El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Una mano dura y fría como el hierro me agarró la pierna, apretando con fuerza sobrehumana.

Jadeé, luché por ponerme en pie. Otra mano me agarró y me arrastró de nuevo hacia abajo.

Al girarme y mirar, encontré a un hombre decapitado que me arrastraba hacia el suelo con la ayuda del torso de una mujer.

Ella me miraba con una mueca desalmada, como una estatua.

Tenía sangre alrededor de la boca y en los dientes.

Al mirar al soldado muerto y la carne desgarrada, no tuve que adivinar.

La sangre y el extraño fluido blanco me empapaban las botas.

Toda la pila de gente desmembrada se revolvía alrededor de mis pies, resbalando en la sangre y el fluido mientras me arañaban en un intento de llegar hacia mí.

Los ojos de la mujer estaban fijos sobre los míos, fijos como estrellas, sin parpadear.

Le saqué esos ojos de un tajo. Switch se apresuró a acercarse y disparó su quemador de plasma.

La llama violeta se tornó naranja cuando prendieron los cuerpos, que aún se movían hacia mí.

Logré sacudirme para liberarme y tropecé de lado contra una mesa.

Mi espada cayó a través de ella y melló la superficie.

Se rompió cuando me tambaleé contra ella, y me derribó.

Caí, y al instante el hombre decapitado cayó sobre mí, arañando, arrastrándose a lo largo de mi cuerpo.

Había perdido mi espada en la confusión, enterrada entre los escombros de la mesa.

Un recuerdo repentino y horrible creció en mí, el de una noche en la lejana Meidua, cuando los otros chicos me habían arrastrado fuera de la caja abollada que yo llamaba hogar en el depósito de carga detrás de la vieja planta desalinizadora.

Casi podía oír sus risas, sus burlas; podía sentir sus manos sobre mí.

Mis propias manos escarbaron a través de porcelana destrozada y trozos de mesa astillados buscando ciegamente el tacto de la plata y el cuero jaddiano.

El hombre decapitado se abalanzó sobre mí, y al girarme pude ver una luz azul que parpadeaba en los agujeros de su garganta y el aleteo del tejido en la tráquea dañada, donde los pulmones aún bombeaban.

El sonido que hacía era espantoso: un estertor húmedo como de alguna cosa maldita.

Las chispas brotaban de los extremos del cableado plantado en paralelo a venas y tendones, y la sangre goteaba por su frente empapando lo que había sido una camisa de negocios blanca.

¿Era eso plata lo que sentía? ¿Cuero? ¿La espada?

No podía agarrarla, no podía cerrar los dedos alrededor del arma.

Levanté una rodilla con fuerza entre las piernas del hombre máquina, pero descubrí que no había nada allí que magullar.

Sus manos encontraron mi garganta y apretaron.

Bassander tenía razón. Yo no era un soldado en absoluto.

Este juego de mercenarios al que habíamos jugado era solo eso.

Nunca volvería a ver a Valka , ni a mi Jinan .

Mi visión se nubló, y en su oscurecimiento vi el rostro de mi padre flotando donde debería estar el del hombre decapitado, sus ojos tornados rojos desde su verdadero violeta, su rostro blanco como las máscaras funerarias de mis antepasados colgadas alrededor de la puerta del palacio.

No encontré la espada a tiempo.

La luz se estrelló sobre mí y retrocedió en oleadas. Las manos que aplastaban mi voz se desvanecieron cuando la luz regresó. Tosí y escupí en el suelo, y rodé para salir de debajo del cuerpo decapitado, que humeaba por el fuego de plasma.

—¡En pie, Su Resplandor!

Ghen de Emesh estaba sobre mí, sonriendo con una mueca forzada, su capa gris salpicada de rojo y blanco y carbonizada en algunos lugares.

Me ofreció una mano, y me levanté, apoyándome contra su cuerpo.

Switch e Ilex lo cubrían a él. ¿Dónde estaba Crim ?

Con la vista nublada, miré alrededor y localicé al jaddiano talando una de las máquinas.

¿Dónde estaba el Hombre Pintado? ¿Había saltado por la barandilla? Respirando con dificultad, jadeé:

—Casi me disparas.

El quemador de plasma había abierto agujeros del tamaño de un puño hasta la mitad de la espalda del hombre decapitado. Trozos de metal y cerámica brillaban en las heridas, fundidos y deformados y muertos.

—¡Y no lo olvides! —exclamó Ghen , dándome una palmada en la espalda.

Ilex se agachó y me entregó mi espada con un asentimiento silencioso. Tenía una herida en lo alto de la sien, justo debajo de la corona leñosa del nacimiento de su cabello. Su sangre fluía espesa como ámbar e igual de lenta, negra como el negro.

—¿Estás bien? —pregunté, señalando la herida con la cabeza.

Ella sonrió:

—Nadie me ha estrangulado.

—Qué agudeza —dije—. Me lo merezco.

—Ya lo creo —siseó Switch , con los ojos muy abiertos por la preocupación—. ¿Qué coño estabas pensando?

—¡Ahora no! —grité, y lo empujé a un lado—. Ilex , llama a la lanzadera. Necesitamos una recogida… hace como diez minutos. Tengo a Samir junto a la mesa.

Si ella respondió, no lo oí. Saqué mi aturdidor tan rápido como fue posible y disparé cuando una de las máquinas se alzó detrás de Switch .

Todavía había suficiente tejido humano en la cosa como para que se tambaleara bajo el impacto y retrocediera.

Ilex fue la más rápida: apuntó su disruptor de fase y disparó con un escupitajo eléctrico.

El arma estaba diseñada para freír el sistema nervioso humano, pero fundía cobre y fibra óptica igual de bien.

El daimon cayó humeando, e hice la pregunta que me había atormentado momentos antes:

—¿Dónde está el homúnculo?

Ilex tuvo un espasmo ante la palabra, pero yo no tenía tiempo para disculpas. Ghen se giró.

—¿Escaleras?

—Mierda.

Corrimos, abriéndonos paso a través de unos cuantos daimons más.

Parecía no haber fin. No habían parecido tantos cuando estaban sentados a la mesa.

Pasamos junto a otro de nuestros soldados muerto sobre una mesa, con las tripas arrancadas a su lado.

Rechiné los dientes y me dirigí a lo alto de las escaleras, donde Crim y Greenlaw mantenían unidos a nuestros peltastas restantes.

Una ráfaga de disruptor voló justo por encima de mi hombro, y al girarme descubrí que uno de los hombres-máquina había tomado el arma de nuestro soldado muerto.

Al estar protegido por el escudo, me volví y cargué contra la máquina.

Ghen , Switch y el resto tenían escudos, pero los peltastas no, y yo no iba a perder otro soldado.

El fuego de los francotiradores de Ghen llovió hacia abajo.

Era difícil imaginar que las autoridades locales se hubieran perdido la lucha, pero si lo que Samir había dicho era cierto, apenas había autoridades de las que hablar.

Otra ráfaga del disruptor me alcanzó en la cadera y coruscó a través de mi escudo, volviendo radiante el campo de energía a mi alrededor.

Eso no me frenó, ni tampoco el siguiente disparo, que me habría frito el pecho y el hombro.

Mi espada saltó hacia fuera, azul plateada en la niebla y el vapor de la pelea.

Le golpeé el brazo y lo desarmé; entonces, continuando el arco del movimiento, le corté la pierna derecha desde abajo y la envié al suelo en pedazos.

Otro tajo hendió la cabeza y el torso y acabó con él.

Me volví, y me encontré cara a cara con una mujer de mandíbula caída, con un cuchillo levantado para darme en la espalda.

Solo el francotirador la había detenido, me había salvado.

El primer disparo la había aturdido, al destrozarle el hombro cuyo brazo sostenía la hoja corta.

El cuchillo habría pasado a través de mi escudo como si no estuviera allí —mi atacante se movía lo bastante despacio—.

Me habría matado y no habría habido nada que yo pudiera hacer.

El segundo disparo la derribó y la alejó, y me apresuré a volver a las escaleras.

Había un gran tumulto en la sala de abajo, como de pies corriendo.

Gente escapando del caos, imaginé. Más de dos docenas de los hombres-máquina aún permanecían en la azotea.

—¿Dónde está esa lanzadera? —pregunté a Ilex .

El ceño fruncido en la voz de la dríade era evidente, aunque yo solo veía la parte posterior de su cabeza y sus largas orejas.

—Está en camino, Marlowe .

—¿No está ese gordo hijo de puta por allí? —preguntó Ghen , señalando.

Maldije. Había estado tan preocupado vigilando las escaleras que no había caído en que, cuando nos moví para reagruparnos, había colocado entre nosotros y nuestro premio de consolación —un plagiarius— a dos docenas de esclavos humanos aumentados con máquinas daimon. Quería gritar.

—Pensaré en algo —dije—. Solo aguantad hasta la lanzadera, eso cambiará las cosas.

—La has cagado —escupió Greenlaw —. La has cagado mucho.

La ignoré mientras los francotiradores de Ghen despachaban a otro de nuestros enemigos.

Se desplomó con una forma irregular en el suelo, y se arrugó como ningún humano se arrugaba.

Trozos de nuestros oponentes caídos todavía se arrastraban entre las mesas volcadas y la porcelana destrozada, aún vivos.

—Escaleras abajo, Ghen —indiqué—, coge a dos y comprueba nuestro escape. Puede que necesitemos salir por ahí.

El grandullón me dio una palmada en el hombro.

—Hecho, Had . —Agitó su arma hacia dos de nuestros peltastas—. Vosotros, chicos, conmigo. Escaleras abajo ahora, a paso ligero. Habéis oído a Su Resplandor.

Se fueron en un crujido de capas grises, con las botas golpeando contra los peldaños.

Me había llamado Had . No he olvidado eso.

Casi nunca usaba mi nombre. No me di cuenta del todo en ese momento, pero más tarde, mirando atrás, destacó claro y afilado en mi memoria como el filo de mi propia espada.

No tenía tiempo para detenerme en ello entonces, pues el tiroteo comenzó de nuevo.

El fuego de los francotiradores llovió, destrozando juegos de té y astillando muebles.