El aullido de la noche (Noxvalia nº 4) CAPÍTULO 27 EL LABERINTO DE SANGRE (Ada)
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CAPÍTULO 27 EL LABERINTO DE SANGRE (Ada)

Mis manos, aferradas al bronce helado de la barandilla, vibran con la misma estática de alta frecuencia que sacude los cimientos del Scriptorium.

Desde las pasarelas de rejilla metálica superiores, suspendida sobre el vacío de las criptas, contemplo la carnicería con una mezcla de pavor militar y fascinación gótica que me hiela el aliento mortal.

Abajo, el patio central del Archivo de las Sombras es un claroscuro violento e inhabitable.

Las farolas de gasneón, destrozadas por la fuerza hercúlea de la fiera, agonizan en un parpadeo cianótico y rítmico que ilumina la estancia desde abajo, proyectando sombras alargadas y monstruosas en las bovedillas de granito.

No hay belleza en la guerra, pero la fisonomía desatada del Kerberos, moviéndose con la agilidad felina de una plaga de metal y colmillo, posee un magnetismo letal que me impide descender la mirada.

Es un torbellino de pelaje de alambre y garras de metal negro biológico que desgarra la lona táctica y las placas rígidas de los Purificadores con un crujido mineral desgarrador.

Poco a poco, el estrépito de la Injunción de Hierro amaina.

Los oficiales de élite, diezmados y con sus armaduras pesadas cubiertas de fango aceitoso, comienzan su repliegue precipitado hacia los conductos pluviales de las alcantarillas.

El siseo de sus inyectores neumáticos se apaga en la distancia, dejando el Scriptorium sumido en un silencio denso, opresivo y gélido.

El aire, que una vez olió a vainilla vieja y pergamino seco, está ahora saturado de una humedad asfixiante por las tuberías de vapor reventadas, un vaho denso cargado de salitre, saliva ácida de lobo, sándalo astillado, ozono y el olor metálico de la supresión del hierro frío.

Me ajusto las gafas de lectura de bronce con dedos trémulos, empujando el puente que resbala por mi nariz, y desciendo las escaleras de caracol con una parsimonia temeraria. El crujido de la madera vieja bajo mis botas resuena como una premonición lúgubre en la inmensidad del foso de catalogación.

—¿Fenris...? —murmuro, y mi voz suave, pedagógica y firme apenas logra rasgar el denso silencio de las ruinas.

En mitad del patio, sobre la gran mesa de catalogación que Silas diseñó para los manuscritos prohibidos, descansa la fisonomía masiva de la bestia.

Su respiración es un fuelle pesado, un ronroneo de baja frecuencia que hace vibrar la madera astillada.

El dardo de hierro frío sigue hundido en su omóplato izquierdo, y de la laceración abierta brota un goteo espeso de éter degradado y sangre cobalto que tiñe los legajos rotos con un brillo cianótico febril.

Entonces, la bestia se mueve.

Fenris alza la testa con lentitud de felino herido. En la penumbra íntima que nos rodea, sus ojos amarillos brillan con una furia ciega, desprovista de cualquier rastro de cordura o lenguaje humano.

Su parte animal, espoleada por el veneno del metal negro mate y la carnicería del asedio, se tensa al detectar mi proximidad carnal. El pelaje de alambre de su lomo se eriza con un siseo metálico, y sus fauces gotean saliva ácida mientras me clava una mirada de cazador que me ve como una presa más.

Un pavor gélido me atenaza las sienes, paralizándome los tendones en mitad de las losas húmedas.

El transcurrir efímero de mis latidos se detiene en una tortura sensorial absoluta: la distancia entre sus colmillos de hierro y mi garganta desprotegida es de apenas unos escasos centímetros, y sé, con la certeza de mi mente analítica, que la fiera no reconoce mi rostro claro en la opacidad del desastre.