CAPÍTULO 22 EL ECLIPSE DEL ALMA (Fenris)
La ventisca gélida me golpea el rostro con la fuerza de un martillo de vapor, pero no logra enfriar el calor abrasador que me devora la fisonomía por dentro.
He reventado la aspillera de bronce del búnker con un movimiento precipitado de mis hombros, huyendo del Scriptorium antes de que mis garras de metal negro biológico rasgaran la seda de Ada o la redujeran a ceniza en mitad de mi delirio.
Me desplomo sobre la nieve gris del Cementerio de Ceniza.
Aquí, en el límite del Distrito de los Lamentos, el suelo no es blanco; está cubierto por una mortaja de hollín industrial y éter condensado que cruje bajo mis botas de cazador con un sonido lúgubre y mineral.
El aire es una masa pesada que arrastra el aroma a piedra fría, a tumbas selladas con jaulas de hierro frío y al siseo dulce-metálico de mi propia esencia en descomposición.
Mi sistema biológico está colapsando. Sin el éter estable que el Gran Apagón ha drenado de la ciudad, la Injunción ha dejado mi núcleo místico expuesto, y el veneno de sus inyectores de supresión ruge en mis articulaciones como un tensor oxidado.
La membrana se ha roto. No queda Refugio para el hombre en este cuerpo de alambre.
Intento ponerme en pie, pero mi complexión hercúlea falla. Me apoyo contra la lápida de hierro de un mausoleo abandonado, sintiendo cómo el magnetismo del metal mate me drena las pocas fuerzas que me quedan, pero el dolor físico es una caricia comparado con el pavor que me deforma las sienes.
A través de la bruma porosa del Velo, la claridad crepuscular y mortecina del cenit dibuja sombras alargadas que se retuercen entre las cruces.
De mi epidermis olivácea, los filamentos de hierro metálico brotan con un espasmo biológico violento, cubriendo mis antebrazos y mi espalda con una textura áspera y punzante que hace jirones mi casaca de lona táctica.
Las garras negras surcan la piedra con un crujido agudo.
¿Ada...?
Intento pronunciar su nombre, pero de mi laringe solo escapa un gruñido ronco, de baja frecuencia, que se extingue en el silbido del viento. He perdido el habla. La parte animal está devorando el último vestigio de mi conciencia humana, arrastrándome hacia el estado feral de forma irreversible.
Me postro sobre la nieve sucia, con el pecho jadeante y los ojos amarillos encendidos como brasas químicas en mitad de la neblina gótica.
La pesadumbre me oprime el corazón con una fuerza letal: sé que ella está abajo, en mitad del asedio, y que mi Marca en su palma derecha debe de estar latiendo con desesperación botánica.
Pero el pavor de no reconocer su rostro claro al regresar, el tormento absoluto de ver sus labios desprotegidos y dejarme llevar por el instinto de la bestia hasta desgarrar su fragilidad carnal, se convierte en una zozobra que me quiebra el espíritu.
Prefiero consumirme en esta soledad de ceniza antes de convertirme en el monstruo que apague su vida.