Capítulo 19
LAS PUERTAS DE BABILONIA
La niebla, al colarse entre los dientes de la compuerta del hangar, parecía humo exhalado por las fauces de un dragón, y me subí el cuello del abrigo largo.
Sentí que Switch se removía a mi lado y retrocedía medio paso junto a Siran.
Mantuve las manos en los bolsillos; una de ellas aferrada a la empuñadura de la espada.
Cauteloso, di un paso hacia el portal que se abría, atento a la luz azulada que teníamos delante y al cordón umbilical de atraque a nuestras espaldas que conducía de vuelta a la Mistral .
No tenía ni idea de qué esperar, y el desconocimiento conjuraba monstruos.
Recordé las óperas de mi madre y esperé que alguna pesadilla saliera arrastrándose de la niebla.
Alguna bestia tosca, quizá humana antaño, con patas de metal y mangueras goteantes.
Alguna pesadilla renqueante como los MOS contra los que habíamos luchado en Rustam semanas y años atrás.
La luz azul viró a rosa, y destellos dorados brillaron a través de la niebla que se disipaba, y débilmente pudo oírse el sonido de voces.
Y más allá de ellas… el graznido de pájaros.
La niebla se desvaneció, convertida —creo— en rocío sobre las paredes de metal donde el aire de la bahía de carga rozaba el aire de la ciudad, del mundo que había más allá. Crim pasó por mi lado y yo lo seguí, sin rumbo ni plan, con mis propias palabras resonando tras de mí.
— Otavia —había dicho yo—, si esto no funciona. Si no encontramos nada. Tienes que dejarme aquí.
El pensamiento me había asaltado en las horas de espera, mientras observaba nuestra aproximación a la estación anular.
La Estación March había emergido de la oscuridad, retorciéndose como el uróboros desde su lecho de caos.
No podía volver a casa. Si no regresaba victorioso, ni siquiera Raine podría salvarme.
No podía volver a casa.
—¿Qué? —Me había mirado como si estuviera loco de atar o fuera muy estúpido—. ¿Por qué iba a hacer eso?
—No vendrán a por ti, sino a por Bassander .
A por el Imperio. —Había observado las luces de posición que tachonaban la superficie del gran anillo como estrellas falsas—.
Cualquiera de mis hombres que quiera enrolarse contigo puede hacerlo.
No me han jurado lealtad. Pero yo no puedo salir de aquí excepto por medio de Vorgossos .
Tenía dinero, crédito que me quedaba del asunto de Faros, suficiente para reservar un pasaje…
a alguna parte. De repente, la absurdidad de lo que estaba haciendo me golpeó.
La locura de todo aquello. Allí estaba yo, más allá del fin del mundo.
Persiguiendo un lugar de leyenda basándome en la palabra de una criatura de pesadilla.
Me había vuelto como los piratas locos de la Antigua Tierra, embriagado con historias sobre la ciudad dorada y las aguas de la vida.
Al igual que aquellos piratas, había perdido en la búsqueda de mi objetivo gran parte de lo que tenía: mi título, mi posición con los Mataros, mi lugar en las Legiones…
Jinan . Al igual que aquellos piratas, sabía que lo que buscaba era real, incluso cuando el mundo no lo creía.
Me pregunto si el viejo De León todavía creía, mientras moría envenenado en su tierra prometida, que aún existía algún poder para salvarlo. Me gusta pensar que sí.
—No podría obligar a tu gente a dejarte ni aunque les apuntara con un arma —dijo Otavia —, pero tampoco voy a dejarte yo a ti.
Intenté discutir, y ella repitió:
—Son mis mundos los que arden en esta guerra. Mi gente.
Arden.
Salimos bajo una lluvia torrencial. Lluvia. En una estación.
Me quedé helado.
Por encima y alrededor de nosotros se alzaban las oscuras figuras de edificios grises; algunos bajos, otros ascendiendo a través de las nubes, amenazadores como los pilares de algún salón lúgubre y terrible.
No puedo decir a qué altura estaba el techo, pero lo sentía.
Lo sentía como un hombre siente una nube de tormenta.
El techo del mundo. Como la espada de Damocles apuntando justo encima de los omóplatos.
Oí maldecir a Switch y me obligué a mirar hacia arriba, hacia la lluvia aceitosa.
Como en Rustam, los edificios aquí estaban dominados por anuncios holográficos, textos que brillaban en galstani y nipón, en cirílico lothriano y en los garabatos de derecha a izquierda de la escritura jaddiana.
La imagen de un vate con las túnicas azafrán de un bhikkhu theravada brillaba bajo la lluvia, y escuché un poderoso zumbido transportado por el viento.
Su imagen se desvaneció, reemplazada por la de una mujer con el rostro pintado de blanco.
Sonrió mientras aparecían palabras en nipón a su lado y ella también se desvaneció en la lluvia.
Casi no reparé en la gente bajo el aplastante peso de aquella ciudad y la luz blancoazulada que brillaba a través de las nubes desde el techo superior.
Surgían del crepúsculo ultramarino, agazapados bajo paraguas, acurrucados en impermeables, indiferentes a los anuncios holográficos.
Entre ellos, un hombre tan alto como un cielcin avanzaba pesadamente, perdiendo vapor por un enorme dispositivo en su brazo.
Solo cuando se movió me di cuenta de que el artefacto era su brazo, y retrocedí.
Estábamos entre la multitud, entonces, y aunque nadie nos prestaba atención, pude ver las luces indicadoras brillando bajo su piel; la porcelana blanca de los contactos de hardware reluciendo detrás de las orejas y en las manos, y manos falsas de cerámica o acero articulado o policarbono.
Una mujer llevaba un traje blindado con un cuello que le llegaba hasta la mandíbula, y solo cuando pasó vi las fibras expuestas —negras y azules— que se alzaban debajo en lugar de tendones y ligamentos.
Incluso yo, que no soy un hombre religioso, recé.
«Santa Madre Tierra, guárdanos y protégenos en la Oscuridad y en la tierra de extraños —pensé—. De las garras de las máquinas, oh Madre, líbranos».
¿Dónde estaba Switch ? ¿Dónde estaban Crim y Siran?
«De la perversión de la carne, oh Madre, líbranos».
No había rostro, sino seis aberturas brillantes como ojos de cámara en una lámina de cristal negro. ¿Un casco? Y había otro cuya mandíbula era de acero reluciente, sus dientes de cromo.
«De la destrucción de la carne, oh Madre, líbranos».
Aquello era un cable de vidrio brillando con luz y tendido entre dos chicas, con los ojos como ventanas vacías. Una tropezó conmigo, pero no dijo nada y siguió adelante.
«Del reemplazo de la carne, oh Madre, líbranos.
Del dominio del acero, oh Madre, líbranos.
Del tirano en silicio, oh Madre, líbranos.
Del fantasma en la máquina, oh Madre, líbranos».
Pensé en Valka , en la máquina que se agazapaba en la base de su cráneo, y me recordé a mí mismo que aquí no había monstruos.
Estos eran solo hombres. Mutilados y transformados por sus máquinas, sí, pero hombres en el fondo.
Esto era una ciudad, fuera lo que fuese lo demás.
Esto era solo lluvia. Sin embargo, no pude calmar mi corazón atronador; solo lo aferré y lo obligué a someterse.
No podía hacerme creer que las formas a mi alrededor eran hombres, pero poco a poco me fui aclimatando al horror, y mi pulso se ralentizó.
Nadie nos obstaculizó ni nos cerró el paso, ni nos acribilló a preguntas.
Ninguna autoridad portuaria acudió a nosotros, ningún guardia nos recibió.
De que estábamos marcados como identificados por aquellas cosas alienígenas, no me cabía la menor duda.
Habiendo crecido como lo hice en el Descanso del Diablo bajo la atenta mirada de incontables cámaras, reconocía la sensación en la nuca.
Un tranvía pesado se abría paso por la calle oscura, arrojando columnas de vapor blanco incluso mientras una multitud de hombres y mujeres con impermeables de plástico transparente intentaba cruzar la calle.
Privado de cualquier objetivo claro, permití que me guiaran, siguiendo a Crim hacia el interior de la ciudad. El normando-jaddiano parecía fuera de lugar con su chillón caftán rojo y blanco, tan brillante contra todo aquel gris.
—Caminas como si ya hubieras estado aquí antes —comenté.
—Eso, señoría —dijo con una sonrisa intencionada—, es porque soy un mentiroso. —Se tocó la nariz y se inclinó hacia mí con aire conspirador—. Pero he estado entre los extras antes. No les tenemos tanto miedo como tú.
Quise negarlo, pero capté los brillantes ojos rojos de un joven al otro lado de la calle y solo gruñí. Cambiando de tema, dije:
—Probablemente no deberías llamarme así aquí.
—¿Señoría? —repitió Crim , negando con la cabeza—. No serviría de mucho. Llevas señoría estampado en toda esa cara tuya.
—¡Es cierto! —convino Switch , inútil.
—¡No, no, no te preocupes! —dijo Crim , dándome una palmada en el hombro—. A nadie aquí le importará. Es la libertad lo que aman, Marlowe . No el derramamiento de sangre. Gente libre, mercados libres. No tan diferentes de nosotros los normandos.
—¿No tan diferentes? —repetí, mirando a una mujer con cables brillantes tejidos bajo la piel.
Crim observó pasar a la mujer con aprecio.
—La Cancillería se equivoca. La sangre humana no se diluye tan fácilmente. Sus máquinas solo les facilitan ser lo que quieren ser.
Dejé pasar aquello sin discutir. No era ni el momento ni el lugar.
En algún sitio cercano, el zumbido regresó, y supuse que el holograma del bhikkhu había vuelto con él, anunciando quién sabe qué.
Puntos de luz como estrellas brillaban a través del techo de nubes, y entre las nubes vi las tenues lámparas que iluminaban la penumbra azul de aquella ciudad y los ojos de buey que daban a habitaciones en el techo de arriba.
¿Cuánta gente vivía aquí? ¿Cuántos miles?
Los sensores de la Mistral habían indicado que el anillo se extendía casi mil kilómetros a lo ancho, ochenta de borde a borde y ocho de alto.
Muchos años y décadas más tarde —cuando me encontrara como huésped de Aldia, Príncipe de Jadd—, él me mostró los Jardines Celestiales en el Alcaz du Badr. Allí, sellados en esferas de cristal flotantes de tres metros de diámetro, había pequeños mundos.
Microclimas perfectos como la bola de nieve de un niño, repletos de bonsáis y flores vivas y animales diminutos diseñados y criados por los cortahuesos y quiromantes de aquel extraño reino.
Pequeños mundos perfectos. Me recordaron a las granjas de hormigas que guardan los niños campesinos y a los barcos embotellados construidos por entusiastas con el beneficio de demasiado tiempo libre.
La Estación March era eso a una escala extraordinaria.
—Aun así —dije—, no estoy seguro de que pregonar mi nombre sea el mejor enfoque.
—Al contrario —repuso mi compañero—, vosotros los palatinos siempre estáis huyendo al espacio profundo en busca de algún cortahuesos o tónico genético.
Los cuatro nos detuvimos a la sombra de un edificio, resguardados de la lluvia.
Switch y Siran estaban callados, observando a la multitud con esa misma sospecha religiosa que yo sentía.
Las palabras de Crim habían liberado un recuerdo en mí, palabras que había oído en la oficina de un teleférico sobre las calles de Arslan .
«En Rustam, el Hombre Pintado dijo que los palatinos irían allí buscando…
—casi me eché a reír, pensando de nuevo en antiguos piratas y las aguas de la vida— …
extensión de la vida». El tipo de terapias que la Cancillería ha prohibido.
Clonación. Implantes mecánicos. Ciertos retrovirus.
Cosas que iban más allá del diseño genético de precisión que recibimos los palatinos.
Cosas que podían llevar a un hombre ante la Inquisición y bajo la Espada Blanca.
Empecé a reconsiderar la sugerencia de Crim acerca de usar mi nombre, pero sugerí:
—Yo podría estar en el mercado.
Sentí que el rostro de Switch se ensombrecía sin tener que verlo.
Mi amigo y lictor sabía lo suficiente de la decadencia de los palatinos sollanos como para llenar una vida entera.
De niño, había sido vendido como siervo en una nave burdel mandari, forzado a trabajar como catamita, a dar servicio a aquellos hombres y mujeres que venían a tratar con sus amos.
Tenía una mala opinión de la clase alta, pues conocía bien cómo eran los peores de ellos.
Aquellos traficantes casuales de las penas ajenas, que gastaban sangre o la derramaban como vino.
Aunque es un error imaginar que todos los aristócratas son así, podía comprender su repugnancia.
—Podríamos decir simplemente que intentamos vender al Pálido —propuso Siran, refiriéndose a Tanaran—. Estos extras son esclavistas, ¿no?
—Pero aquí habría compradores —objeté, mirando alrededor con expresión sombría a la lúgubre ciudad—. No serviría.
—Podríamos preguntar —dijo Switch , cruzándose de brazos de modo que su mano descansara justo debajo de la empuñadura de su disruptor nervioso, que colgaba dentro de su chaqueta justo debajo del hombro—. Alguien tiene que estar zarpando hacia Vorgossos .
Siran asintió con la cabeza.
—Podría ser.
Con los dientes apretados, negué con la cabeza.
—No creo que sea tan fácil. El lugar no sería un mito si lo fuera.
—Traté de no pensar en lo que el Hombre Pintado había dicho: que Vorgossos solo era encontrado por aquellas personas que su gobernante quería que lo encontraran.
Las palabras tenían el sabor de la invocación de un cultista.
De una oración. Una promesa. Sentí frío de repente, así que me sacudí el abrigo para quitar las gotas que quedaban en su superficie hidrofóbica.
—Tenemos que empezar por alguna parte —dijo Crim .