CAPÍTULO 30 EL EDICTO EN LA PIEDRA (Fenris)
Arrastro las botas de cazador por las losas húmedas del Scriptorium, sintiendo cómo cada movimiento de mi fisonomía hercúlea despierta un eco sordo en la inmensidad de las criptas.
El esfuerzo por enderezar los pesados pupitres de roble negro, astillados por la violencia quirúrgica de mi reciente frenesí, me clava un dolor agudo en el omóplato izquierdo, allí donde el dardo de supresión de la Injunción de Hierro estuvo a punto de devorar mi núcleo vital.
Aunque la Marca verde esmeralda de Ada logró drenar el veneno gélido del metal mate, mi cuerpo aún conserva una debilidad sorda, un residuo térmico que me hace tiritar en mitad del frío húmedo que penetra por las aspilleras de bronce del techo.
Casi la marcas, Fenris. Casi dejas que la fiera la hiciera pedazos en el descanso de la escalera.
La pesadumbre me oprime el pecho con la fuerza de un tensor de hierro. Observo de reojo a Ada, que trabaja a pocos pasos de mí organizando las hojas sueltas y los mapas clandestinos de la sección de Cartografía Antigua.
Sus manos, manchadas con la ceniza azul del fósforo químico y restos de tinta de éter, se mueven con esa paciencia pedagógica que siempre logra amansar la zozobra de mi parte animal.
Su cabeza, un caos de rizos castaños donde aún quedan briznas de hollín, permanece inclinada sobre los legajos con una terca devoción que me quiebra el orgullo.
Mis dedos, gruesos y toscos, tropiezan con el marco de bronce de una placa de pizarra imbuida que ha quedado intacta sobre una mesa de catalogación.
De golpe, la superficie analógica de la piedra vibra bruscamente bajo mis manos.
Un siseo de alta frecuencia, agudo y constante, rasga la quietud gótica del taller reventado.
Doy un paso atrás de forma precipitada, contrayendo los hombros mientras mis pupilas amarillas vigilan la luminiscencia que empieza a grabarse sobre la pizarra.
La tinta de éter, de un azul cobalto tan denso que parece sangrar en la penumbra, se dibuja con trazos mecánicos, un grabado de emergencia que destila una urgencia helada en mitad del claroscuro de la sala.
—¿Fenris? —la voz suave de Ada rompe el siseo del metal—. ¿Qué es esa vibración?
—La red de Isolda —respondo, y el barítono de mi laringe suena áspero, lánguido y cansado por el rigor del combate—. Venid. Es una transmisión de alta prioridad.
Ada se une a mi flanco de inmediato. Su cercanía carnal, ese perfume constante a jazmín de invierno y vainilla vieja, reduce el oxígeno en mi pecho, cargando el espacio escaso entre nuestras teces con una estática eléctrica inaudita que hace parpadear las lámparas de gasneón de la mesa.
Siento la tentación de estrechar la distancia, de buscar el refugio de su piel mortal contra mi fiebre residual, pero la severidad del mensaje grabado en la piedra nos contiene.
Con dedos trémulos, Ada se ajusta las gafas de lectura de bronce y se inclina sobre el tablero para decodificar los caracteres bioluminiscentes:
EDICTO DE HIERRO DECRETADO OFICIALMENTE EN LA SUPERFICIE.
QUEDA PROHIBIDO EL TRÁNSITO DE MARCADOS SIN ESCOLTA MILITAR DE LA INJUNCIÓN.
SE CONFISCA TODO EL ÉTER LÍQUIDO DE LOS DISTRITOS ALTOS PARA EL GRAN SIFÓN.
LAS PATRULLAS TIENEN POTESTAD DE PURIFICACIÓN SUMARIA EN LOS CANALES. LA JAULA SE HA CERRADO.
Un silencio sepulcral se instala en el Scriptorium, interrumpido únicamente por el goteo constante del vapor condensado de las tuberías rotas.
Ada alza sus ojos claros hacia mí, y por primera vez la melancolía que habita en sus pupilas es sustituida por un pavor absoluto y analítico.
El Edicto en la piedra no es una advertencia burocrática; es una declaración de guerra abierta contra nuestra especie.
La Injunción no solo busca cazarnos en los callejones del Gasneón; pretenden secar Noxvalia por completo, dejándonos sin el flujo vital que contiene la evaporación de nuestra esencia.
—Han cerrado los muelles —murmura ella, y su voz de papel tiembla al asimilar el alcance de la catástrofe—. Ya no hay contrabando en los Canales Negros. Si el éter escasea en la superficie, las transformaciones ferales se multiplicarán antes de que termine la semana.
Sostengo su mirada, sintiendo el magnetismo de su Marca verde pulsar con fuerza contra la frialdad de mi lona.
Comprendo la magnitud del peligro exterior y el peso de mi propia condición de monstruo.
Noxvalia es ahora una jaula militarizada, un laberinto de hierro y focos blancos donde el menor descuido nos conducirá a los laboratorios de supresión de la Injunción.
Viro el rostro hacia las estanterías de roble negro que custodian el Códice Primordial.
El subsuelo del Archivo de las Sombras ya no es solo nuestro escondite clandestino; con el Edicto de Hierro asfixiando los distritos altos, este búnker blindado de piedra húmeda se ha convertido en el único santuario seguro para los míos, un refugio restrictivo donde el amor y la supervivencia deberán resistir bajo la luz del gasneón parpadeante antes de que el desgarro del cielo nos devuelva al vacío.