El aullido de la oscuridad (El Devorador de Soles 2) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Se había dado cuenta, por lo visto, y ahogó mis palabras.

Me besó durante un lapso de tiempo muy poco profesional, con los dedos enredados con fuerza en mi pelo.

Mis propias manos deambularon por los lugares de mi vieja costumbre, y la abracé con fuerza a mi vez, y los dos desterramos la inquieta Oscuridad y la sombría realidad de nuestra misión y del mundo herido bajo nosotros, aunque solo fuera por ese instante ilimitado.

Se dice que el Dios jaddiano es un Dios de Fuego, y es cierto.

Una chispa de la llama secreta estaba en ella, como en todas las mujeres de ese extraño país.

La amaba por ello, sin importar lo que se diga de ella en vuestras historias…

sin importar lo que más tarde nos sucedió.

Los mandari tienen un dicho: «un amante son muchos a los que rara vez se ve». Olvido qué poeta suyo lo escribió, pero como toda poesía, contenía un ápice de verdad.

Al cabo de un rato (no sabría deciros cuánto tiempo transcurrió), Jinan y yo nos separamos.

Se había apoyado contra la barandilla en el borde de la plataforma, con el planeta Rustam detrás y debajo de ella.

Yo me sentía inefablemente contento de no estar en la Faraón .

Me estremezco al pensar qué habría dicho Bassander de habernos visto.

—¡Has estado practicando! —exclamó Jinan , acusadora, jugando con las borlas al final de la cinta azul de su trenza—. ¡Udhreha! ¿Quién es ella? —Pero sonrió, apartando la mirada de la mía.

—No la conocerías —respondí en tono burlón, acomodándome en la silla contigua a la suya, la que ocupaba cuando llegué—. Es extranjera.

Jinan soltó un bufido y se sentó a mi lado, acercando su silla. Apoyó la cabeza en mi hombro. Me incliné hacia ella y permanecimos en silencio durante un largo rato. Mi migraña, producto de la enfermedad de la fuga, momentáneamente olvidada, regresó con una venganza enfermiza. Cerré los ojos.

—Creo que Okoyo tenía razón, necesitaba pasar un poco más de tiempo en la losa. La cabeza me está matando.

Mi capitana levantó la mano y me rascó detrás de las orejas. Ayudó.

—Siempre sales corriendo, siempre demasiado rápido. Los cielcin no van a irse a ninguna parte. —Hablaba bien el estándar, pero de una forma ligeramente forzada que favorecía su fuerte acento.

—Es la verdad. —Mis ojos vagaron por la mesa, asimilando la carta de astrogación del sistema Rustam que rotaba suavemente desde el proyector, los informes locales que detallaban la invasión cielcin, extraídos de la esfera de datos local—.

¿Es este nuestro hombre? —Saqué un expediente semioculto de debajo de un mapa de la ciudad de Arslan .

Mostraba a un hombrecillo de cara redonda, totalmente lampiño, con ojos de barrena y una sonrisa húmeda.

La imagen era borrosa, mal iluminada, como tomada desde lejos.

Me pregunté si nuestro hombre, Crim , era el responsable de la imagen, o si habíamos sacado los datos de lo que quedaba de las bases de datos de las fuerzas del orden locales.

Jinan estiró el cuello.

—Ese es Samir, sí. Parece un homúnculo.

—Podría ser —dije, frunciendo el ceño—. Estamos muy lejos, en el Velo, Jinan . No estoy seguro de que sea tan fácil distinguir quién es quién aquí fuera. —Negué con la cabeza, arrepintiéndome al instante—. Aunque es un bastardo de lo más feo. ¿ Crim está seguro de que es nuestro hombre?

— Karim —respondió ella, usando el nombre correcto de Crim — confía bastante en que Samir sepa dónde encontrar a nuestro extrasolariano. Ya se ha reunido con él unas cuantas veces. El bastardo es… ¿cómo decís vosotros? ¿Asustado pero… como un ratón?

—¿Tímido? ¿Huidizo? —Aparté el expediente—. Es un criminal, supongo que es de esperar que sea difícil de atrapar.

—En efecto. —Se apartó de mí y volvió a barajarlo todo sobre la mesa—. Crim lo conseguirá.

Sin Jinan sosteniéndome, me desplomé sobre el tablero, apoyando la frente contra el frío vidrio negro.

Jinan se levantó y se movió alrededor de la mesa, arrastrando archivos y fichas de almacenamiento que se habían deslizado más allá del alcance de la mano.

Me quedé allí un buen rato, inmóvil, mientras Jinan se ocupaba de su trabajo. Por fin dije:

— Bassander y Valka piensan que toda esta desventura es una pérdida de tiempo.

—Y tú también —repuso ella desde arriba, de pie junto a mí—, si lo llamas desventura. —Sentía el peso de sus ojos en mi nuca.

Inhalando bruscamente, me incorporé y me froté la cara.

—¿Se equivocan, Jinan ?

La jaddiana no me respondió de inmediato, y mi mirada pasó de su rostro al reflejo demacrado del mío en el cristal manchado de la mesa.

A pesar del agotamiento y del hecho de que hasta hacía unas horas no se me podía considerar vivo, podría haber tenido peor aspecto.

El joven larguirucho de Delos había desaparecido, consumido por el harapiento pedazo de basura de alcantarilla en que me había convertido, por el mirmidón que había hecho de mí mismo, el cortesano-prisionero, el traductor de cielcin y el Lord Comandante de la Compañía Roja de Meidua.

Lo que antes eran rasgos afilados de halcón se habían transformado en un perfil regio y aguileño, con un espeso cabello negro que caía en ondas cortas hasta la mitad de mi barbilla.

Necesitaba un corte de pelo urgentemente.

—Dime que se equivocan. —Vi mi boca formar las palabras, y pareció que provenían de otra parte de mí, no del Comandante de la Compañía Roja ni del Señor del Descanso del Diablo, sino de la parte de mí que se ponía esas máscaras.

Mi alma, el propio Hadrian . Con la barbilla apoyada en una mano, levanté la vista.

Jinan apoyó su pila de archivos contra una cadera angulosa, con los labios ligeramente curvados hacia abajo.

Parecía alguien preparándose para decirle a un pariente muy enfermo que ninguna de las noticias del médico era buena.

En lugar de eso, dejó la pila y volvió a ocupar su asiento.

Su mano encontró la mía. Otro pedazo de mí, sin nombre, se sintió curado casi al instante, pero el resto se lamentó cuando ella dijo:

—Entiendo por qué piensan eso.

Cerré los ojos y aparté la cara a medias.

—Ya veo.

Me apretó la mano.

—No te preocupes por Lin y la tavrosi. —Podría haberme reído de eso si me hubiera sentido con fuerzas.

Jinan nunca llamaba a Valka por su nombre.

Mi capitana no era tonta, y yo había sido sincero con ella respecto a mi pasado y mis complejos sentimientos hacia Valka Onderra—.

Hemos llegado muy lejos en la Oscuridad.

No es fácil lo que estamos haciendo, y no hay final a la vista.

—Sonrió y se echó la corta trenza hacia atrás por encima del hombro—.

Además, no estoy lista para rendirme, mia qal.

Pocas palabras en toda la galaxia tenían más poder para sanarme en aquel momento de mi vida.

Fue un tiempo inocente, un periodo de felicidad entre dos océanos de tormenta, y los cielos se estaban oscureciendo.

Se inclinó y volvió a besarme, esta vez en la mejilla.

Poniéndose en pie, tiró de mí por la mano, y yo, reacio a separarme de ella, me levanté y permití que me condujera fuera del observatorio, hacia su camarote y su cama.