El aullido de la noche (Noxvalia nº 4) CAPÍTULO 25 LA RED DE LOS RASTREADORES (Ada)
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CAPÍTULO 25 LA RED DE LOS RASTREADORES (Ada)

La quietud de la antesala es pulverizada por una vibración rítmica, pesada y de baja frecuencia que hace gemir las juntas de piedra y temblar las colosales vigas de bronce del techo abovedado.

Me yergue de un golpe del regazo de Fenris, con el corazón mortal desbocado contra mis costillas en un espasmo de puro tormento.

El gigante, todavía atrapado en el letargo febril de su curación, emite un bufido ronco, un barítono que se corta con la aspereza del metal caliente mientras sus ojos amarillos se encienden en la penumbra con el fulgor de una bestia acorralada.

Están aquí.

—No os mováis —le ordeno en un susurro constante, forzando a mi voz de papel a mantener la rigidez pedagógica de mis años en el Archivo—. Vuestro núcleo vital apenas se ha enfriado. Si salís a la opacidad exterior, la parálisis del hierro frío os consumará.

Un crujido lúgubre reverbera por las tuberías de cobre de la base, seguido de un estallido lejano que sacude el polvo de los estantes.

Las patrullas blindadas de la Injunción de Hierro acaban de reventar el portón oeste de bronce del nivel subterráneo.

El sonido marcial, rítmico y hostil de sus botas de metal comienza a multiplicarse por las pasarelas de rejilla metálica que cruzan el foso de catalogación, resonando con una frecuencia de asedio militar que nos oprime los pulmones.

El aire confinado se satura con rapidez de un olor acre a aceite de motor quemado, carbón mojado, herrumbre de cobre y el persistente aroma a pólvora química de sus detonadores.

Me deslizo con extrema parsimonia hacia la masiva puerta de hierro negro mate que sella la Bóveda de Silas, conteniendo el temblor de mis nudillos cicatrizados. Al aproximar la vista a la estrecha mirilla del portón, la realidad del asedio se revela con un claroscuro violento e implacable.

Focos militares de luz blanca estéril barren las estanterías de roble negro de la sección de Cartografía Antigua, colándose por las rendijas del hierro con un brillo cegador que destruye nuestra última penumbra de seguridad.

A ras de suelo, un escuadrón de Purificadores con armaduras pesadas de placas rígidas despliega inyectores de supresión de gran calibre en el patio central del Scriptorium, amartillando los percutores neumáticos con un siseo hidráulico letal.

Son demasiados. Buscan el Códice, nos buscan a nosotros.

A través del cristal de mis gafas de bronce, que empujo con el índice para fijar el foco, observo con horror cómo un Rastreador de élite se separa de la patrulla principal. Se encamina directamente hacia el nicho donde nos ocultamos, portando una brújula de éter analógica en su mano blindada.

La agitación de mis pulmones se vuelve escasa. El tintineo de su cinto utilitario avanza con la parsimonia de una sentencia de muerte.

El Rastreador alza el aparato de latón; la aguja del emisor gira desbocada en el dial, parpadeando con un brillo cianótico febril al detectar la resonancia exacta de nuestro vínculo místico.

Las agujas no mienten: la estática esmeralda de mi Marca y el calor febril del Kerberos han dejado un rastro de esencia insalvable en mitad de la opacidad, confirmando la peor de nuestras sospechas: el enemigo está a tres pasos de la entrada y estamos oficialmente acorralados.