CAPÍTULO 24 LA CARICIA PROHIBIDA (Fenris)
La opacidad del nicho del Códice no es un vacío, sino una densa masa de frío mineral que se asienta sobre mis costillas con el peso de los siglos olvidados en el subsuelo.
Permanezco estático en el rincón más restrictivo de la antesala de la Bóveda, con los músculos de mi torso desnudo contraídos en una tensión agónica, sintiendo cómo los colmillos y el hierro de mi fisonomía animal reclaman de forma violenta el control de mi mente humana.
Mi respiración es un fuelle abrasador que rompe el denso silencio del búnker y me recuerda, con una crueldad que me deforma las sienes, la zozobra de mi propio colapso biológico.
No la toques, Fenris. Un solo ademán precipitado de tu peso y desgarrarás su existencia. Eres alambre, eres la fiera de los bosques de hierro.
Jadeo contra el suelo de granito negro mate, sintiendo el goteo espeso de mi propia sangre cobalto brotando entre mis garras de metal negro biológico, que se clavan de forma dolorosa en las losas gélidas para contener el instinto de posesión.
El veneno residual de la supresión de la Injunción de Hierro sigue royendo los tensores de mis articulaciones, quemando mi núcleo místico con una marea de éter degradado que exige la liberación salvaje del Kerberos.
De pronto, un sutil movimiento de papel rompe la quietud gótica de la antesala.
Ada se inclina sobre mi silueta hercúlea.
A pesar de la polvareda de siglos y el humo de fósforo azul que aún tizna las costuras de su casaca de lona táctica, su figura menuda se mueve con una paciencia pedagógica que desafía mi naturaleza de monstruo.
Por primera vez, en mitad de mi agonía silenciosa, permito que acerque sus dedos delgados, manchados de tinta de éter fresca, a mi rostro cubierto de filamentos de alambre.
Contengo el aliento. El espacio confinado entre nosotros es una celda asfixiante que oprime nuestros pulmones, una tortura sensorial donde el calor febril de mi epidermis choca contra el frío carnal de su tez mortal.
—Mírame, Fenris —me pide ella en un susurro constante, una melodía suave, pedagógica y firme que ancla mis sienes al presente.
Lentamente, Ada posa su mano derecha desprotegida sobre mi mejilla.
Una descarga mística, un latigazo galvánico de estática mística, sacude la estancia con una fuerza inaudita.
En la penumbra íntima de la Bóveda, la Marca verde esmeralda de su palma estalla con una pulsación rítmica y brillante, actuando como un bálsamo abrasador que viaja desde mi mandíbula hasta mi núcleo vital, enfriando instantáneamente el pánico de mi sistema biológico.
Mis venas cobalto amainan su brillo cianótico ante la sutil película de éter verde que brota de sus poros, esa conductividad botánica de las raíces del Árbol del Velo que me protege del filo natural de mi propia piel de alambre sin llegar a rasgar su epidermis humana.
Es el punto álgido de nuestro Slow Burn.
El calor mortal y suave de la bibliotecaria acaricia el fuego rudo de mi pelaje de metal biológico.
Deseamos estrechar la distancia, acortar el último milímetro de separación para fundirnos bajo el cobijo de las mantas de lana húmeda y el aroma a sándalo que nos envuelve, pero el pavor crónico a que un solo roce descontrolado rasgue su piel gélida contiene nuestras respiraciones.
Nos quedamos estáticos en este espacio escaso de pura tortura sensorial, suspendidos en una devoción sombría donde el casi contacto de nuestras teces es la única frontera que nos separa del delirio del invierno perpetuo.