Capítulo 3 #3
Asentí, y fruncí el ceño ante la nuca de la pálida cabeza de Greenlaw .
Crim se dio la vuelta y nos llevó aparte.
Pasamos la avenida principal de puestos comerciales y por debajo del dosel metálico, hacia una calle delantera más vacía que corría paralela a la mole de la Murakami .
La gran nave varada se alzaba sobre nosotros como una montaña, con balcones soldados toscamente a su superficie que se elevaban, fila tras fila, sobre nosotros, hacia el día brumoso.
Un único teleférico se balanceaba directamente sobre nuestras cabezas, descendiendo hacia una plataforma cinco pisos por encima.
Lo vi pasar, y me fijé en los grafitis que cubrían su superficie, con letras demasiado estilizadas para leerlas.
—No he podido averiguar la relación entre Samir y el Hombre Pintado.
Ni cómo se conocieron —explicó Crim , sentándose en un muro de contención que rodeaba uno de los enormes puntales que mantenían nivelada a la Murakami, como las costillas que sostenían un velero durante su construcción.
Rebuscó en su bolsillo y sacó una bolsa de papel blanco—.
Los piratas sanoranos que conocimos dieron a entender que el Hombre Pintado lleva aquí bastante tiempo.
No me atrevo a adivinar cuánto. Samir es tan plebeyo como el que más, y habla como si el Hombre Pintado hubiera estado aquí eternamente…
pero me inclino a pensar que solo ha salido realmente a la superficie desde que los cielcin arrasaron Suren hace diez años.
Ilex se sentó junto a Crim , con las manos verdes cruzadas en el regazo.
—Tiene sentido. Con el Imperio fuera de la ecuación debieron de surgir todo tipo de oportunidades para un traficante de armas que no existirían bajo el pulgar del Imperium. —Sus ojos de gato color ámbar brillaban desde la sombra de su capucha, observando a Greenlaw mientras hablaba.
—Supongo que ha gozado de una buena temporada —dijo Switch secamente.
Con las manos hundidas en los bolsillos, levanté la vista hacia la confusión de formas torcidas que pasaban por edificios en esta loca parodia de ciudad, hacia el óxido y las superficies desfiguradas y los balcones sucios.
—Hay algunos lugares que simplemente te hacen sentir que estás de pie en el borde del mundo —dije—. Como si en cualquier segundo fueran a desmoronarse por el borde y… —Agité una mano inarticulada—. El caos.
—¿Qué cojones se supone que significa eso? —siseó Greenlaw , y sentí sus ojos sobre mí.
—¿Quieres reformularlo? —preguntó Switch , volviéndose hacia ella.
Levanté una mano y miré a la rígida teniente imperial a la cara. Era plebeya, una humana de sangre pura, sin retoques, con un rostro cuadrado y pómulos marcados. La carne empezaba ya a colgar pesada de sus huesos, y eso que aún no tenía cuarenta años estándar.
—Está bien, Switch —dije con una sonrisa, y luego a Greenlaw —: Usted no lee mucho, ¿verdad?
Greenlaw se dio la vuelta con un bufido, dando paso a un incómodo, aunque agradable, silencio. Crim ofreció la bolsa blanca a Ilex , que tomó uno de sus dulces sin decir palabra. Sonriendo, se la ofreció a Switch , que la rechazó.
—¿Le apetece un gel, jefe? Tienen sabor a rosas.
Tomé uno de los geles, un pequeño terrón de azúcar con la consistencia del barro húmedo. Crim siempre los llevaba encima. Los fabricaba, creo, en la Mistral.
—Este es de cereza, de hecho.
—¡Bromeas! —exclamó Crim , horrorizado—. ¡Creí que me los había comido todos!
El jubala huele igual que sabe el café: amargo, oscuro y desagradable.
El fumadero al que nos condujo Crim estaba denso por el humo, iluminado por llamas holográficas que danzaban como espectros en el aire al son del lamento de rabeles y cítaras.
Había drogas peores para catar en el ambiente: denwa, hilatar y opio antiguo.
Hombres y mujeres yacían sobre cojines —en diversos estados de desnudez— o se sentaban a las mesas con copas de vino y jarras al alcance de la mano.
No era el primer lugar de esa índole en el que había estado, ni sería el último.
Ansié tener un pañuelo, como los que usarían los nóbiles de la corte para enmascarar un hedor desagradable, pero aquello me recordó al intus Gilliam , y reprimí mi deseo por vergüenza y asco.
Como había dicho Crim , el plagiarius Samir estaba sentado en un reservado al fondo, inclinado sobre una taza de algún licor ridículamente pequeña que sujetaba con sus manos redondas.
Sonrió al vernos. La expresión de un roedor imitando a una serpiente.
Era más alto de lo que esperaba, y más grande de lo que podían mostrar los fototipos de Jinan .
Groseramente obeso y lampiño, parecía una caricatura de los plutócratas mandari, como las que uno ve en las comedias de máscaras eudoranas, engordados por sus excesos.
Crim y yo nos sentamos frente a él con la teniente Greenlaw , mientras Switch e Ilex se acomodaban en la mesa adyacente, tanto mejor para estar atentos a cualquier problema.
Samir se lamió los labios, como si saboreara algo en ellos. Sus ojos saltaron de mi rostro al de Greenlaw como un pájaro asustado; me llamó la atención lo juntos que estaban aquellos ojos, como si tuviera sangre de cíclope de unas cuantas generaciones atrás.
—¿Cuál de ellos? —Dirigió sus palabras a Crim y señaló con la barbilla a Greenlaw y a mí.
—Este es Hadrian Marlowe , Samir —dijo Crim en tono conspirador, inclinándose sobre la mesa—. Comandante y propietario de la Compañía Roja.
El plagiarius miró de reojo a la multitud, tocándose la mejilla con las yemas de los dedos húmedas. Vaciló un momento, como luchando con algún pensamiento.
—Ha sido valiente al venir usted mismo. Arslan es un lugar peligroso. Un lugar muy peligroso.
—El precio que pagáis por vuestras libertades, supongo —dije, sonriendo no sin amabilidad—.
Un estado fallido como la Baronía Rustam ofrece a hombres como usted y como yo un conjunto de oportunidades inusuales.
—Sentí a Greenlaw tensarse a mi lado, incómoda con mi pequeña traición—.
¿ Karim le ha puesto al tanto de nuestros… intereses?
Los ojos de Samir estaban tan juntos y entrecerrados que parecían poco más que manchas de tinta en su rostro, como botones cosidos en un muñeco demasiado relleno. No tenía cejas, lo que hacía que su expresión fuera muy difícil de leer. Por fin, sacudió su gran cabeza y respondió:
—Sí. Sí, en efecto. Quiere conocerlo a él.
—La forma en que pronunció esa palabra, él, hizo que pareciera hecha de cristal, delicada y preciosa, un peligro para cualquiera que la pronunciara si llegaba a dejarla caer—.
Cañones Samir podría conseguirle, sí, ¿pero atómicas?
—Su voz se volvió suave y se llevó la diminuta copa de cordial a los labios—.
El Imperio nos quemaría por eso. Los sacerdotes negros vigilan incluso ahora, aunque la baronesa esté muerta.
Mantienen sus costumbres, y no se mezclan con nosotros.
—Sus ojos como cabezas de alfiler se abrieron, negros como la noche entre los soles.
—Solo las casas palatinas pueden tenerlas legalmente dentro de las fronteras imperiales —convine en voz baja, mis palabras perdidas bajo el lamento del rabel.
Crim puso una mano sobre la mesa, golpeando con los nudillos para llamar la atención.
—Querríamos organizar una recogida fuera del sistema, en la heliopausa.
—Eso es algo que debe decidir él —dijo Samir.
—¿El Hombre Pintado? —intervino Greenlaw .
Samir silbó e hizo un gesto brusco con la mano.