CAPÍTULO 26 LA FIERA DESATADA (Fenris)
Ya no queda espacio para la sutileza de los hombres.
El siseo de la brújula analógica al otro lado del portón de hierro negro mate vibra en mis sienes con el dolor agudo de un clavo al rojo.
Siento la agitación carnal de Ada a mi flanco; su respiración, ese fuelle ligero que huele a jazmín de invierno y papel viejo, se vuelve escasa ante la inminencia de la captura.
Huye, Ancla. Entierra tu fragilidad en el fondo de la Bóveda y déjame la sangre a mí.
Me yergo de golpe sobre las losas gélidas, contrayendo cada músculo de mi complexión hercúlea en una tensión que hace crujir mis articulaciones.
Con un movimiento precipitado, aparto a Ada de la trayectoria del portón y tiro de la pesada hoja de metal mate hacia dentro.
El siseo hidráulico del exterior inunda el nicho al instante, pero antes de que el Rastreador pueda alzar su foco de luz blanca, me abalanzo sobre la opacidad del pasillo.
—¡Ada, cerrad el cerrojo! —le rujo, y el barítono de mi voz se quiebra, perdiendo su modulación humana en un estertor salvaje—. ¡No miréis atrás!
El dolor de la transformación se desata en mi sistema biológico con un paroxismo agónico que me deforma las costillas. Es un rugido sordo, asfixiante, que me rompe los nervios de la laringe mientras mi cuerpo se deforma.
Los filamentos de mi pelaje de alambre brotan de mi epidermis con la aspereza de cuchillas templadas, triturando los jirones de mi casaca de lona táctica en una lluvia de hilachas oscuras.
Mis uñas se curvan y extienden en garras de metal negro biológico, y la fisonomía híbrida de lobo y pantera de más de dos metros de altura reclama el control absoluto de mi mente.
Ya no soy un hombre. Soy la plaga que la Injunción de Hierro juró exterminar.
De un salto hercúleo, me lanzo en picado desde las pasarelas de rejilla metálica superiores del Scriptorium. La caída es un relámpago de pelaje caliente y garras expuestas en mitad del claroscuro absoluto del patio. Caigo con un estruendo mineral directo sobre la primera línea de Purificadores.
—¡El espécimen feral! —brama un oficial, pero el siseo de su máscara se corta cuando mis garras de metal biológico negro muerden el acero de su armadura de placas, abriendo el metal rígido como si fuera simple pergamino mojado—. ¡Fuego de supresión! ¡Fuego!
El patio de catalogación se convierte en una carnicería de vapor, herrumbre de cobre y sangre caliente.
Las farolas de gasneón rotas parpadean con un desespero cianótico sobre las mesas de roble negro, tiñendo la masacre de un azul espectral y quirúrgico que se refleja en mis pupilas amarillas.
Esquivo los inyectores de supresión, reventando las tuberías de vapor a mi paso para saturar el aire con una humedad asfixiante que me quema los pulmones y nubla la vista de los soldados.
Destrozo los soportes de latón, hundo mis colmillos en el metal y arrastro los cuerpos blindados sobre las losas húmedas, gobernado por un instinto indomable de protección hacia mi Ancla.
Nadie tocará su papel. Nadie tocará su piel.
Pero la soberbia de la bestia me traiciona en mitad del humo de éter quemado.
Un estallido neumático truena a mi izquierda, sordo y letal. Un dardo de hierro frío, grueso como un perno de grúa, silba en la penumbra y se hunde con un chasquido agudo directamente en mi omóplato izquierdo.
El impacto es una descarga gélida que me congela el núcleo místico al instante.
El Kerberos ruge con una saña desquiciada, un lamento de baja frecuencia que hace vibrar las cristalerías de la biblioteca.
Siento el pavor crónico a la parálisis recorrerme los tendones; una nube de éter degradado y ceniza negra brota de mi herida abierta, anulando la consistencia de mi musculatura.
Mi cuerpo híbrido colapsa, venciéndose hacia delante en una trayectoria precipitada.
Caigo de espaldas sobre la mesa de catalogación de Silas con un crujido mineral violento, destrozando las maderas viejas bajo mi peso masivo, atrapado en la red invisible de la supresión mientras los Purificadores amartillan sus armas pesadas a mi alrededor.