CAPÍTULO 23 EL PACTO DE LA BÓVEDA (Ada)
La pesadez del subsuelo se me instala en los pulmones con la fuerza de un bloque de granito negro.
Arrastro el cuerpo masivo de Fenris por el pasillo de los criptopórticos, sintiendo cómo el calor sofocante que emana de su epidermis de cazador tuesta la lona de mi casaca táctica, que está empapada de sudor febril, lodo y la ceniza ácida de las Cartografías.
Mis botas resbalan sobre las losas gélidas, pero mi voluntad de hierro se niega a flaquear ante la inminencia de su colapso.
Un paso más, Ada. Un solo centímetro más y estaréis a salvo tras el metal mate.
Alcanzamos la antesala de la Bóveda de Silas.
Con un movimiento precipitado y torpe, empujo la masiva puerta de hierro negro mate, una estructura colosal sin cerradura que parece succionar la debilitada claridad cianótica de los pasillos exteriores, sumiendo nuestro refugio en una opacidad casi absoluta.
El portón se cierra a nuestra espalda con un estruendo sordo y lúgubre que reverbera directamente en mis costillas, sellándonos en el rincón más restrictivo del Archivo de las Sombras.
Aquí dentro, el aire es pesado, oclusivo y difícil de respirar, cargado con una estática eléctrica que me eriza el vello de los brazos y satura el ambiente con un denso olor a herrumbre antigua, ozono concentrado y el dulce perfume a jazmín de invierno de mi propia piel.
Fenris se desploma sobre el suelo de piedra con un gemido desgarrador que me hiela la sangre.
—No... os acerquéis... —masculla él, y el barítono de su voz humana se quiebra de forma dolorosa, disolviéndose en el siseo ronco de una fiera acorralada—. La Injunción... el hierro frío en mis tendones... no puedo retenerla, Ada.
Su fisonomía hercúlea se arquea en un espasmo biológico violento.
A través de las rasgaduras de su ropa de cuero grueso, veo cómo los filamentos de su pelaje de alambre brotan con una textura áspera y punzante, extendiéndose por sus hombros y sus brazos rígidos con la velocidad de una plaga de metal.
Sus uñas ya se han transformado en garras de metal negro biológico que arañan el pavimento con un crujido mineral agudo, buscando un soporte para no sucumbir a la demencia feral definitiva.
Míralo, Ada. Es el monstruo del que todos huyen en la superficie. Pero bajo este alambre late el alma del hombre que grabó tu marcador de cobre.
No retrocedo. Ignorando el pavor crónico que me oprime la laringe, me arrodillo a su lado sobre el suelo húmedo, acortando la distancia física hasta que el vaho helado de mi respiración se mezcla con el aire hirviente que escapa de sus fauces.
—No os dejaré en la opacidad, Fenris —le digo, forzando a mi voz a mantener su habitual tono suave, pedagógico y firme, una melodía analítica diseñada para rescatar su conciencia del abismo—. Mírame. No sois una plaga. Sois mi centinela.
—¡Huid! —ruge él, y sus ojos amarillos brillan en mitad de la negrura con el paroxismo salvaje de un Kerberos herido—. ¡Os destrozaré si pierdo el norte!
—Confiad en mí —replico, y mi terca templanza se impone ante su delirio—. Confiad en el vínculo.
Sin un ademán precipitado que desate su instinto de cazador, alzo mi mano derecha desprotegida y la extiendo hacia su pecho atormentado.
Al instante, la Marca en mi palma despierta con una fuerza inaudita, estallando en un pulso rítmico y gélido de un verde esmeralda brillante que baña la piedra negra y su pelaje de hierro con una luminiscencia botánica espectacular.
Es el bálsamo purificador de las raíces del Árbol del Velo que late bajo nuestros pies, el Ancla que estabiliza su núcleo vital.
Poso mi palma abierta sobre su frente rígida, asumiendo la entrega absoluta de nuestro espacio confinado.
La descarga galvánica nos sacude al unísono con un latigazo de estática mística que parpadea en la oscuridad.
Siento la aspereza de sus filamentos metálicos rozar mis nudillos cicatrizados, pero mi piel no sangra; la película de éter verde nos envuelve, protegiéndome de su filo natural en un abrazo térmico donde mi frío mortal absorbe el fuego rudo de su fiebre.
Su pulso disminuye de golpe, sus garras se hunden con menos saña en las losas y su cabeza hercúlea cae, rendida por fin, sobre mi regazo, consumando en el silencio de la Bóveda un pacto de devoción y supervivencia que ninguna Injunción de la superficie podrá romper.