Capítulo 4 #2
Mientras me sentaba, noté que Switch se acercaba a mi espalda y se colocaba junto a mi hombro.
Supe que era él sin tener que darme la vuelta.
Respiré hondo, tratando de calmar mis nervios crispados por el rostro del Hombre Pintado.
Tenía un plan, y pensaba ceñirme a él. Tenía que imponerme a la criatura, tarea nada fácil, y esperaba que el cerebro tras ese horrible rostro fuera aún lo bastante humano como para entender.
—Estoy aquí en busca de información.
Un músculo se contrajo en la mejilla del homúnculo, y sus cejas se fruncieron. Tocado.
—¿Información, dices? —Se acarició el hueco de una mejilla—.
¿Samir dijo que estabais interesados en atómicas?
—Casi hizo un puchero con esos labios sangrientos, y las sombras pintadas alrededor de los ojos del inmane se estiraron por su rostro.
Tirando del aro de plata de una oreja, advirtió—: No pongas a prueba mi paciencia, chiquillo.
Me dije a mí mismo que me había enfrentado a criaturas peores que esta, fuera cual fuese su apariencia monstruosa.
Me había enfrentado antes a monstruos verdaderamente inhumanos, y a un capitán ichakta de los cielcin y vivido para contarlo.
Había derribado a Emil Bordelon del cielo.
Había luchado en el Coloso y me había sentado a la mesa con mi propio padre, el Carnicero de Linon , más veces de las que podía contar.
Casi me habían matado en las calles de Meidua, y me enfrenté a los demás aquella noche oscura en Borosevo.
¿Qué era esto comparado con todo aquello?
Los poetas dicen que los miedos de uno disminuyen con la experiencia, que nos convertimos en hombres sin miedo si se nos pone a prueba lo suficiente.
No creo que sea así. Más bien, en cada ocasión en que nos sometemos a prueba, nos volvemos más fuertes que nuestros miedos.
Es todo lo que podemos hacer. Debemos hacerlo así, para no perecer a causa de nuestras debilidades.
Y así se lo dije.
—Eres un extrasolariano. Deseo tratar con los extrasolarianos. Con tus amos, quienesquiera que sean. Quiero una forma de contactar con ellos.
—Mis… —La criatura sopesó las palabras—. … amos. —Me miró, o eso creí, con ojos como gotas de tinta. Sonrió de nuevo, sonrió con toda la cara—. No sabes lo que somos, ¿verdad? Preguntas por amos, pero nosotros no somos el maldito y jodido Imperio. No hay amos. Tratas conmigo.
—No era mi intención ofender. —Apoyé una mano abierta sobre la mesa y entorné los ojos—. Las armas son la menor parte de lo que deseo —dije, interpretando el papel de capitán mercenario—. Cosas que no se pueden obtener bajo el Sol Imperial. ¿Me sigues?
La actitud del homúnculo cambió de inmediato. Se recostó en el asiento, y la sonrisa demasiado amplia, momentáneamente desterrada, regresó con una velocidad asombrosa. Se rio, con un sonido agudo y chirriante, como el aire que escapa de un instrumento viejo.
—¿Así son las cosas, pues? —Se inclinó hacia delante; sus ojos negros se volvieron más negros mientras sonreía con malicia, y su atención saltaba de uno a otro—.
Oh, pero qué divertido. —Me señaló directamente—.
La civilización está en declive, ¿sabes?
Dicen que el Sol Imperial es rojo porque se ha vuelto una supergigante.
Y las supergigantes se apagan. Los xenobitas queman ciudades, se llevan a millones, y aquí hay un noble de la sangre del mismísimo viejo rey Guillermo preguntando por daimons . ¡Qué época para estar vivo!
Samir eligió ese momento para regresar con un servicio de té de metal, que colocó en la mesa entre nosotros.
Me tomé un momento para recomponerme, alterado por el comentario del Hombre Pintado sobre el viejo rey Guillermo.
Se refería al Emperador, por supuesto, al primer Emperador.
¿Cómo había sabido el homúnculo que yo era parte de la Paría?
¿De la propia sangre imperial? ¿O solo quería decir que yo era palatino?
—Me malinterpretas —repuse, tomando el servicio de té antes de que la criatura frente a mí pudiera hacerlo.
La incomodidad de Bassander ante la idea de siquiera fingir tener tratos con daimons flotó en mi mente.
Pero yo había tenido una idea mejor. Una más cercana a la verdad—.
Tenía entendido que para peticiones antinaturales, había que acudir a los extrasolarianos.
—Envalentonado, añadí—: Tú eres la prueba viviente de que debe de ser cierto.
Reclinándose contra el respaldo de su asiento, el Hombre Pintado sonrió.
—No sabes ni la mitad, muchacho. —Luego sonrió, y la pintura roja alrededor de sus labios se estiró, fluyendo como si brotara de debajo de su piel hasta que las comisuras de su sonrisa se extendieron horriblemente de oreja a oreja—.
Aunque sigues sin entenderlo. No existen los extrasolarianos.
No en el sentido en que existe un Imperio.
No nos organizamos. Por eso no tengo amos. Ni dioses ni emperadores. Ni jerarquía.
Solté un resoplido y miré de reojo a Samir, que se encogía con toda la discreción que un hombre obeso puede permitirse.
—Sin jerarquía, ¿eh? —Con dificultad, devolví mi atención al rostro pálido con esa horrenda sonrisa, demasiado amplia—. El hecho de que no pagues impuestos no significa que seas libre, o que no haya alguien ahí fuera que pueda aplastarte.
—¿Por qué harían algo así? Soy un hombre de negocios. Ofrezco un servicio, y por un precio modesto —protestó el Hombre Pintado, peinándose el cabello demasiado rojo hacia atrás para apartárselo del rostro demasiado blanco.
—¿Qué servicio es ese, exactamente?
—Si no lo supieras, hermoso idiota, no estarías aquí.
—Giró la cabeza hacia Samir—. Mi encantador amigo lo explicó, ¿no es así?
—Lo había hecho. El Hombre Pintado rescataba artillería nuclear de bases abandonadas imperiales y normandas a lo largo del Velo, o bien saqueaba almacenes de las casas nobles en las fronteras.
Hacía otras cosas: traficaba con armas más pequeñas y tecnologías menos cáusticas.
Cosas como naves estelares, hardware de terraformación e incluso los temidos daimons de inteligencia artificial—.
Así que, ¿qué es lo que buscas realmente, si no son las atómicas?
—El pigmento rojo se retorció en espirales malvadas a través de sus mejillas.
Desaparecieron casi igual de rápido, lo que me dejó contemplando la pesadilla que tenía delante.
—Sí quiero las atómicas —dije, y tomé un diminuto sorbo de té.
Tuve que reprimir una mueca—. Pero no solo eso.
—La situación requería delicadeza. No sabía qué era lo que necesitaba pedir.
Difícilmente podía decir que quería Vorgossos porque yo era un agente imperial, ¿verdad?
—. La Santa Cancillería prohíbe el comercio de artefactos xenobióticos entre mundos dentro del Imperium.
El Hombre Pintado soltó su taza de té de repente y se llevó una mano a la boca, como si estuviera sorprendido.
Uno de sus tatuajes flotó hasta su muñeca y llenó el dorso de su mano.
Una boca sonriente, gemela de la que tenía en el rostro.
Se ensanchó, y al hacerlo reveló una lengua roja como sus labios.
Luego desapareció, y el Hombre Pintado preguntó:
—¿Xenobitas? ¿Te refieres a los cielcin?
—Verás, soy un coleccionista —dije, abriendo las manos—. Y recibí noticias de un comerciante durantino en Faros de que había un lugar donde los extrasolarianos… donde la gente, debería decir… donde comerciaban con los cielcin.
Todo era mentira, por supuesto. No había habido ningún mercader durantino en Faros.
Me di cuenta solo entonces de que el truco del Hombre Pintado con la boca tatuada había sido una distracción destinada a ocultar su respuesta genuina. Lo había sorprendido, pues dijo:
—He oído… historias.
— Vorgossos —solté, pues prefería de nuevo hablar de forma breve y cortante—.
Siempre había creído que era un mito, pero…
este mercader… dijo que había estado allí.
—¿Había sido mi imaginación o los ojos inhumanos del homúnculo se habían oscurecido al oír el nombre de Vorgossos ?
Samir se había estremecido tal como lo hizo en el fumadero cuando hablé del Hombre Pintado.
Switch también se había percatado, pues sus dedos se apretaron sobre el respaldo de mi silla, justo detrás de mi hombro.
—¿ Vorgossos ? Eso sí que es interesante —comentó el Hombre Pintado con otro de sus espantosos ataques de risa—.
Debe de tener algo que ver con la forma en que os crían a los nobles.
Sois todos tan barrocos. —Miró a los otros detrás de mí y habló en un susurro teatral—.
¿Es sexual tu interés? Porque hay comercio de eso, ¿sabes?
No tendrías que ir ni siquiera hasta el Inmortal.
La Estación de la Marca estaría lo bastante lejos.
Los Exaltados estarían más que felices de drogar a uno de los Pálidos el tiempo suficiente para que tengas tu juego…
Por lo que cuentan, mejor que no estén despiertos…
muerden más que yo. —Ante esto rechinó los dientes y soltó una risita—.
Ah, los humanos sois tan interesantes. Pero entonces, tú eres tan humano como yo.
Una serie de emociones me atravesaron: asco, desprecio, ira, asco de nuevo. Cerré los ojos con fuerza, tratando de reunir mis pensamientos dispersos. Decidí no morder el anzuelo y pregunté:
—¿Qué es el Inmortal?
El homúnculo se pasó un brazo por la cara con exasperación y se dio la vuelta. Los ojos tatuados en su carne pálida se cerraron y desaparecieron por completo.
—¿Preguntas por Vorgossos pero no conoces a su señor?
—Creía que habías dicho que no había jerarquía entre los extras.