fueran en parte yo mismo hacía que pareciera una especie de prostitución.

Aquello me hizo pensar en Switch y en todo lo que había soportado de niño, y así fijé mi mandíbula y, con ella, mi resolución.

Brevon resopló y se recostó en su silla.