CAPÍTULO 17 SEDA Y HOLLÍN (Fenris)
El Taller del Scriptorium es un oasis de calor sofocante en mitad del invierno que asedia el búnker.
Las estufas de bronce que ronronean en las esquinas exhalan un aire templado, denso, cargado con el perfume oleoso del aceite de motor, el aroma sagrado del sándalo y el sebo derretido de las velas que se consumen sobre los escritorios de roble negro.
Desde mi rincón en la penumbra, allí donde la opacidad de los arcos de piedra oculta mi fisonomía masiva, observo a Ada.
Ella no se detiene. Sus dedos delgados, manchados con restos de la tinta de éter fresca que utiliza para catalogar los planos, se mueven con una parsimonia pedagógica que me causa una zozobra insoportable.
Limpia, encuaderna y organiza las pizarras imbuidas con una devoción meticulosa.
Su cabeza, un caos de rizos castaños sujetos con lápices rebeldes, se inclina sobre el latón, y sus gafas de lectura de bronce reflejan el parpadeo de la luz cian dirigida que ilumina su rostro desde abajo, dándole un aspecto espectral que me oprime las sienes.
Me miro las manos. Nudillos gruesos, cicatrices de batallas olvidadas en los bosques de hierro y la tosquedad indomable de un monstruo que solo conoce el rigor de la fiera. Me siento un intruso ruidoso en su templo de celulosa vieja. Un animal que solo sabe destruir la seda con el roce de su lona.
No perteneces a su orden, Fenris. Solo eres el músculo que sangra sobre su papel.
Con un suspiro áspero que vibra en mi laringe, deslizo los dedos por el bolsillo de mi pantalón de cuero grueso. Mis yemas tropiezan con el frío sordo de un objeto pulido que he custodiado durante las últimas horas de asedio.
Lo extraigo con extrema lentitud.
Es un marcador de libros. Una lámina de cobre tosca, rescatada de los desguaces de la periferia, que he labrado en la clandestinidad del osario.
Con una paciencia salvaje, utilizando el sutil y peligroso filo de mis garras de metal negro biológico, grabé en su superficie una filigrana de hojas secas y engranajes, imitando el código del Códice Primordial que ella tanto venera.
Mis manos, capaces de triturar el hierro frío, temblaron al esculpir la aleación para no quebrar el metal.
Me incorporo de forma precipitada. El siseo de mi casaca de lona táctica rompe el denso silencio del Scriptorium. Avanzo hacia su pupitre, sintiendo cómo mi complexión hercúlea bloquea la claridad del gasneón, sumiendo su mesa en una sombra masiva.
Ada alza la mirada. Sus ojos claros me recorren con esa terca templanza que desarma mi soberbia de cazador.
No hablo. El barítono de mi voz se niega a romper la quietud de su espacio de intimidad. Simplemente extiendo el brazo y coloco el marcador de cobre sobre la pizarra que está catalogando.
Pero la estrechez del mueble traiciona mi cautela.
Al retirar la mano, mis nudillos cicatrizados rozan accidentalmente la lona de sus dedos.
—Fenris —susurra ella, y el aire confinado parece desvanecerse entre ambos.
El casi contacto desata un paroxismo instantáneo.
Una pequeña descarga eléctrica, un latigazo místico de azul cobalto puro, sacude la estancia con un siseo de estática que nos eriza el vello de los brazos.
La luz cian del gasneón de la mesa parpadea con violencia quirúrgica, amenazando con devolvernos a la opacidad absoluta de la noche de Noxvalia.
Mi corazón hercúleo da un vuelco agónico; el pavor crónico a que mi calor febril de Kerberos desgarre su fragilidad carnal me obliga a encoger los hombros, listo para replegarme en la penumbra de mi celda antes de causarle dolor.
Sin embargo, Ada no se aparta.
Bajo la llovizna de estática, la Marca en la palma de su mano derecha estalla con un pulso rítmico, un fulgor esmeralda brillante que baña el cobre de mi regalo y el frío de mi piel con un bálsamo gélido y armonizador.
Sus dedos desprotegidos envuelven la lámina de metal con devoción sombría, acogiendo mi tosquedad como si fuera el manuscrito más valioso de su Archivo de las Sombras, mientras nuestras respiraciones se mezclan en un Casi desgarrador que sella nuestro pacto de silencio.