CAPÍTULO 21 LA TRAICIÓN DEL PAPEL (Ada)
El calor no es un alivio en el subsuelo del Archivo, sino un azote de fósforo químico que me inflama los bronquios con cada bocanada de aire enrarecido.
Corro de forma precipitada por el pasadizo de los arcos ciegos, arrastrando la lona pesada de mi falda gris sobre las losas húmedas mientras escucho el retumbar hidráulico de las armaduras de los Purificadores alejarse, momentáneamente despistados por el siseo del agua en las calderas inferiores.
Mi muñeca, allí donde los dedos de Fenris me sujetaron con la desesperación de un grillete abrasador hace solo unos instantes, todavía conserva un calor rudo, una vibración de alta frecuencia que me eriza la piel de los brazos.
Los mapas, Ada. Si la Injunción confisca la Cartografía Antigua, encontrarán la Bóveda de Silas y el Códice Primordial quedará reducido a cenizas.
Empujo la pesada puerta de roble negro que conduce al Taller de Cartografía. El aroma a sándalo viejo, vainilla y pergamino seco que siempre ha custodiado este santuario es devorado al instante por una ráfaga ácida de ozono reactivo concentrado.
Me detengo en seco, y una zozobra helada me atenaza el pecho mortal.
Bajo la cúpula de granito de la sala, no hay penumbra gótica ni la débil luz cianótica de mis lámparas de mano. La estancia está sumida en un claroscuro violento, violada por el fulgor de unas llamas químicas de un azul cobalto cegador.
Un oficial infiltrado de la Injunción de Hierro, con la armadura de placas rígidas tiznada de hollín, arroja una última granada de fósforo azul sobre los estantes superiores antes de deslizarse por un tiro de ventilación hacia los muelles.
—¡No! —el grito se me escapa, una melodía rota que se ahoga en la sequedad de mi laringe.
El fuego químico sisea con una vibración eléctrica insoportable.
Las llamas de fósforo no consumen como el fuego ordinario; se alimentan del éter latente en la celulosa vieja de nuestros manuscritos prohibidos, carbonizando décadas de conocimiento gótico con un crujido sordo y rápido.
Las hojas sueltas y los planos de los canales subterráneos se retuercen, convirtiéndose en copos de ceniza azulada que flotan en el aire abrasador antes de desintegrarse.
Me coloco las gafas de lectura de bronce con dedos trémulos, empujando el puente que resbala por mi nariz debido al sudor febril que me brota de las sienes. La atmósfera es casi irrespirable, un calvario de humo espeso que me nubla la vista y hace parpadear mis ojos claros.
Doy un paso al frente, desafiando el pavor que me ordena retroceder hacia las escaleras de caracol. Diviso, en el tercer anaquel del mueble central, un legajo primordial encuadernado en cuero tratado: los planos originales de los Sifones del subsuelo diseñados por Silas.
Si se pierde ese mapa, Fenris y yo jamás encontraremos el estabilizador químico para enfriar su veneno.
Me abalanzo hacia el mueble de roble negro, estirando los brazos desprotegidos.
La cercanía de las llamas de fósforo es una tortura térmica que me eriza el vello y chamusca los encajes desgastados de mis puños, pero mi Marca en la palma derecha responde a la zozobra de mi mente analítica, latiendo con una bioluminiscencia esmeralda brillante que intenta absorber la estática del aire.
Logro hincar las uñas en el lomo del legajo, tirando de él con un movimiento precipitado justo cuando el cuero comienza a ennegrecerse.
Sostengo el papel contra mi pecho, pero la victoria efímera se extingue bajo un estruendo sordo y mineral.
La viga principal de soporte del techo, una colosal traviesa de madera de ébano agrietada por el calor del fósforo, gime con un lamento desgarrador.
Antes de que pueda dar un paso hacia la salida, la estructura cede, colapsando sobre mi ruta de escape en una lluvia de astillas encendidas y ceniza caliente.
El impacto me arroja sobre las losas húmedas.
Jadeo, arrastrándome hacia atrás mientras el aire se satura de un humo denso de éter quemado que me quema las vías respiratorias.
Al alzar la mirada, descubro el horror del asedio: la viga encendida ha sellado el pasillo, atrapándome en un círculo perfecto de fuego cian que ruge y sisea a mi alrededor, cerrando mi Refugio de piedra y dejándome estática ante la inminencia de la asfixia.