Capítulo 10 #2
Solo que yo no tenía hogar. No volvería a Emesh , de donde venía, donde yacía un matrimonio concertado para atraparme en los brazos de Anaïs Mataro, que para entonces me doblaba la edad, una mujer hecha y derecha.
No podía volver a Delos, a la casa de mi padre, de donde hui aterrorizado de él y de sus planes para mí.
¿A Jadd, entonces? ¿A Ubar? ¿Para retirarme y dirigir el negocio familiar de especias de Jinan mientras ella terminaba su servicio al príncipe?
Me imaginé viviendo mis días en paz, un viejo terrateniente tonto con pasión por los museos y los artefactos alienígenas, con un montón de niños bajo los pies.
En Jadd, se decía, las llaves genéticas que mantenían a los palatinos sometidos al Imperio estaban en manos de los propios nobiles, de los eali al’aqran de los Principados.
Allí quizá cualquier código propietario que hubiera en mi sangre podría deshacerse, y Jinan y yo podríamos formar una familia.
Fui hacia ella y me arrodillé como un caballero que recibe la espada en su investidura, y tomé sus manos entre las mías.
—El camino de Bassander es solo más lucha.
Hemos tenido casi cuatrocientos años de lucha ya.
No es suficiente. Si pudiera conseguir la paz con un clan cielcin, ese clan podría ayudar a conseguir la paz con los otros.
Nuestros prisioneros pueden desbloquear el fin de la guerra, y podemos ir a casa.
—Mi mano apretó la suya, y ella devolvió el gesto, sonriendo pero con tristeza—.
Podríamos estar juntos, Jinan . Tú y yo.
En Jadd o de vuelta en Ubar o donde quieras.
—¿Ubar? —Sonrió, y un pedazo de mí se rompió—.
Hadrian , por favor. No sé qué decirte. —Habíamos hablado de esto antes.
Muy a menudo, cuando ella hablaba del hogar, parecía que quedaba alguna pieza sin decir, como si fuera una mano que acechaba justo bajo la superficie de algún agua profunda esperando para arrastrarme hacia abajo.
Sus dedos apretaron los míos, pero la sonrisa se aflojó, como si permaneciera en su rostro solo por la media atención de sus músculos y no en absoluto por su corazón—.
No sabemos si tenemos algo, e incluso si lo tuviéramos no hay garantía de que podamos encontrar ese tal Vorgossos .
Mis manos se deslizaron de las suyas y me desplomé hasta sentarme a sus pies.
—No dejas de decir eso.
—¿Qué se supone que debemos hacer? —preguntó ella, separando las piernas e inclinándose sobre mí—. Oíste a Bassander . Otro planeta destruido. Eso es más de una docena desde que dejamos Emesh . ¿Esperas que no haga nada? Tiene órdenes de su comandante.
Rechiné los dientes.
—Esperaba que entrara en razón.
—¿Razón? —repitió—. ¿Y hacer qué? ¿Desobedecer órdenes?
Estamos hablando de Bassander Lin, ¿no? —Tenía razón, pero no había terminado—.
Mia qal, ha dedicado décadas a esta empresa.
Todos lo hemos hecho. Hemos estado persiguiendo fantasmas durante mucho tiempo, y no estoy convencida de que estemos más cerca de un final aquí de lo que estábamos cuando empezamos.
Perdimos gente en Pharos . Perdimos gente aquí.
Tienes que verlo desde su punto de vista: hemos estado librando batallas que no tienen nada que ver con la cruzada.
Todos los que hemos perdido deberían haber estado de vuelta luchando la verdadera batalla.
—¿Tengo que verlo desde su punto de vista?
—Aparté el rostro del lugar donde descansaba, sobre su muslo—.
Jinan … ¿y si… y si Ilex vuelve con una pista?
¿Las coordenadas de este… puesto comercial extra?
¿Vendrías conmigo si Bassander se negara?
—Negara. El pensamiento se alojó en mí como metralla en un pecho inocente.
Yo podía negarme. Me alegré de que Jinan no pudiera verme la cara para ver cómo esas palabras me encendían algo en los ojos violetas. Era un pensamiento.
Los músculos de las piernas se le tensaron debajo de mí, como si hubiera quedado aturdida.
—¿Qué?
Me volví y alcé la vista hacia ella; entonces atrapé su mano y la besé, y no la solté.
— Hauptmann no es tu comandante —dije—. Sigamos hacia Vorgossos , tú y yo.
—No deberías bromear sobre estas cosas.
—Lo sé —dije, pero el daño estaba hecho.
Las ideas son como chispas y mi mente estaba seca por el agotamiento y la necesidad de nueva invención.
Ardí, pero cerré los ojos, enterrando mi cara en su regazo.
Estaba cansado también, y me sentía comprimido, fino como una muestra bajo un cristal—.
Jinan , si volvemos… nunca volveré a verte.
—Ella regresaría con su gente, y ellos a su propia misión.
Ya tensa, se puso rígida.
—Lo sé.
—No… no quiero… quiero que permanezcamos juntos.
—Me interrumpí y miré de nuevo su rostro ovalado; el arco astuto de la ceja sobre los ojos anchos y profundos; la tenue cicatriz blanca en su mejilla dorada; esos labios y la lengua afilada detrás de ellos, y el conocimiento de que me podrían sonreír tan pronto como esa lengua podría cortar—. Te amo, Jinan .
Ahí estaba esa sonrisa, y la voz gutural diciendo: «Bueno, no te equivocas». Sacudió el cabello. La empujé en el hombro con reproche, y ella se rio, inclinándose hacia mí.
—Yo también te amo, hombre extraño.
Resoplé, pero ella me besó de todos modos.