El aullido de la noche (Noxvalia nº 4) CAPÍTULO 28 EL ANCLA DE CARNE (Fenris)
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CAPÍTULO 28 EL ANCLA DE CARNE (Fenris)

El frío de las losas no aplaca el incendio que me devora los tendones.

Sacudo mi pelaje de alambre con un crujido metálico y sordo, un estertor de baja frecuencia que sacude el polvo de granito de mis costados y hace gemir las pasarelas superiores.

Respiro de forma pesada, errática, y cada bocanada de aire confinado es un torrente de saliva ácida, ozono y el vapor de la sangre caliente de los Purificadores que aún me tiñe las fauces.

Me encuentro al pie de la escalera de caracol de hueso, esa columna vertebral del Archivo que gime bajo mi fisonomía híbrida de lobo y pantera.

Mi mente es un laberinto de furia animal, un desierto de ceniza donde las palabras de los hombres se han calcinado bajo la marea febril del Kerberos.

La Injunción... el hierro... herir... proteger...

Los conceptos se fragmentan en mi cabeza, reducidos a impulsos rústicos. El dardo de supresión sigue enterrado en mi omóplato izquierdo, inyectando un frío sordo que paraliza mi musculatura hercúlea y deforma mi estática mística en una nube de éter degradado.

Gruño con saña, arañando la base de la escalera de marfil antiguo con mis garras de metal negro biológico; el crujido mineral me confirma que el monstruo ha tomado los mandos.

De pronto, un aroma rasga la opacidad asfixiante del Scriptorium.

No es el hollín de los detonadores, ni el aceite caliente de las armaduras pesadas. Es un perfume a jazmín de invierno, vainilla vieja y tierra húmeda. Ella. Mi faro de carne en mitad de este invierno perpetuo.

Percibo su latido mortal en las pasarelas superiores, una pulsación ligera y frágil que delata la agitación de sus pulmones.

Mi instinto feral, espoleado por la escasez de éter y el pavor a ser acorralado, traduce su presencia como un desafío territorial.

Me abalanzo escaleras arriba de forma precipitada, gobernado por una urgencia ciega.

Los peldaños de hueso y madera crujen y se astillan bajo la embestida de mis garras metálicas, saltando en pedazos que caen al foso de catalogación en un tintineo lúgubre.

Subo como una exhalación de alambre caliente, ciego a mi propia debilidad, hasta que mi enorme cuerpo bloquea el descanso de la escalera de caracol.

Me acorralo frente a Ada. Mis sienes laten con violencia quirúrgica bajo el pico de éter corrompido del veneno.

Mi fisonomía de más de dos metros de altura la reduce a una silueta insignificante contra el granito gélido del muro.

Alzo mis garras de metal negro mate, sintiendo la estática mística erizar los filamentos de mi lomo, listo para atacar y apartar cualquier obstáculo que amenace el territorio de mi fiera.

El pavor crónico a no reconocerla me quema las entrañas, pero la rabia de la mutación es un grillete que me nubla la vista de mis propios ojos amarillos.

Huye, humana. Soy una plaga. Te romperé los dedos si te acercas.

Sin embargo, Ada no retrocede un solo centímetro.

A ras de suelo, bajo el brillo mortecino de los tinteros rotos, su mirada clara sostiene mi furia con una templanza terca e inquebrantable.

Tiene la casaca táctica rasgada por los costados, manchada de hollín y sangre, revelando la debilidad de su tez carnal frente a mi fisonomía de cuchillas.

Con una entrega absoluta que desafía la soberbia de mi parte animal, Ada extiende la palma de su mano derecha desprotegida hacia mí.

La Marca en su piel despierta con un paroxismo salvaje.

Una luz verde intensa, un fulgor esmeralda brillante que nace de la conductividad botánica de las raíces inferiores del Árbol del Velo, inunda el descanso de la escalera, chocando directamente contra el fulgor amarillo de mis pupilas de Kerberos.

El aire se satura de un calor febril sofocante, una tensión galvánica que suspende el transcurrir efímero de la masacre.

Su mano se aproxima con extrema parsimonia, buscando tocar el pelaje de hierro de mi pecho para drenar mi tormento, congelando mis garras a milímetros de su cuello mortal en un Casi asfixiante que nos encadena en la opacidad del búnker.