Capítulo 8
EL CONSEJO DE CAPITANES
—¡Y no tenemos nada que mostrar! —exclamó Bassander prácticamente a grito pelado, inclinándose sobre la cabecera de la larga mesa de conferencias—. ¡Nada! A menos que cuentes cuatro hombres muertos.
El capitán-que-quería-ser-rey era el único que estaba de pie. Los demás —los capitanes reunidos y sus primeros oficiales de nuestra pequeña flota y los supervivientes de la misión de Rustam— estaban sentados alrededor de la larga elipse de la mesa de conferencias de la Faraón . Once en total.
La mesa en sí era un artefacto de Emil Bordelon que ni siquiera Bassander —con todas sus tendencias espartanas— había sido capaz de retirar.
La superficie era una losa de cinco centímetros de mármol mandari estampado, negro azabache salvo por las vetas que lo impregnaban como humo blanco, con incrustaciones de un equipo de holografía hecho de alambre fino como un cabello.
Debía de pesar una tonelada. Desde luego costó una fortuna, si se tenían en cuenta las patas de caoba con garras de dragón.
Los gustos del viejo comodoro tendían a lo llamativo, pero aquí al menos había acertado.
—¿Así que estamos peor que cuando llegamos? —preguntó Alessandro Hanas , el moreno y barbudo segundo al mando de Jinan —. Esto es un desastre.
Bassander hizo un gesto con la mano hacia el teniente, subrayando lo que había dicho el jaddiano. Apretó la mandíbula mientras paseaba su atención por Crim , por Ilex , por Switch y por mí. Yo estaba sentado justo enfrente de él, en el extremo opuesto de la elipse, sin hablar.
—¡Si todos hubierais conseguido salir al menos con el gordo, podríamos haber tenido algo! —Dirigió estas palabras a Switch , nada menos.
—Usted no estaba allí —protestó mi amigo y lictor—. Con todo el respeto, capitán Lin, pero usted también habría salido de allí tan rápido como hubiera podido. Esas cosas… no eran humanas.
—Ya no —apuntó Ilex —. Los habían vaciado.
El Hombre Pintado los controlaba. Caímos en una trampa.
Él sabía que trabajábamos para vuestras Legiones, o lo adivinó en todo caso.
Todo el lugar estaba lleno de esas máquinas.
—La cara alargada de la dríade se volvió hacia dentro ante aquello, y bajó los ojos hacia la mesa, mientras la piel verde se le oscurecía hasta el negro.
—MOS —dijo Valka , hablando por primera vez tras media hora de discusiones.
Su acento tavrosi tenía una forma de cortar el resto de discursos.
Todos los ojos se volvieron hacia ella excepto los míos.
Yo había oído el término en boca del Hombre Pintado y, en cualquier caso, no me sorprendía que Valka lo conociera, ella que sabía tanto sobre todo—.
Medio Operativo Sustituto. Medios. Son humanos, o lo eran.
—¿Eran? —preguntó Bassander .
La voz de Valka , de bordes brillantes, cortó el aire como una fruta.
—No haría esa pregunta aquel que ha visto esas cosas.
Switch se estremeció.
—¿Usted los ha visto, doctora?
—He viajado —respondió ella, enseñando los dientes blancos—. Y, hablando como asesora científica, fue sabio por vuestra parte retiraros cuando lo hicisteis. — Valka bajó la mirada, con esos ojos brillantes como soles ocultos tras su corta caída de cabello oscuro—. Cosas desagradables, los MOS.
—No murieron cuando les disparamos, Bassander —dijo Greenlaw , apretando la mandíbula.
—Bueno, el daño está hecho —repuso Bassander Lin, hundiéndose en su asiento como el jefe de una manada de leones tras una noche de hambruna—.
No tenemos elección, gente. —Entornó los ojos mientras abarcaba a los demás reunidos alrededor de la mesa—.
Tenemos nuestras órdenes: regresamos a la 437.
ª, nos reagrupamos con la flota y el esfuerzo de guerra.
Jinan dejó de juguetear con su trenza y frunció el ceño.
—Nunca abandonamos el esfuerzo de guerra, Lin. ¿Qué es esto?
—El Primer Estratega Hauptmann está reuniendo sus fuerzas en Coritani. Hemos recibido una orden general de regresar.
—¿Qué? —dije, incapaz de contenerme.
—No me alisté en esta compañía para luchar en una batalla campal —protestó Otavia Corvo, la tercera y última de nuestros tres capitanes, que había estado inusualmente callada hasta entonces—. La Mistral no está equipada para ello, y no voy a arriesgar a mis hombres.
Creo que era de Otavia de quien hablaba el antiguo Heródoto cuando escribió sobre las amazonas.
Ya fuera por diseño o por accidente de la naturaleza, medía casi dos metros diez.
Alta como un palatino. Incluso sentada irradiaba la amenaza de la serpiente enroscada, con brazos cruzados y anchos hombros encorvados que delataban el músculo fibroso que se escondía bajo el uniforme carmesí.
Era menos oscura que su segundo al mando, de piel de ébano, y tenía una larga cabellera dorada que se enredaba y desafiaba la gravedad de la nave y jugaba alrededor de su cara como una melena de león.
De todos nuestros capitanes, ella era la única mercenaria de sangre pura, y no conocía juramento a Jadd ni al Trono Solar.
Era libre y feroz, y su palabra era definitiva.
Bassander también lo sintió, pues cambió de táctica, y dijo:
—No encontramos nada en Rustam. No tenemos nada. ¿Y cuánto tardará el gobierno provincial en vincular estos… MOS con nosotros?
—Cien años por lo menos —dijo Crim , masticando otro de sus geles.
Extendió la bolsa hacia Ilex , que estaba sentada a su lado—.
Este sistema es un maldito desastre. Máquinas o no máquinas, comodoro, la Santa Cancillería Imperial no tiene aquí los recursos para una Inquisición.
Estarán demasiado ocupados con el control de daños como para preguntarse contra quién luchaban las bestias.
El primer oficial de Jinan , el teniente Hanas , de rostro cuadrado y barba, levantó un dedo.
—La ciudad debe estar vigilada.
—Lo está —dijo el esbelto Bastien Durand , segundo de Otavia .
Tenía el mismo acento extraño y vibrante que nuestro doctor Okoyo, pues compartían mundo natal, y un afecto erudito.
Era el tipo de persona que uno podría imaginar con facilidad como escoliasta allá en el antiguo Imperio.
En verdad, me recordaba en gran parte a Tor Alcuin, el consejero principal de mi padre en casa—.
Pero ustedes, los tipos imperiales, le dan la revisión de esas imágenes a seres humanos, y los seres humanos no son tan buenos examinando miles de cámaras y decenas de miles de horas de grabación para encontrar un patrón.
—Además —intervino Valka , mirándome brevemente—, no tenemos forma de saber si el Hombre Pintado no había alterado las cámaras cercanas a él. Debía de… disponer de la tecnología.
Una imagen del homúnculo sentado en su sofá con el terminal conectado a la cabeza nadó tras mis ojos. Moví mi portapliegos en mi regazo, sintiendo el peso del extraño dispositivo.
Estaba a punto de sacarlo cuando Bassander siguió adelante.
—Entonces deberíamos poder salir del sistema sin ser molestados. Esta discusión es académica.
—¿Salir del sistema? —repitió Otavia —. ¿Así, sin más? ¿Está… huyendo a casa?
Bassander se inclinó hacia delante y golpeó el tablero de la mesa, con lo que activó el equipo de holografía.
—No estoy huyendo a ninguna parte —aseguró, mirándome directamente—. Tengo el deber como soldado del Imperio de regresar al frente, con mi comandante.
—Entonces irá solo —dictaminó Otavia , con demasiada brusquedad, con demasiado orgullo, sacando la barbilla.
—¡Solo no! —dijo Jinan , pues ella también era soldado.
La amazona normanda negó con la cabeza.
—Mi gente no irá con usted.
Bassander se levantó tan rápido que pensé que podría volcar su silla, con las manos plantadas sobre la mesa.
—Tiene un contrato.
—¡Que no se extiende al sacrificio de mi nave y de toda mi gente en su estúpida cruzada!
Para no ser menos, Otavia se levantó también, y en su caso el efecto fue mucho mayor. Bassander solo era un patricio, y junto a la monstruosa altura de Otavia parecía ciertamente pequeño. Casi sentí lástima por la teniente Greenlaw , que estaba sentada entre ellos, mirándose fijamente las manos.
—¿Estúpida cruzada? —repitió Bassander —. ¡Estúpida cruzada! ¿Qué es exactamente lo que cree que hemos estado haciendo desde que su grupo firmó?
—¡Luchar para acabar con la maldita guerra!
Aquí. En Norma —respondió Otavia Corvo, sacudiendo la cabeza de modo que el nudo de cabello dorado suelto en la nuca ondeó como en caída libre—.
Son nuestros mundos los que arden, capitán, no los suyos.
Eso es lo que Hadrian me vendió. ¡Paz! —Cerré los ojos un largo momento.
Había empezado a preguntarme cuándo saldría mi nombre en la discusión.
— Hadrian —dijo Bassander , enfatizando el uso de mi nombre de pila— no dirige esta compañía. Yo lo hago. —Ahí estaba, el quid del complejo de Bassander . No dije nada, con la mano sobre el terminal en mi portapliegos.
«Este no es tu momento», me reprendió la parte de mí que pensaba con la voz de Gibson .