CAPÍTULO 20 EL GRILLETE DEL SILENCIO (Fenris)
La opacidad en las alturas del Archivo no es un vacío, sino una densa polvareda de siglos acumulados que se asienta sobre mi espalda hercúlea con el peso del granito viejo.
Me encuentro agazapado sobre las vigas de bronce del techo abovedado, con los músculos de mi torso desnudo contraídos en una tensión agónica que hace crujir el metal bajo el peso masivo de mi fisonomía.
El aire aquí arriba es sofocante, recalentado por las colosales tuberías de vapor de la parte alta que sisean con un paroxismo constante, envolviéndome en un vaho espeso que arrastra el aroma a sándalo viejo y el calor febril que empieza a exudar mi propio pelaje de alambre en plena mutación.
No saltes, Fenris. Todavía no.
Bajo mis garras de metal negro biológico, que se clavan de forma dolorosa en el bronce para no perder el equilibrio, la escena inferior se dibuja en un claroscuro violento.
Haces de luz blanca estéril, proyectados por las linternas de los oficiales de la Injunción de Hierro, barren los pasillos de los arcos ciegos, cortando la neblina del Velo como cuchillas quirúrgicas.
En el centro del foco, acorralada contra la frialdad del granito húmedo, se encuentra Ada.
Mi pecho se aprieta con una zozobra insoportable al ver el filo templado de la daga del purificador posado a milímetros de su garganta mortal.
Su fisonomía pequeña y aparentemente frágil resalta contra la rigidez de la armadura de placas del oficial, pero su mirada clara, parapetada tras las gafas de bronce, sostiene el interrogatorio con una voluntad de hierro que me quiebra el orgullo.
La van a herir. Van a destrozar mi Ancla frente a mis ojos.
El instinto salvaje del Kerberos ruge en mi laringe, exigiéndome saltar desde la estructura, caer sobre el opresor y desgarrar la lona y el acero de su armadura hasta que el suelo de las criptas se tiña de su sangre tibia.
Mis hombros se ensanchan, y el pelaje de alambre brota de mi epidermis con la aspereza de un muelle oxidado, rasgando los jirones de cuero de mi casaca.
Pero el frío sordo de la supresión de la Injunción retiene mi impulso.
En el patio inferior, dos unidades pesadas de Purificadores vigilan los accesos con inyectores cargados de hierro frío, barriendo las sombras con brújulas analógicas de éter.
Si intervengo con fuerza física ahora, el estrépito de mi fisonomía feral delatará la ubicación exacta de la Bóveda de Silas y condenará este santuario de papel a una purificación total y sumaria.
—Última advertencia, Ada —el siseo metálico del oficial reverbera en las vigas altas, cargado de una severidad administrativa que me congela la sangre—. ¿Dónde está la Bóveda?
Un espasmo febril me sacude entero. En mitad de la negrura, veo el guante de encaje viejo de Ada temblar.
De pronto, la Marca en la palma de su mano derecha estalla en un paroxismo verde esmeralda incontrolable, un fulgor botánico tan intenso que tiñe los relieves góticos de la piedra con una claridad espectral.
Es la conductividad mística de las raíces del Árbol del Velo que reacciona a mi proximidad, el lazo de esencia que nos encadena y que delata mi presencia en el techo.
La bestia en mi interior pierde el norte ante el brillo de mi Ancla. Un gruñido áspero, un barítono deformado por la fiebre de la mutación, asciende por mi garganta como una marea caliente que no puedo contener.
¡Ahg...!
Me obligo a morder mi propio brazo hercúleo, hundiendo los colmillos en mi carne para ahogar el rugido de la fiera contra la lona táctica.
Siento el sabor dulce-metálico de mi propia sangre cobalto brotar en mi boca, mientras el tormento del silencio forzado me destroza las sienes.
Es un grillete invisible, una agonía oclusiva donde debo permanecer estático en la opacidad del techo, devorando mi rabia en un Casi desgarrador, mientras contemplo la agitación carnal de Ada a ras de suelo, expuesta al filo de la Inquisidora en una danza letal que amenaza con convertir nuestro santuario en ceniza.