Capítulo 1 #2
Bassander Lin parecía más viejo de lo que recordaba, y me pregunté cuánto tiempo había pasado despierto el arisco capitán.
Digo capitán, por supuesto, porque es lo que era.
Su papel como comodoro era una máscara, un personaje, como mi posición de lord Comandante.
Había un cambio sutil en él: no tenía arrugas alrededor de los ojos o la boca, ni canas en las sienes.
Pero en ese entonces, Lin era un patricio, un mandari de piel broncínea de una familia antigua, de sangre casi tan elevada como la mía.
El único cambio real yacía en sus ojos negros.
Algo se había endurecido en ellos, el lento veneno de nuestra larga asociación se había transmutado en ámbar; cristalizado.
Sus aposentos a bordo de la Faraón habían pertenecido al comodoro normando Emil Bordelon , y Bassander Lin se había esforzado por eliminar todo rastro del ocupante anterior de su residencia.
El arte pornográfico había desaparecido, los marcos ornamentados también, y habían retirado las alfombras. Todavía se distinguían los anclajes en el suelo en el lugar donde había estado la cama excesivamente grande del comodoro, reemplazada por un sencillo catre de soldado. No había mantas.
—¿Ha dormido bien? —preguntó, examinándome desde detrás de su escritorio—. Okoyo dio el visto bueno.
Tenía la molesta costumbre de responder a sus propias preguntas.
Así que no hablé, sino que me hundí en mi silla, en mi incómodo uniforme carmesí.
Bassander vestía de forma idéntica, pero él llevaba con soltura el cuello alto y las insignias de rango.
Yo al menos no tenía insignias que llevar, salvo el sello que me había hecho, bordado en hilo de oro en el bíceps izquierdo.
Bassander jugaba con una taza pesada sobre su escritorio, sin mirarme.
—Esa mujer, Corvo, cree que ha encontrado a nuestro hombre.
Me erguí, inclinándome sobre el borde del escritorio. La mirada dura de Lin tropezó con mi rostro, y bebió un trago.
—¿El Hombre Pintado? —Así lo habían llamado los piratas de Sanora.
El capitán negó con la cabeza y se puso de pie, dándome la espalda.
—Algún bastardo llamado Samir. Trabaja para el Hombre Pintado, o eso dice Corvo.
—Tenía la forma de un estoque, delgado como un riel y de hombros estrechos, y permanecía enmarcado contra una placa holográfica que mostraba un conjunto de transmisiones de seguridad del interior de la Faraón —.
Ella envió a uno de sus tenientes al planeta. Hizo contacto.
—¿Tenemos a Vorgossos , entonces? —pregunté.
Bassander no se movió, salvo para alternar las transmisiones en su placa holográfica, mostrando otras partes de su nave.
—No. —Puso las manos en sus caderas, y noté la espada de altamateria enganchada allí. Había pertenecido al almirante Marius Whent , quien casi nos había costado la vida durante el asunto de Pharos —. El hombre de Corvo dice que Samir es local, solo alguien que cubre al extrasolariano.
—Necesitamos una reunión…
—Eso parece. —El capitán se encogió de hombros, pasándose las manos por el cabello color humo de leña—.
No sería un problema si tuviéramos a la 437.
ª con nosotros, pero con una banda de rebeldes como la nuestra…
es una broma. —En cualquier caso, no podíamos pedir refuerzos.
Estaban a miles de años luz y a décadas de tiempo real de distancia.
—Solo porque somos pura fachada, Bassander —dije, pronunciando su nombre con dureza—, no significa que seamos una broma.
Bassander Lin emitió un pequeño ruido de desdén y volvió a mirar sus pantallas.
—Esos normandos que recogió nos superan por seis a uno, por si sus ratas del Coloso no fueran suficientes.
Evité arrojarle la taza y respiré profundamente. En lugar de eso, me crucé de brazos.
—Necesitábamos refuerzos.
—Necesitábamos soldados.
—Ellos son soldados.
—¡Son foederati! — Bassander se dio la vuelta por fin—. Son leales mientras les paguemos. Se volverán contra nosotros sin dudarlo si reciben una oferta mejor.
—Entonces no dejaremos que suceda eso. —Me tocó a mí resoplar, burlón—. Les pagaremos la mitad más de lo que pagaba Bordelon .
—Eso no quiere decir que no aparezca un mejor postor. No confío en ellos. No confío en Corvo. Esto solo funciona porque el dinero sigue llegando.
—¿Y no seguirá? —pregunté, poniéndome la cara entre las manos. La cabeza me palpitaba; había dejado el área médica demasiado pronto—. El Imperio. Las Legiones nos respaldan. Corvo lo sabe. La Compañía Roja de Meidua…
—La Compañía Roja de Meidua —se burló Bassander , negando con la cabeza mientras se dejaba caer de nuevo en la vieja silla del comodoro Bordelon —. ¿Sabe lo que significa? ¿Para mí?
Me apreté los ojos, y traté de despejarme la cabeza.
—La tribuno nos encomendó una misión: encontrar a los cielcin, intentar que…
—Es un puesto de castigo. Me ha pasado el paquete completo: usted y sus inadaptados, solo la Tierra sabe por qué.
Mis ojos se entrecerraron.
—¿Cuánto tiempo lleva despierto? —pregunté.
Hablaba como un hombre que ha estado demasiado tiempo solo, como si hubiera ensayado esta conversación consigo mismo mil veces en los pasillos desnudos de la Faraón mientras el resto de nosotros dormía.
Bassander pareció entender mi intención sin responderlo.
Me miró con el ceño fruncido, dándome la oportunidad de preguntar—: ¿Así que quiere que baje a la superficie?
¿Que encuentre a Samir? ¿Que encuentre al Hombre Pintado?
El comodoro que era un verdadero capitán frunció el ceño.
—Solo quiero que sujete las riendas de Corvo. Lo dicho: no confío en ella.
—Ha estado con nosotros diecisiete años estándar —dije—. Le di el mando de la Mistral. — Bassander volvió a fulminarme con la mirada. Levanté las manos y temporicé—: Le dimos el mando de la Mistral. Es buena en su trabajo.
Antes de eso, Otavia Corvo había sido la tercera oficial de Emil Bordelon en la Faraón y, si la forma en que se volvió contra su antiguo maestro era un indicio, el hombre dejaba mucho que desear como oficial al mando.
Aun así, no podía decir que no entendiera la inquietud de Bassander .
Sin querer, mis ojos se dirigieron a la parte delantera del escritorio, donde las tallas en relieve entrelazadas de ninfas y sátiros se retorcían en un éxtasis muy poco profesional.
Bassander bebió un largo trago de su taza.
—Simplemente… quiero que esté presente para ello.
Sentí que sonreía, aunque la sonrisa no llegaba a mis ojos.
—Es muy amable por su parte decir eso.
Lin gruñó.
—Sin embargo, no quiero que dirija otro maldito equipo de desembarco. No después de lo de Pharos . Casi le perdemos, a usted y a la capitana Azhar . Y lo último que necesito es a los jaddianos molestos porque perdí a su representante.
—Alguien importante para la Compañía tiene que contactar con ese extrasolariano, este Hombre Pintado.
No podemos enviar a Corvo y no enviaré a Jinan .
—Cuando parecía que Bassander iba a interrumpir, dije—: Ninguna de las dos representa al Imperio, Bassander .
Eso descarta a Corvo y a Jinan , y también a Valka .
Eso nos deja a usted y a mí, y no puedo enviarle.
Tengo que ser yo. —El silencio se agitó entre nosotros como un pez sobre la orilla—.
Pero no sabemos nada todavía… El hombre de Corvo está preparando algo, ¿verdad?
—Ha difundido el rumor de que buscamos atómicas… armas de antimateria, ese tipo de cosas.
—¿Máquinas daimon? —dije, incapaz de contenerme.
—¿Qué? —Los ojos de Bassander se abrieron de repente de par en par—. ¡Dios y Emperador, no!
Entendí su antipatía. Yo también era un hijo del Imperio, y me habían criado bajo la larga sombra de los mericanii, cuya inhumana fusión con la inteligencia artificial casi había consumido a la humanidad en los días anteriores al Imperio.
Casi esperaba que el puntilloso Bassander Lin me reprendiera y me acusara de herejía, pero solo rechinó los dientes, y me brindó la oportunidad de encogerme de hombros y decir:
—Solo digo que, si vamos a ir a los extrasolarianos, no deberíamos pedir simplemente una caja de quemadores de plasma.
—¿En qué parte de la palabra «atómicas» ha oído «quemadores de plasma»? —Miró hacia el techo mientras hablaba, como si buscara a algún dios que le concediera paciencia.
Desestimé sus palabras con un gesto.
—¿Quiere que vaya con el equipo o no?
—No, no quiero. — Bassander se reclinó en la enorme silla—. Pero han pasado casi cincuenta años desde que nos fuimos de Emesh , Marlowe . Cincuenta años. ¿Sabe cuántas colonias han arrasado los cielcin desde que empezamos esta ridícula aventura?
—La tribuno Smythe está de acuerdo en que…
—Trece. — Bassander me cortó—. Trece, Marlowe . —Recitó los nombres—: Bannatia, Lycia , Idun… Entro en fuga y, cada vez que despierto, hay otra más en la lista. Millones de muertos. Cada vez. Y no he hecho nada para detenerlo. —Su voz se había elevado con cada palabra hasta que llegó al grito.
Tuve que luchar para no ponerme en pie.
—¿Qué cree que estamos haciendo?
—¡Perder el tiempo! —escupió—. ¡Tengo otra transmisión compilándose desde el telégrafo ahora mismo, por el amor de la Tierra! Otro ataque, Marlowe ; ignoro su gravedad.
—Si logramos asegurar la paz con un solo clan cielcin, habremos cambiado la faz de esta guerra más que cualquier batalla. —Entonces sí me puse de pie, tirando del dobladillo de mi corta chaqueta para alisarla—. Le guste o no, tengo que estar en el desembarco.
Bassander se limitó a asentir con la cabeza, frotándose entre los ojos.
—Probablemente tenga razón. Que la Tierra me perdone.
—Necesitaré una lanzadera hacia la Balmung —dije, dándome la vuelta distraídamente—. ¿Hay tiempo?
El capitán vestido con la ropa del comodoro se masajeó la mandíbula, pero no me miró. Qué pequeño parecía, en la silla demasiado grande de Bordelon , detrás de aquel gran escritorio, encorvado por el peso de los años que teníamos en común y de los que había pasado solo.