Capítulo 8 #2
—¿Quiere hablar de paz, Corvo? —preguntó Bassander —.
¿Paz? Terminamos de compilar los datos de la última transmisión telegráfica que recibimos de mi flota junto con las órdenes del Primer Estratega Hauptmann .
¿Sabe lo que decía? —Los ojos del comodoro se fijaron agudos y brillantes como láseres en el rostro de la capitana Corvo, y un murmullo recorrió la sala mientras Lin hacía una pausa para tomar aire.
Me senté un poco más erguido, miré de reojo a Jinan , que no me vio, y a Valka , que negó con la cabeza.
Sabía que habíamos recibido otra ráfaga entrelazada poco después de llegar al sistema Rustam, y supuse que las noticias no podían ser buenas—.
Nos enfrentamos a los cielcin en Tyras .
Permítanme compartir con ustedes los detalles —dijo, y contó con los dedos—.
No fue como aquí. Perdimos el planeta por completo.
La Casa Jurnau. Las ciudades principales.
Las fábricas orbitales. Siete millones de personas, capitana.
Siete millones. Ahora, diga de mí lo que quiera, pero yo tiendo a no dormir bien por las noches sabiendo que eso ocurrió, ¡y que ha vuelto a ocurrir mientras estamos bailando en el culo del universo persiguiendo cuentos de hadas porque mi comandante consideró oportuno tolerar las extravagantes nociones de este lunático palatino!
—¿Lunático? —Intuyendo que las cosas solo empeorarían, Jinan se puso de pie y salió en mi defensa—.
Creo que ya es suficiente —protestó, y sus ojos oscuros eran duros como el cristal.
Era fácil, a veces, olvidar que Jinan tenía casi el doble de mi edad viva —su crianza genética era tal que no aparentaba más de treinta—, pero el recordatorio de que había sido soldado antes de que yo naciera aparecía de vez en cuando—.
Podemos discutir qué será de nuestros amigos normandos cuando regresemos a la flota…
— Otavia dio muestras de ir a interrumpir, pero Jinan terminó de todos modos—: …
si regresar a la flota es lo que vamos a hacer.
El aire se sentía casi como antes de una tormenta en el desierto, con cada molécula espesa de carga estática.
Las reuniones del consejo de mi padre eran a menudo así.
Dejaba que sus asistentes, sus logotetas, sus escoliastas y los representantes de la Cancillería regatearan y engatusaran y se retorcieran las manos y agitaran sus sables hasta que todas sus energías se gastaban y sus simpatías quedaban al descubierto.
Fuera lo que fuera, mi padre era un hombre paciente, y nunca había visto un administrador más eficaz que él.
Era exactamente un momento como el que yo quería, exactamente un momento como el que había estado esperando.
Sin una palabra, saqué el terminal del Hombre Pintado del portapliegos y lo puse delante de mí.
Solo Switch y Valka , sentados a mi lado, se dieron cuenta.
Así que levanté una mano y golpeé la mesa tan fuerte como pude.
El golpe atrajo la atención de los tres capitanes y la atención de quienes los observaban.
Diez pares de ojos se centraron en mí, conmocionados por la violenta interrupción, pues hasta entonces yo había sido un rasgo inerte del entorno.
Con una voz que apenas era más que un susurro, dije:
—No puedo escuchar esto. No puedo. —Mi tranquilidad los atrajo, como había visto que ocurría con mi padre y sus consejeros en más ocasiones de las que podía contar.
Tenía una breve ventana de conmoción en la que hablar, y no había tiempo para la apelación lógica—.
No estamos persiguiendo un cuento de hadas, Lin.
Justo hoy, conocimos a un… hombre que podía cambiar su rostro.
Comandaba un ejército de hombres muertos y afirmaba venir de Vorgossos .
Además —me mecí hacia atrás en mi silla, alzando las cejas—, en Emesh , los cielcin sabían del lugar.
Lo he dicho antes, y seguiré diciéndolo hasta que penetre: ¿cómo sabría un xenobita, un alienígena, de un mundo humano que ni siquiera el Imperio puede localizar a menos que exista?
¿Imagináis que esas criaturas que tenemos congeladas en nuestra bodega están charlando con los prisioneros que se llevaron de Tyras ? ¿De Rustam?
Emití un sonido de disgusto y miré el terminal posado en el borde de la mesa ante mí. Casi podía sentir los ojos tatuados y las bocas sonrientes del homúnculo flotándome sobre el hombro. A pesar de ellos, perseveré.
—Me llama lunático. Si es locura querer terminar esta guerra lo antes posible, entonces puede llamarme como desee.
No me importa, porque tanto si usted lo acepta como si no, Bassander , o si cualquiera del resto de ustedes lo acepta, sé que necesitamos esto.
—Aquí hice una pausa, palmeando el terminal extrasolariano con una mano, sin retirar nunca la vista del rostro de Bassander .
Cualquiera que nos observara entonces debió de ver la lucha entre nosotros: como una línea de fuego humeante trazada ojo a ojo.
—¿Qué es esto? —preguntó Greenlaw , refiriéndose al terminal.
La ignoré.
—¿Y qué quiere que hagamos? ¿Volver? —Y aquí alcé la voz—.
¿Para qué? ¿Para luchar y morir entre los demás?
¿Para añadir su nombre a la lista de nombres?
Por favor… —Miré hacia otro lado, negué con la cabeza—.
No estamos bailando en el borde de la galaxia.
Este es el escenario central. —Juzgando el momento correcto, me puse de pie, para alinearme como igual y opuesto a Bassander en ese instante—.
Emesh sangró para darnos esta oportunidad.
Tyras ardió. Y Lycia . Y Bannatia. Millones de personas.
Quizá más. — Bassander se estaba organizando, podía verlo.
Otavia y su teniente Durand asentían. Los labios de Jinan estaban apretados, su cara una máscara de papel que no podía leer.
El resto no lo vi. No necesitaba verlo—.
Esta es nuestra mejor oportunidad para hacer el mayor bien.
Aquí. Ahora. —Golpeé con el puño contra la mesa—. Ahora.
— Hadrian —intervino Jinan , con el ceño fruncido en aquel rostro amado y familiar—, ¿es eso…?
—Es el terminal personal del Hombre Pintado —respondí, y retomé mi asiento con una sonrisa torcida.
Inclinándome sobre el dispositivo, ahuequé la barbilla en la mano—.
No sé qué hay en él ni cómo usarlo, pero debe de haber algo aquí relacionado con las operaciones comerciales del Hombre Pintado.
Eso significa libros de contabilidad, eso significa ubicaciones.
¿ Ilex ? —Empujé el pesado dispositivo a través de la mesa hacia la dríade antes de que Bassander pudiera contradecirme.
Ella lo atrapó con una mano de dedos verdes y le dio la vuelta, mientras se le formaba un profundo surco entre las cejas sin pelo.
—No he visto nada parecido a esto —musitó, rascándose detrás de una oreja—. Me recuerda a algunos modelos tavrosi que he visto. Le echaré un vistazo.
—Gracias.
—¿Por qué no lo ha mencionado antes? — Bassander me miró con el ceño fruncido a través de la mesa. La línea láser entre nosotros se redibujó—. ¿Estaba esperando una invitación?
Lo ignoré y me dirigí a Ilex .
—El Hombre Pintado mencionó un lugar… —Luché por recordar el extraño nombre—. Estación March , creo que era.
—¿Qué es eso? —preguntó el teniente Hanas con su marcado acento jaddiano.
—Un puesto comercial —dijo Otavia Corvo, sorprendiéndonos a todos. No había vuelto a sentarse, sino que permanecía de pie, de brazos cruzados, examinando al resto—. Se oye hablar de él de vez en cuando, pero nunca he estado allí.
—¿Sabe dónde está? —pregunté, volviéndome hacia ella.
Otavia se retiró el pelo flotante de la cara.
—No. Ya sabe cómo es con estos sitios negros extrasolarianos.
—Se supone que está en algún lugar del Velo —dijo Durand , mirando nerviosamente a Bassander Lin—.
Entre las estrellas… pero sin coordenadas…
—Se encogió de hombros. Entendí lo que quería decir.
Sin coordenadas, podríamos pasar un millón de años peinando la Oscuridad sin encontrar ni siquiera un asteroide.
—¡Ya basta! —exclamó Bassander —. Hemos perseguido esta fantasía durante el tiempo suficiente. Sea cual sea la inteligencia que haya en ese terminal que recuperó, digo que la entreguemos a la flota. Dejemos que Hauptmann y la dama tribuno Smythe decidan qué hacer.
Mis dientes rechinaron al apretar la mandíbula. Me costó todas mis fuerzas no decir: «¡No puede hablar en serio!». La voz de Gibson se alzó en su lugar, profunda y tranquila, y murmuró, como hacía tan a menudo: «La ira es ceguera». Cerré los ojos un momento, los abrí.
—Esa no era la misión.
—La misión ha cambiado, Marlowe —dijo Bassander —. Hemos estado fuera demasiado tiempo.
—Pero estamos así de cerca —protesté, gesticulando con el pulgar y el índice a una pulgada de distancia—, ¡así de cerca!
Miré alrededor de la mesa, buscando apoyo. De Valka . De Switch . De Otavia y el teniente Durand . De Jinan .
Jinan .
Mi querida capitana evitó mirarme durante largo rato; había apartado la vista, con los ojos fijos en las manos entrelazadas sobre el mármol negro.
Su pelo trenzado colgaba entre nosotros, ocultando su rostro.
Todo estuvo en silencio durante menos de un segundo.
Podrían haber sido eones. Ella negó con la cabeza y se echó la trenza hacia atrás sobre el hombro con un movimiento brusco.
—Y entonces ¿qué, Hadrian ? —Sus labios se apretaron, y miró al capitán-comodoro Lin—. ¿Otra pista? ¿Otro paso? No podemos seguir persiguiendo fantasmas.
—¿Fantasmas? —La palabra salió, pero sonó perdida, como si ella y yo hubiéramos tropezado en la conversación equivocada, deforme y sin rumbo—. ¿Qué?
—Tal vez… tal vez el capitán Lin tenga razón. Tal vez deberíamos volver. —Debió de haber algo en mi cara, porque ella titubeó y, mirando hacia otro lado, añadió—: Quizá si telegrafiáramos los datos y esperáramos órdenes antes de regresar.