El aullido de la noche (Noxvalia nº 4) CAPÍTULO 29 EL BÁLSAMO DEL ACERO (Ada)
83%

CAPÍTULO 29 EL BÁLSAMO DEL ACERO (Ada)

Mantengo mi palma derecha alzada, con las articulaciones tensas y los dedos separados en una rigidez que desafía el cansancio acumulado de mis músculos mortales.

A escasos milímetros del pecho herido de la bestia, la Marca de mi mano derecha resplandece en un paroxismo esmeralda salvaje, una bioluminiscencia vegetal que parpadea y tiñe las losas gélidas con el fulgor indomable de las raíces del Árbol del Velo.

Fenris exhala un calor febril y rudo que tuesta el ambiente confinado de las criptas, haciendo vibrar el vaho helado con una acumulación de estática mística que oprime mis sienes.

Su fuelle es un jadeo bronco, de baja frecuencia, que parece absorber el escaso oxígeno entre ambos.

No os alejéis, mi centinela. Sostened la mirada y creed en la simbiosis de nuestras esencias.

El contacto físico se consuma de manera desesperada en mitad de la opacidad del nicho.

—Confiad, Fenris —susurro, y mi voz suave, pedagógica y firme es una caricia de papel viejo en mitad de su tormento—. Confiad en mí.

Hundo la palma de mi mano desprotegida directamente en el pelaje de alambre de su pecho herido.

La aspereza del metal biológico negro me roza los dedos, pero la película botánica de mi Marca actúa como un pararrayos místico, impidiendo que sus espinas me rasguen la epidermis de mármol.

Al instante, la simbiosis se activa con una descarga galvánica que me sacude las costillas.

Siento el magnetismo degradado del dardo de supresión de la Injunción de Hierro viajar por mis propios nervios, pero la energía de mi Ancla drena la toxicidad del hierro frío con una avidez implacable.

La herida del omóplato izquierdo de la bestia sisea; una marea de éter degradado y ceniza negra se evapora en un vaho gélido que asciende hacia las vigas de bronce antes de disolverse en la nada.

Bajo mi tacto, la estructura masiva del lobo-pantera gime con un lamento desgarrador que se rompe en su garganta.

Su enorme cuerpo se retuerce sobre las losas húmedas, encogiéndose entre espasmos musculares violentos mientras los filamentos de hierro metálico se repliegan bajo su piel con un chasquido sordo y agónico.

Las garras negras de sus palmas se encogen, las fauces pierden su fisonomía animal y el gigante recupera, palmo a palmo, su fisonomía de carne y hueso.

Fenris colapsa sobre mí con todo su peso hercúleo, bañado en un sudor espeso y en los restos de éter cobalto que aún le brillan bajo la epidermis olivácea.

Me quedo estática bajo el peso de su torso, sintiendo el contraste térmico de su fiebre indomable chocar contra mi frío carnal.

En las alturas del Scriptorium, las lámparas de gasneón cian despiertan de su letargo, regresando en un tono parpadeante y débil que baña las maderas rotas con un claroscuro espectral.

Fenris abre sus ojos amarillos en mitad del agotamiento físico absoluto.

Su mirada, limpia del delirio del Kerberos, me recorre las facciones claras con una devoción sombría que me quiebra el pulso.

Con un movimiento precipitado y tembloroso, desliza sus enormes brazos cicatrizados alrededor de mi cintura y me sujeta contra su pecho febril, atrapando mi anatomía pequeña bajo la pesadez de sus hombros.

—Creí... creí que os perdería en la negrura, Ada —confiesa, y su voz áspera, desprovista de los gruñidos de la bestia, es un barítono bajo que me vibra directo en la clavícula—. El pavor a no recordar vuestra tez... a destruiros con mis propias garras... me ha quebrado el ánima.

—No podéis herirme, Fenris —murmuro contra su hombro herido, permitiendo que mis dedos sigan la línea de su mandíbula decantada en un casi roce prohibido—. Yo os sostengo.

En mitad del desastre del Scriptorium y el aroma a ozono reactivo y sándalo astillado, el transcurrir efímero de la masacre se suspende.

Permanecemos encajados al pie de la escalera de caracol de hueso, consumando en un abrazo exhausto y mudo nuestro pacto de silencio y supervivencia, mientras el frío de Noxvalia sigue golpeando con saña las esclusas blindadas del búnker.