CAPÍTULO 31 LA REVELACIÓN DEL CÓDICE (Ada)
La opacidad en el nicho de la Bóveda no es un vacío, sino una masa de frío seco y confinante que se me asienta en los pulmones con el peso del granito viejo.
El aire aquí dentro, protegido por gruesas placas de plomo y hierro negro mate que parecen succionar la escasa luz, es denso y difícil de respirar, cargado con una estática eléctrica que me eriza el vello de los brazos.
A mi lado, la fisonomía masiva de Fenris descansa sobre el pavimento húmedo; el gigante, exhausto tras la masacre del Scriptorium, exhala ráfagas de calor febril que entran en violenta colisión con la temperatura gélida de la cripta, empañando los cristales de mis gafas de bronce.
Un paso más, Ada. El secreto de Silas está al alcance de tus dedos.
Me encamino con parsimonia hacia el pedestal de piedra que domina el centro de la sala circular.
Sobre la roca pulida descansa el Códice Primordial, un tomo de dimensiones colosales cuyas hojas de pergamino seco exudan un aroma penetrante a vainilla vieja, papel en descomposición y ozono concentrado.
Al aproximar mis manos, mi Marca en la palma derecha despierta con un paroxismo esmeralda salvaje, proyectando un fulgor rítmico y gélido sobre los relieves de bronce del pedestal.
Con dedos trémulos pero decididos, comienzo a hojear las páginas centenarias. El crujido de la celulosa es un siseo que quiebra la quietud gótica de la Bóveda.
—¿Qué buscáis, Ada? —el barítono áspero de Fenris reverbera desde las sombras, desprovisto de gruñidos pero arrastrando la fatiga del veneno disuelto—. Ese libro es un laberinto que ha vuelto locos a hombres más sabios que nosotros.
—La verdad no es un laberinto, Fenris —respondo, y mi voz suave, pedagógica y firme es una caricia de papel viejo en mitad de la opacidad——. Es solo un registro que aún no ha sido clasificado correctamente.
Mis yemas tropiezan con una anomalía táctil en el margen del folio setenta y dos.
Silas ocultó un manuscrito marginal tras una fina lámina de plomo, tratada para repeler la conductividad del éter exterior.
Con un movimiento precipitado, retiro el metal mate, revelando una serie de caracteres trazados con tinta de éter pura que parpadean con una sutil bioluminiscencia en la penumbra.
Acerco el rostro, empujando con el índice el puente de mis gafas de bronce. A medida que mi mente analítica decodifica el grabado mecánico de las runas, una zozobra helada me atenaza el pecho mortal, dejándome sin respiración.
«Las Marcas no son estigmas de la carne. No son una aberración de la sangre...»
—¿Qué dice? —Fenris se incorpora con lentitud, y el siseo de sus pantalones de cuero grueso contra las losas delata su aproximación; su sombra masiva se cierne sobre mis hombros, envolviéndome en su calor rudo—.
—Es... es un estabilizador —murmuro, y la melodía de mi voz tiembla por primera vez—.
Las Marcas son parches energéticos, Fenris.
Silas lo diseñó todo. La simbiosis de nuestras esencias, la estática que se acumula cuando estamos a escasos centímetros de distancia, es lo único que mantiene la consistencia del Velo.
Las parejas Marcadas... somos el Ancla que sostiene la realidad para que no se desintegre en el Vacío.
El gigante contiene el aliento, y su mano cicatrizada roza accidentalmente la lona de mi manga, desatando una pequeña descarga de azul cobalto que hace parpadear el gasneón parpadeante del techo.
La sospecha analítica se convierte en un tormento insoportable.
Miro mis manos manchadas de hollín y ceniza; contemplo la Marca verde que late con fuerza en mi palma.
Si la Injunción de Hierro consuma su Edicto y extermina a los seres del Velo, no solo se evaporarán ellos en ceniza.
Sin la sinergia emocional de nuestro vínculo, la membrana colapsará de forma irreversible, y la humanidad entera perderá la cordura al ver la realidad mística de golpe, sumiéndose en una demencia colectiva.
Me quedo estática, presionando mi espalda contra la frialdad del granito húmedo, abrumada por la pesadumbre absoluta de saber que el destino entero de Noxvalia descansa, trágicamente, en la fragilidad de nuestra caricia prohibida.