Capítulo 3 #2
—A mí tampoco me gusta —apuntó la teniente Greenlaw —. La visibilidad es baja.
No podía decidir si estaba de acuerdo o no.
El lugar era una madriguera, sin duda, pero mientras estábamos allí vi a un grupo de niños perseguir un aro iluminado por un callejón lateral, esquivando las patas de aterrizaje de un pequeño carguero.
Arriba, bajo los tendederos goteantes, jardineras hidropónicas rebosaban de nuevo crecimiento de color verde y negro suave, con alguna planta floreciente aquí y allá cargada de capullos.
La humanidad intentaba, como siempre hacía, cultivar flores en el desierto.
Aun así, me alegraba estar solo de visita.
Volviéndome hacia Ghen , dije:
—Espera hasta que tengas noticias nuestras sobre el lugar de reunión, luego tú y los demás seguidnos.
Tendremos instrucciones y necesitaremos cobertura.
Ninguno de nosotros tiene ni idea de en qué nos estamos metiendo, así que manteneos alerta.
—Di una palmada en el hombro al grandullón, tambaleándome un poco con la nueva gravedad.
Rustam solo tenía cero coma ocho ges, mucho menos que el uno coma tres de Emesh que yo había hecho estándar en las naves de la Compañía Roja.
Me sentía fuerte, pero también torpe. Tardaría un tiempo en acostumbrarme.
—No me parece bien que entréis vosotros solos —declaró él sombríamente, y palmeó su obús de plasma, que colgaba bajo su capa de lluvia—. Sin la artillería pesada y todo eso.
—Tenemos equipo de sobra, Ghen —repuso Ilex desde el interior de su propia capucha. Los homúnculos como ella no eran algo insólito en los mundos fronterizos, pero nunca le gustó que la miraran fijamente.
Switch se ciñó su propio abrigo con un encogimiento de hombros.
—Se refiere a él. No a las armas.
—Yo soy las armas —afirmó Ghen con una sonrisa irónica que nos arrancó sonrisas a juego a Switch y a mí. Era una broma manida, pero cómoda como solo pueden serlo las viejas bromas entre amigos.
—Muy bien —dije, comprobando la caída de mi espada de altamateria contra mi cadera—, en marcha. Ilex , Switch , Greenlaw : ¿nos vamos?
—Vigílese ahí fuera, Su Resplandor —advirtió Ghen con un saludo desganado, golpeando su puño contra el pecho—. Intente no divertirse demasiado sin mí.
—Y usted quédese con la lanzadera hasta que encontremos al teniente Garone —dijo Greenlaw , sin mirar al gran centurión. Se alejó entonces hacia la iluminación de neón de la puerta, con Ilex siguiéndola.
Cuando se hubo ido, Ghen se inclinó hacia mí, con voz apagada.
—Mejor ándate con ojo, Had . Te ha salido competencia para lo de «Su Resplandor» si ella sigue así.
Debimos de caminar durante una hora mientras las calles se volvían cada vez más densas a causa del tráfico peatonal.
La vasta mole de la nave estelar Murakami llenaba el cielo por delante, sumiendo el mundo que quedaba debajo en una profunda penumbra.
No pasó mucho tiempo antes de que empezara a desear un teleférico, un volador, algún medio de transporte.
Descubrí que tenía dificultades para orientarme.
Meidua había estado organizada en manzanas, y aunque las calles habían serpenteado con las colinas, todavía tenían una lógica precisa: calles y avenidas corrían perpendiculares entre sí…
al menos en un sentido «menos que euclidiano».
Borosevo, también, había tenido una lógica, con el Distrito Blanco dividido en bloques ordenados y los canales de los distritos inferiores cortados radialmente y en grandes círculos.
Pero no hay dos ciudades iguales, y esta había sido, más que planificada, acumulada toda de golpe en una necesidad desesperada de refugio.
Si la Murakami no hubiera empequeñecido a la mayoría de las otras naves apiladas juntas bajo su sombra, tal vez nunca hubiéramos encontrado el camino.
Más extraña aún era la forma en que los protocolos del Imperio se habían relajado.
Grandes anuncios holográficos se movían como fantasmas por las calles, o bien se alzaban como los edificios.
Un banco de peces brillantes como joyas, más grandes que mi cabeza, nos siguió durante cien metros calle abajo, proyectados desde un conjunto de lentes sobre la puerta de un supermercado, y más adelante la imagen colosal de una modelo con un vestido fluorescente se giraba a un lado y a otro. Debía de tener quince metros de altura.
Switch parecía saber adónde iba, y lo seguí mientras se abría paso entre una fila de gente que esperaba ante un carrito de fideos operado por un hombre enorme y sin pelo vestido de blanco mugriento.
Más adelante, vi a un hombre con las túnicas de seda y las espadas gemelas que lo marcaban como un caballero nipón y a un grupo con los púrpuras y negros apagados de la República Durantina; mercaderes, no me cabía duda.
Dos mujeres con látex rojo estaban de pie en una esquina y se levantaron las faldas a nuestro paso.
Pude sentir la inquietud de Switch , y nos apresuramos a seguir.
Había algo en sus caras pintadas de blanco y azul que me golpeó con una sensación de irrealidad.
Más allá, una línea de monorraíl traqueteó con inquietud a nuestro lado, serpenteando hacia arriba, hacia la cumbre de los edificios-nave donde árboles distantes florecían por encima de la penumbra y los vapores de las calles inferiores.
En algún lugar, tal vez a través de altavoces, resonó la llamada a la oración de un santuario de la Cancillería.
¡Atended! ¡Hijos de la Tierra!
¡El Sol y la hora son ahora!
¡Hay renacer en el sacrificio,
y en la oración! ¡Y repudiad
los males de vuestro corazón y era!
¡Y por vuestra fe renovad
lo que la Madre Tierra y el Emperador
hicieron verde para vosotros!
Tuvimos que detenernos durante más de un minuto mientras pasaba una multitud de suplicantes, abriéndose camino por la calle y subiendo por una escalera arqueada hacia la voz clara y salmodiante, que incluso entonces seguía cantando: «¡Atiende, oh Hijo del Polvo!
¡Y ven con la rodilla hincada!». Switch hizo el signo del disco solar, como hacía siempre que oía la llamada a la oración.
Yo me di la vuelta, pensando en la cámara de tortura en el sótano de la bastilla de la Cancillería en Emesh , en la cruz a la que habían atado a Uvanari y en la gente mutilada que había visto en los escalones de los santuarios o en las calles.
Víctimas del perdón de la Cancillería, de su misericordia.
Esta, entonces, era Arslan , la ciudad hundida. Sus naves nunca volverían a volar y, en días posteriores tal vez, cuando la mugre y el caos de su nacimiento quedaran atrás y sus calles estuvieran ordenadas, podría ser algo extraño y maravilloso.
Algo parecido a una plaza había quedado abierto cerca del centro de la inmensa nave Murakami, donde una estructura articulada de chapa metálica y plástico nuevo se había abierto en una especie de centro comercial, que brotaba del costado del crucero nipón.
La multitud aquí había crecido hasta convertirse en un gentío espeso, y toda clase de hombres y mujeres pasaban de largo.
Ninguno hablaba con otro, a menos que fuera en un puesto de venta o entre amigos.
Por lo demás, se apresuraban en sus asuntos como si el resto de la humanidad a su alrededor no fuera diferente de los hologramas que parpadeaban, poco mejor que los fantasmas, alrededor de los puestos y escaparates.
—¡ William ! —Una voz nos llamó mientras pasábamos junto a un vendedor que ofrecía bolsos de imitación desde la parte trasera de un vehículo terrestre.
Karim Garone emergió de la multitud, vestido con un caftán rojo suelto cubierto de cachemiras blancas.
Parecía totalmente un mercader jaddiano, con un medallón de oro al cuello y un pendiente de diamante en una oreja.
Sonrió y abrazó a Switch —. ¡Me alegro muchísimo de veros de nuevo, amigos míos!
¡ Hadrian ! —Me abrazó a su vez, el tiempo suficiente para susurrar—: No esperaba que estuvieras aquí, jefe.
Me caía bien el joven teniente. Era uno de los mejores espadachines que jamás había conocido, con el humor fácil de un estibador. Hijo de inmigrantes jaddianos en los Feudos Libres Normandos, era un hombre de dos mundos, con un pie firmemente plantado en el suelo de cada uno.
Se apartó, sonriéndonos como podría hacerlo un tío entusiasta al saludar a su familia en el puerto estelar. Estaba fingiendo, por supuesto. Al menos fingía que yo no era alguien importante. Le di una palmada en el hombro.
—No esperaba venir, Crim . —Miré a la multitud que nos rodeaba, y me incliné para preguntar—: ¿Dónde está?
—¿Samir? —preguntó, frotándose la nuca, con sus ojos negros recorriendo nuestras caras una a una.
Sonrió cuando vio a Ilex bajo su capucha, y luego añadió—: Hay un fumadero de jubala en la Murakami, no muy lejos.
Dijo que se reuniría con nosotros en unas tres horas.
—Comprobó su terminal de muñeca—. Que sean unas dos y media.
Greenlaw se adelantó.
—¿Qué sabe de nuestro hombre?
Crim miró alrededor sobresaltado, como si acabara de ver a Greenlaw por primera vez. Luego le sonrió mostrando los dientes y dijo:
—¿Samir? Es un local, sobrevivió al saqueo de Suren . Dios solo sabe cómo acabó cayendo con él… —Me miró—. ¿Deberíamos tal vez ir a algún lugar más privado?