El aullido de la noche (Noxvalia nº 4) CAPÍTULO 32 EL AULLIDO EN LOS CANALES (Fenris)
91%

CAPÍTULO 32 EL AULLIDO EN LOS CANALES (Fenris)

Las pasarelas del subsuelo profundo crujen bajo el arrastre rítmico de mis botas de cazador, devolviendo un eco mineral que se pierde en la bruma espesa y oclusiva del Velo.

Avanzo con extrema parsimonia, vigilando el laberinto de cañerías y esclusas de cobre que comunica las criptas del Archivo con el Distrito de los Lamentos.

El aire es una masa pesada y confinada, saturada de lodo aceitoso, herrumbre húmeda y la lluvia constante del éter degradado que se filtra desde las plataformas de la superficie, empapando la lona de mi casaca desgastada.

Me detengo al borde del foso de ventilación, sintiendo una nueva y sofisticada estabilidad en mis sienes.

El dolor agónico de la transformación y el pánico febril que antes me deformaba las costillas han amainado, domeñados por el Ancla de carne que aguarda en la Bóveda.

El veneno del hierro frío ya no ruge en mis tendones; el tacto de los dedos de Ada sobre mi mejilla reescribió mi sistema biológico, enfriando mi tormento con un bálsamo esmeralda que aún late en mi epidermis olivácea.

Ya no hay huida, Fenris. El laberinto es tuyo.

Suelto un suspiro áspero, observando cómo mi aliento se congela en una exhalación blanca bajo la claridad mortecina y cianótica que parpadea desde los muelles lejanos.

Siento el magnetismo de mi cuerpo hercúleo reaccionar a la estática del entorno. En mitad del silencio de las criptas, tomo una decisión irreversible que me quiebra el orgullo de hombre.

—No volveré a encerrar a la fiera —murmuro en la opacidad, y mi voz, un barítono profundo y sin adornos, vibra contra los muros de granito mohoso—.

Acepto mi fisonomía híbrida de lobo y pantera no como una plaga destructiva, sino como el escudo de metal negro biológico que protegerá su santuario de papel.

Mi voluntad humana se funde de forma definitiva con el instinto del Kerberos; soy el centinela del Scriptorium, el monstruo que morderá el acero de la Injunción de Hierro antes de permitir que un solo oficial toque su piel desprotegida o carbonice sus legajos prohibidos.

Me asomo por una aspillera de granito viejo. A lo lejos, recortada contra la neblina sucia de Noxvalia, la silueta gótica de la Catedral de los Lamentos alza sus arbotantes como costillas de un gigante de piedra.

Un viento gélido brama entre las agujas de la superficie, arrastrando el aroma a incienso rancio y ceniza industrial de los distritos militarizados.

Al contemplar las torres mudas bajo el Edicto de Hierro, la pesadumbre de mi destino me oprime el pecho, pero ya no arrastra la zozobra de la demencia feral.

Comprendo, con una devoción sombría que detiene el transcurrir efímero de las sombras, que mi amor por Ada ya no es una debilidad carnal o un pavor constante; es el grillete voluntario que me mantendrá atado a la cordura de los hombres, el ancla de hierro y jazmín que me salvará del vacío mientras la ciudad entera se desmorona en mitad de la negrura.