El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

No era la primera vez que tenía que sacarme de un mal lugar, aunque fuera la última, si bien yo entonces no lo sabía.

Había venido a por mí en Pharos , después de que dejara que Marius Whent me venciera.

Me había sacado del complejo de Whent sola y había cruzado la ciudad capital con los saqueadores del señor de la guerra pisándonos los talones.

Llegado el final de aquel mes horrible, nos habíamos salvado la vida mutuamente una docena de veces.

Sin plan, sin refuerzos, sin armas salvo mi espada, que yo había cogido del escritorio de Whent mientras escapábamos.

Nos habían contratado para matar al almirante, para ayudar a los rebeldes que apoyaban la anexión imperial.

La campaña había durado otros tres meses y había culminado con la muerte de Bordelon y la rendición de Whent .

Su éxito había marcado el punto álgido de la breve carrera de la Compañía Roja.

Bassander lo había resentido. Restaba importancia a nuestra búsqueda central, aunque habíamos fortalecido el control del Imperio sobre el Velo de Marinus y preparado mejor nuestra posición contra los cielcin.

Y Jinan …

Ella no había dicho nada aquella primera vez, a solas en la oscuridad sudorosa tras nuestra victoria en Pharos , tras la rendición de Whent .

Solo me abrazó. Manos. Bocas. El olor a hierro de su piel denso en el aire cerrado.

No sé si al principio fue amor para ella, pues no lo fue para mí.

Alivio, sí, y la alegría animal de la vida habiéndose reído en la cara de la Muerte y sus manos de muchos dedos.

El hambre de esa vida por la vida y el éxtasis celular de ese imperativo biológico más antiguo: Crear.

Crear. Crear. Y a través de eso la aguda conciencia del yo no como espíritu, sino como una cosa encarnada, completa no en sí misma —como ningún hombre lo es— sino por su participación en el espíritu y el cuerpo de otro.

—Señor, si va a sentarse ahí, debe pedir.

—¿Cómo? —Alcé la vista hacia el rostro de una joven sonriente con un uniforme pulcro—. ¡Oh! ¡Lo siento!

Pedí rápidamente un tazón de fideos, lo primero que vi en el menú impreso bajo el cristal del tablero de la mesa, y la mujer se marchó.

«Satán tenía a sus compañeros, diablos semejantes…

» le había dicho al Hombre Pintado. Mi mano fue a la brillante marca de cicatriz que tenía alrededor del pulgar izquierdo, donde mi antiguo anillo de sello había ardido en la fuga criónica.

Diablos semejantes, en efecto. Yo había rendido homenaje al diablo Marlowe en el logo de mi Compañía Roja Medusa: el tridente del diablo atravesando una estrella de cinco puntas. Mis diablos.

Los fideos nadaban en un caldo ligero y salado con trozos de alguna proteína de pescado y cebollas verdes.

Simple. Limpio. Comí en silencio, pescando bocados del cuenco de barro con una cuchara de fondo plano.

No me vinieron pensamientos, a mí, que pensaba demasiado y demasiado a menudo.

No podía escapar de la imagen de la mujer-máquina —el MOS, o así lo había llamado el Hombre Pintado— que casi me había apuñalado por la espalda durante la pelea en la casa de té.

Me habría apuñalado justo donde dispararon a Ghen .

Entre los hombros, justo a la derecha del centro.

Hay una razón por la que la Muerte de Muchos Dedos se representa con túnicas estigias.

Es nuestra sombra, siempre a nuestra espalda, siempre a nuestros pies.

Nunca está lejos.

La comida ayuda.

Pescado.

Había comido una gran cantidad de pescado en Borosevo, en Emesh .

En las calles. Había robado pescado de los almacenes del gremio con Cat y de la parte trasera de palés flotantes y carros congeladores.

Cat estaba muerta también. Muerta no a causa de mis esfuerzos, como tantos otros, sino a pesar de ellos.

A veces, solo es la naturaleza la que es cruel, no la humanidad.

La hora de la cena llegó y pasó, y los clientes entraron y salieron y pasaron de largo.

La camarera, también, iba y venía, cada vez más frustrada de que yo no me fuera.

Lo soportó bien, como tantos de esa profesión poco querida deben hacer, y mantuvo mi vaso de agua lleno.

En otro tiempo, habría tomado vino, y en grandes cantidades después de un día como el mío, pero no tenía dinero para ello; solo me quedaban un par de docenas de kaspums que llevaba en una faltriquera del cinturón por error.

No había pensado que fuera a necesitar dinero para la reunión con el Hombre Pintado.

—Tienes un aspecto horrible, amor.

Me sacudí para despertarme. ¿Cuándo me había adormilado? ¿Y por qué la camarera no había venido a gritarme? Jinan me sonreía desde el otro lado de la mesa, vestida con su uniforme de la Compañía Roja y con…

—¿Es ese mi abrigo? —pregunté, masajeándome la sien.

—Y buenas noches a ti también —resopló ella, pero su sonrisa no vaciló—. Switch lo trajo de vuelta de ese desastre en la casa de té.

—Lo siento —dije. Luego, pensando en la casa de té, añadí—: ¿Atraparon a Samir?

Jinan se apoyó sobre un puño, sin apartar los ojos de mi cara.

—¿Al plagiarius? No. Tuvieron que irse a toda prisa. —Pude sentir que quería decir más, sobre las máquinas, los MOS, que nos habían atacado. Sobre Ghen . No lo hizo. Solo puedo asumir que hubo algo en mi cara que la detuvo, alguna sombra de agotamiento o dolor. O de ambos—. ¿Estás bien?

Una risa débil se me escapó por la nariz, y me mecí hacia delante en el pequeño asiento, acunándome la cabeza un momento entre las manos. Me pasé los dedos rígidos por el pelo enmarañado y, con una inhalación brusca, respondí:

—Lo estaré. —Pude sentir las brechas deshilachadas en mi sonrisa, sin embargo.

—¿Cómo escapaste? —preguntó—. Switch dijo que te habían capturado. —Tanteó la cinta azul en su gruesa trenza y alisó con dedos duros la seda brillante contra los mechones oscuros.

—Me capturaron —dije—. Sí. Yo… lo maté. A esa cosa. Lo que fuera. Al Hombre Pintado, quiero decir. El homúnculo pretendía pedir un rescate por mí a la flota, o eso afirmó.

Jinan me tomó la mano, allí donde la había dejado reposar sobre la mesa. Su calor se vertió en mí. Sonrió, cálida y constante como un sol de secuencia principal.

— Nómiza ut ió uqadat ti —pronunció en su lengua nativa—. Avrae trasformato hadih poli hawala an eprepe . —Lo había dicho como una broma, pero la idea de Jinan desmontando la ciudad para encontrarme no era divertida en absoluto, era… preciosa. Indescriptiblemente preciosa.

—Lo sé —aseguré en jaddiano—. Yo habría hecho lo mismo.

Me pasó el pulgar por el dorso de la mano; apretó su agarre antes de separarse, y luego estiró el brazo para sostener esa mano contra mi mejilla. El resto, lo obvio, no necesitaba decirse, pero ella lo dijo.

— Ti ahba .

—Yo también te amo —respondí, y luego añadí—: ¿Me puedes devolver mi abrigo, por favor?

Los ojos negros de Jinan se abrieron de par en par.

—¿Qué? ¿No ibas a dejar que me lo quedara? ¡Menudo galante caballero del Imperio estás hecho!

Poniéndome de pie, dejé un billete de cinco kaspums sobre la mesa —mucho más de lo que valían los fideos— y dije:

—No soy un caballero, querida capitana.

—¡Está claro que no! —exclamó ella, fingiendo indignación.

Dejé que se quedara con el abrigo.

La noche, cada vez más cerrada, era fría, y los días en Rustam, cortos, como suelen serlo.

Y yo era de Delos, por lo que estaba acostumbrado a climas más gélidos que ella, que procedía de la calurosa y árida Ubar, a mundos y mundos de distancia.

Observadnos mientras nos marchamos, brazo con brazo, ella caminando pegada a mí, con mi brazo rodeando su esbelta cintura.

Podríamos haber sido dos amantes regresando de la ópera, de no ser porque íbamos armados.

Podríais no pensar nada de nosotros en absoluto.

Arslan era, después de todo, un lugar para gente dura en tiempos más duros.

Dos borrachos quizá, o dos marineros recién salidos de la fuga.

Sin embargo, cuando echo la vista atrás hacia aquel momento, puedo señalar pocos instantes que sean tan brillantes y sencillos como aquella cálida y suave quietud que compartimos…

o la pequeña presión de su mano en mi brazo, o la forma en que me acurruqué contra su hombro en la parte trasera de nuestra lanzadera y me olvidé, por un momento, de que mi amigo estaba muerto.

Pero la fealdad del mundo no se desvanece, y el miedo y el dolor no disminuyen con el tiempo. Solo nos hacemos más fuertes. Solo podemos flotar juntos en sus mareas, como hacen las nutrias, cogidos de la mano.

Antes de que termine.

Antes de que tenga que terminar.