El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

CONSPIRACIÓN

Así empezó la ruptura de nuestra compañía, y entre las tres naves salía lanzadera tras lanzadera mientras los mercenarios normandos eran separados de los legionarios imperiales y los aljanhi jaddianos por igual.

Entre las distancias y el tiempo requerido para la descarga de equipo y equipaje, se proyectaba que todo el proceso tomara más de dos días.

Hice un discreto esfuerzo para llevarme a hurtadillas aquellas posesiones de las que no me separaría: mi ropa y armadura de combate, las gafas rojas que habían sobrevivido todo el camino desde Emesh , el casco abollado de mirmidón y la jofaina que Jinan me había dado.

Y mis diarios, por supuesto. Había cinco por entonces, variando en tamaño desde un folio de más de un codo de alto hasta un cuaderno de bolsillo no más grande que la palma de mi mano.

Había otras hojas metidas entre sus páginas, que representaban bocetos al carboncillo y tinta de hombres y ciudades y otras cosas que había dibujado.

Eran las posesiones de las que más orgulloso estaba, salvo quizá por mi espada.

Pero no tenía garantía de que hubiera lugar para ellos en la Mistral, y así, bajo el pretexto de una inspección del intercambio, viajé en la parte trasera de una lanzadera que llevaba a una docena de mercenarios congelados desde la Faraón a sus nuevas literas en la nave más pequeña de construcción uhrana.

Fui solo —dejé a Switch con otros asuntos—, y una vez que los oficiales de vuelo autorizaron nuestro atraque, subí por el umbilical y seguí el pasillo hasta dejar atrás la galería donde me había reunido con Siran.

El pasillo más allá era redondo como los tubos de las ruinas del Silencio en Emesh , aunque blanco donde aquel extraño lugar era negro, con anillos acolchados cada pocos metros y soportes para ayudar en caso de que los campos de supresión se apagaran.

Tuve que empujar cajas apiladas en el pasillo, y saludé a aquellos que se detuvieron a recibirme. Pero no me quedé.

Había renunciado al uniforme carmesí de la Compañía Roja —lo había juzgado como un error en ese momento, para mis propósitos—, aunque mantuve las botas negras altas.

El resto de mi equipo era negro, tal como había llevado al bajar al planeta, y llevaba mi cinturón escudo y la espada de Olorin abiertamente sobre las caderas, encima de la túnica corta.

Mi viejo abrigo, lo llevaba puesto por encima de todo.

Era de un gris muy oscuro, un regalo de la casa del conde Mataro cuando dejé su capital tras mi desastroso duelo.

Se arrastraba tras de mí, aleteando alrededor de mis pantorrillas mientras caminaba.

—¡Eh, jefe! —llamó la voz de Crim desde un pasaje lateral.

Me detuve. Me volví y vi al foederatus emerger de una habitación detrás de mí. La sombra del cansancio oscurecía las cuencas de sus ojos, pero sonrió y se alisó su cabello rebelde lo mejor que pudo. En voz baja preguntó:

—¿Por qué está aquí?

No tenía razón para mentir, no aquí.

—Busco a la capitana.

—Está en la sala de situación con la doctora Onderra —anunció Crim de inmediato—. ¿Es cierto que nos separamos? ¿Lo han reclamado?

Ignoré la pregunta, y en su lugar pregunté:

—¿ Valka está aquí?

—Tiene intención de quedarse con nosotros —respondió Crim , su sonrisa ensanchándose solo un poco—. Algo sobre haber terminado con los bárbaros y… no voy a intentar repetir sus palabras, señor.

—¿ Valka se va? —formulé, atónito. Tenía sentido.

No era soldado y no sentía amor por el Imperio, y solo había aguantado por la promesa de una reunión con los xenobitas y una respuesta a sus misterios.

Un extraño hoyo, como una úlcera, creció de golpe en mi estómago, y asentí con mi lenta comprensión.

Un momento después había desaparecido, desterrado por la necesidad y el siguiente pensamiento—. ¿Dónde has dicho que estaban?

—Sala de situación, milord.

—Muy bien. —Y así me apresuré a irme sin otra palabra.

La sala de situación quedaba justo al lado de un anexo que daba acceso al puente y a la esclusa principal, lejos hacia la proa.

Se abrió ante mi huella palmar y pasé a través de la puerta circular a una habitación pequeña de techo bajo, cuya cubierta se arqueaba con la curva del casco.

Valka y la capitana se volvieron cuando entré, y tomé como un cumplido que los ojos de ambas se abrieran con sorpresa.

Antes de que ninguna pudiera hablar, anuncié:

—Capitana, deseo contratarla.

Otavia Corvo, vestida solo con ropa de ejercicio, su cabello dorado recogido hacia atrás para retirarlo de su rostro de teca, frunció el ceño oscuramente mientras decía:

—¿Qué?

Esperé a que la pesada puerta del mamparo se cerrara siseando detrás de mí antes de decir:

—Quiero ir a la Estación March .

El silencio que siguió podría haber durado una eternidad si Valka no hubiera preguntado:

—¿Qué hay de las órdenes de Bassander ?

—Al diablo con las órdenes. Al diablo con Bassander —escupí de vuelta, sintiendo calor de repente.

Planté las piernas separadas y encaré a Otavia directamente a través de la baja mesa de la consola—.

Y al diablo con el Imperio si se interpone en mi camino.

Por el rabillo del ojo creí ver a Valka apretar los labios y asentir muy levemente.

Pero me concentré en Otavia , que se acomodó en un sillón bajo atornillado al suelo frente a mí. Como yo mismo solía hacer, pasó una pierna sobre el brazo de aquel sillón, emanando una fuerza casual desde cada curva olímpica. Me observó un largo momento, con los ojos entrecerrados. Al fin preguntó:

—¿Qué más?

Valka se rio, y yo dije:

—¿Disculpe?

—¿Qué más necesita? —preguntó Otavia , apartándose de la cara un mechón torcido de su cabello decolorado—. No solo un servicio de taxi, estoy segura.

Hablé sin dudar.

—Necesito ayuda para sacar a los cielcin de la Balmung . Hoy.

—¿Hoy? —repitió la capitana, incrédula—. ¿Está loco? Nunca lograríamos subir a bordo.

Negué con la cabeza, tomé el asiento frente a ella con una mirada de reojo a Valka , que permanecía de pie junto a la pared lejana, de brazos cruzados, como si estuviera sumida en sus pensamientos.

—Hay lanzaderas pasando entre las tres naves ahora mismo; si enviamos tres de las más grandes a la Balmung , podríamos ser capaces de sacar… ¿seis? ¿Siete de las unidades de fuga? Tiene conexiones en la bodega aquí. Hay espacio.

—¿Y cómo espera sacar seis de esas cápsulas de fuga sin que su chica se dé cuenta? —preguntó Otavia . Se detuvo y arqueó las cejas—. Ahora que lo pienso, ¿por qué no está teniendo esta conversación con Jinan ?

Una parte de mí se derrumbó entonces como si Otavia le hubiera dado un hachazo. Desvié la mirada.

—La oyó en la reunión. ¿Realmente cree que me escucharía?

—Me había girado hacia el lado equivocado.

Valka me estaba mirando. Aquellos implacables ojos dorados me arrancaban la piel.

Miré hacia otro lado de nuevo—. Intenté hablar con ella.

Muchas veces. No quiere escuchar. —Algo seco y peludo se agazapó en la parte posterior de mi boca, y tragué saliva—.

Jinan y yo hemos terminado. Ella tendrá que regresar con su gente cuando volvamos a la flota.

—¿Terminado? —repitió Valka , alzando la voz—. ¿Sabe esto Jinan ?

— Jinan hizo esto —espeté, sorprendido por el veneno en mi voz. No tuve que mirarla para ver la triste sonrisa en el rostro de Valka , la preocupación por una amiga adolorida.

Otavia no ofreció condolencias ni conmiseración.

—No funcionará. Incluso si pudiera llevar tres lanzaderas de carga a la Balmung sin erizarle los pelos a su chica ni alertar a ese amigo mandari chupapollas suyo, no hay forma de que podamos escapar con esas enormes cápsulas. Ni con dos turnos y garantía de privacidad.

—Uno entonces —pedí de inmediato. Había planeado esto, pero había querido empezar a lo grande—. Solo el nobile, Tanaran.

Una fina línea se formó entre las cejas de Otavia e, irritable, se pasó los dedos por el cabello flotante.

—Eso podría servir… —Podría haber sonreído.

Había contado con que ella se negara a escapar con múltiples cielcin.

Había empezado a lo grande, necesitaba que ella pensara que me había disuadido.

Conocía su forma de pensar. Otavia podía parecer una campeona de levantamiento de pesas, pero tenía la mente de un logoteta de Rothsbank y de un signífero de la Legión, todo a la vez.

—Solo necesitaríamos una lanzadera.

—Aun así nos costaría un infierno explicarles a esos adorables jaddianos por qué nos llevamos a uno de sus prisioneros.

—Con las manos aún en el cabello, bajó la pierna y se apoyó contra la mesa—.

¿Por qué estoy siquiera escuchando esto?

Debería estar preparando a mi gente para la fuga y el salto fuera del sistema…

—Sus palabras se apagaron, y miró con melancolía más allá de donde estaba Valka , como a través de alguna ventana que solo ella podía ver—.

Encontrar trabajo honesto. Seguro que tiene que haber alguna pequeña colonia que quiera protección, tal como están los tiempos.

Un buen trabajo de seguridad, un poco de servicio de guardia.

—No lo dice en serio —le recriminé, intentando una sonrisa—. ¿Servicio de guardia? ¿Defensa orbital? Se aburriría en quince días.

Otavia resopló y se cruzó de brazos.

—Podría ser. Pero dígame algo, hombre del Imperio. ¿Cómo espera pagar todo esto? Sé de dónde venía mi pago, y no es de usted.