El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

EL FINAL DE UNA TRAVESÍA

—Como puede ver —indicó Bassander , hablando a través de la constelación de hologramas desde su sitio tras el obsceno escritorio de Emil Bordelon —, las cartas estelares que la dríade recuperó del terminal del Hombre Pintado no contienen referencia alguna a Vorgossos .

El mapa volumétrico destellaba como escarcha sobre telas de araña dentro de un cilindro proyectado por la maquinaria del techo.

A su lado, un índice de nombres y coordenadas se desplazaba en un bucle permanente.

Las estrellas holográficas pendían como gemas en aquella red resplandeciente, motas apenas del tamaño de la uña de mi pulgar.

Eran demasiado grandes para lo cerca que estaban unas de otras, conectadas por las rutas comerciales principales en un blanco centelleante.

Pero toda mi atención se centraba en lo que colgaba entre ellas en un rojo venenoso y fecundo.

Centré la atención en ellos y pregunté:

—¿Son esos los mundos oscuros?

—¿Mundos oscuros? —se burló Greenlaw desde el costado de Bassander —. Esto no es una ópera.

Resoplé y me volví hacia Ilex , que permanecía junto a la capitana Corvo. Había prescindido de la pesada chaqueta del uniforme y vestía un chaleco blanco remetido por dentro de un traje de faena rojo y botas altas. En ese momento descruzó los brazos verdes y me respondió:

—Es una lista de puestos de avanzada extrasolarianos en el Velo y la Expansión. Estoy segura de que no es exhaustiva.

Mis ojos saltaron del rostro de la dríade al de Jinan , y dije:

—Bueno, no tiene por qué serlo. —La mirada de mi capitana bajó, interesada de repente en algo cerca de su zapato—. Gracias, Ilex . Has hecho un buen trabajo. —La dríade se irguió un poco más, radiante, y pregunté—: ¿Hay algún rastro de una Estación March ?

—No es el puesto más cercano —dijo Ilex , cruzando desde el lado de Otavia para ponerse junto a mí.

Su dedo señaló un cubo rojo a unos pocos cientos de años luz de distancia—.

Podríamos llegar allí en unos dieciocho meses, a velocidad de crucero normal.

Hay sitios más cercanos, aquí y aquí —señaló—, pero no sé qué hizo que el traficante de armas hiciera referencia a la Estación March en particular.

—Kremnoi y Tanais —leyó Jinan —. Suenan a planetas…

—¡Basta! —exclamó Bassander con frialdad—. Me prometió Vorgossos , Marlowe . Esto no es Vorgossos . —Los músculos de la mandíbula y las sienes se le tensaron, lo cual hacía notar aún más que se había vuelto a afeitar los costados de la cabeza casi hasta la coronilla.

Lo ignoré.

—Capitana Corvo, ¿tiene alguna idea de por qué el Hombre Pintado podría haber nombrado la Estación March por encima de estas otras?

La improbablemente alta Otavia Corvo se apartó un mechón de su volátil cabello rubio y se encogió de hombros.

—Podría ser un puesto mayor, o bien estar aliado con Vorgossos de una forma que los otros no lo están. Es difícil entender las lealtades de esta gente de la periferia.

—Tal como estamos —dijo Bassander , cruzándose de brazos—, tardaremos unos quince años en llegar a la flota. Esta misión es un fracaso.

—¡No, no lo es! —repliqué, y la voz se me agudizó. Señalé el holograma proyectado ante nosotros—. Ahora tenemos una lista. Una lista de… —Conté—. Diecisiete sitios en el espacio remoto.

—¿Y propone registrarlos todos? —preguntó Bassander .

—Si eso es lo que hace falta —aseguré.

El comodoro soltó un bufido y se dejó caer en su silla tras el enorme escritorio. Extendió la mano y tomó la empuñadura forrada de cuero de su espada —la espada del almirante Whent — de donde yacía como un pisapapeles. Agitó la empuñadura como una batuta, sacudiéndola en mi dirección general.

—No tenemos tiempo. Nuestras colonias no tienen tiempo.

—Entonces regrese, capitán —dije, deslizándome junto a Jinan para encarar a Bassander al otro lado del escritorio.

El uso de su rango real le escoció, y delante de los normandos, nada menos.

Fue un error, lo sabía, pero había decidido que no me importaba—.

Deme la Balmung y los prisioneros. Encontraré Vorgossos yo mismo si es necesario.

—Miré a Jinan , pero mi capitana permaneció en silencio. No quería hacer esto solo.

—¿Encontrarlo usted solo? —se mofó—. Como si pudiera pilotar siquiera una bañera oxidada sin que mis oficiales le asistan.

Aquello dolió tanto como que yo le llamara capitán. Daba la casualidad de que podía pilotar perfectamente una de las lanzaderas clase Gavilán que guardábamos en las bahías de la Balmung , muchas gracias. Pero no mencioné eso. En su lugar, dije:

—Está tirando por la borda todo lo que hemos hecho desde Emesh . Todo lo que hemos construido.

—¿Todo lo que hemos hecho? — Bassander arqueó las cejas, apretando el agarre sobre la empuñadura de la espada—.

¿El qué? ¿Derrocar una dictadura normanda y desbandar a unos cuantos piratas?

Puede que no lo sepa, siendo un palatino perfumado, pero esas hazañas apenas cuentan para los estándares del Imperio.

—Entonces deme la Balmung —dije de nuevo, sin retroceder. Los demás… Jinan , Otavia , Ilex , Greenlaw … se desvanecieron como en una niebla gris. Bassander y yo estábamos en el centro de un universo tenue, y ninguno de los dos cedía.

Al poco invirtió el agarre del arma y la estampó con el emisor hacia abajo contra la superficie de la mesa.

—No voy a darle el destructor ni a ninguno de mis oficiales.

—Entonces iré yo —intervino Otavia , dando un paso al frente para posar una mano en mi hombro—.

No pierde nada más que la moneda que ya me estaba pagando y una nave que no tenía cuando partió con su flota.

—Ante sus palabras, me erguí un poco más, sabiendo que contaba con tal apoyo.

Hubiera hecho lo que hubiera hecho, ganarme a los mercenarios normandos era mi logro.

Fui yo quien libró a Otavia de Whent , y de Bordelon .

Bordelon . Que ella hubiera estado dispuesta a entrar en esta habitación después de lo que esa criatura había sido y hecho…

Hablaba de una fuerza de voluntad y un vigor distintos a cualquiera que conociera en mí mismo.

«Al universo no le faltan perros rabiosos», había dicho Corvo cuando le conté que el vil comodoro había muerto. No había llorado, solo asintió con aprobación.

Bassander se puso en pie, un gesto enteramente carente de dramatismo dado que apenas le llegaba al pecho a Otavia . Entrecerró aquellos ojos como brasas. Antes de que pudiera hablar, di un paso adelante, liberándome de la mano de Otavia .

— Bassander , escuche. Por favor. Deme a los prisioneros, si no la Balmung . Podemos pasarlos a la Mistral, entonces. De todos modos, es más rápida. Puedo encontrarlos. A los cielcin. Sé que puedo.

—¿Darle los prisioneros? —repitió, incrédulo—. Tenemos a un noble cielcin en el hielo, ¿o lo ha olvidado? Nunca debimos haber venido aquí fuera. Deberíamos mantenerlo como rehén y esperar a que los pálidos ataquen.

—Ese es un plan encantador —dije, incapaz de reprimir una mueca de desprecio propia—, pero si las colonias no son atacadas por su flota, entonces Tanaran es poco menos que inútil, y los otros más aún. Le iría igual de bien tratando de negociar con Jadd una paz con la Mancomunidad.

Pude ver cómo se tensaba el agarre de Bassander sobre la espada que sostenía, y un viejo instinto de esgrima me hizo dar un paso atrás para alejarme de su escritorio.

—¿Y qué —preguntó Bassander con una voz pequeña y letal como las arañas— le hace pensar que los extras en Vorgossos pueden contactar con la flota de él en particular?

—La de ello —dije, incapaz de contenerme—.

La flota de ello. —Había usado el pronombre equivocado; los xenobitas no tenían sexos tal y como los entendíamos.

Antes de que pudiera descartar esto como algo sin sentido, insistí—.

Porque el capitán que maté en Emesh nombró al propio Vorgossos .

Si ello ha estado allí, entonces los vorgossenos deben de tener algún conocimiento de cómo encontrarlos.

Usted lo sabe. Hemos discutido esto cien veces.

Renuente a admitir su error, Bassander dijo:

—No puedo darle los prisioneros. Mire… —Levantó una mano—. Lo entiendo. No desea ser devuelto a Emesh . Al conde Mataro y a su hija.

Parpadeé.

—¿Qué? —Miré a mi alrededor, a los rostros de los demás, a Ilex y Corvo, que parecían confundidas, y a Jinan , que era la única que entendía lo que el capitán quería decir—. Eso no tiene nada que ver con esto.

—La flota se está reuniendo en Coritani.

Eso está a más de dos kiloluces de Emesh .

Tiene mi palabra de que haré todo lo que esté en mi poder para mantenerlo alejado de las intenciones amorosas de la dama Anaïs.

—La mueca de suficiencia que se apoderó de su rostro fue como las primeras grietas en un panel de vidrio. Reprimí el impulso de romperlo.

Anaïs Mataro. La niña —mujer ahora, casi con certeza décadas mayor que yo— tenía todos los ingredientes de la clásica dama palatina: hermosa, inteligente, ambiciosa.

Sus padres me habían acogido cuando aparecí en su umbral desde las calles de Borosevo, habían aceptado ocultarme de mi propia familia.

Pero había sido una trampa, una jaula dorada.

Como la princesa de algún cuento de hadas antiguo, me guardaban por razones políticas.

Por mi sangre. Pues distantemente, a través de la línea de mi madre, yo era primo del Trono mismo, del emperador Guillermo XXIII y la Casa Avent, y miembro del Pariato.

Mi matrimonio forzado con la dama Anaïs habría introducido su casa de provincias en esa constelación altísima y antigua, y elevado así la sangre de los hijos que su casa engendraría a través de mí.

Yo habría sido poco más que un viejo caballo de carreras, premiado por una de mis cualidades y apartado para vivir mi vida como conde consorte de ese miserable pantano del planeta donde me había encontrado con tanta desdicha.