El aullido de la noche (Noxvalia nº 4) CAPÍTULO 18 EL DESGARRO DEL MUELLE (Fenris)
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CAPÍTULO 18 EL DESGARRO DEL MUELLE (Fenris)

El hedor a salitre, lodo podrido y grasa de motor se me adhiere a las fosas nasales con la persistencia de una maldición.

La niebla del Velo se arrastra sobre las aguas de los Canales Negros como una criatura viva y oclusiva, tiñéndose de destellos azulados allí donde la humedad ambiental alcanza su punto de saturación.

Es el toque de queda impuesto por el Edicto de Hierro.

Las calles superiores están desiertas, pero aquí abajo, en el laberinto húmedo de las pasarelas de madera crujiente, la opacidad es casi absoluta.

Vigilo el entorno desde la sombra de un pilote corroído.

Ada avanza justo detrás de mí. Su paso rítmico y mortal es tan ligero que apenas despierta el crujido del pino mojado, pero el aroma a jazmín de invierno y papel viejo que exuda su epidermis es un faro biológico que perturba mi concentración.

Siento una zozobra constante en el pecho; mi complexión hercúlea se antoja torpe, masiva y ridículamente expuesta en la estrechez de estos muelles.

No deberías estar aquí, Ada. Este no es tu Scriptorium.

—Por aquí —le susurro, forzando a mi laringe a emitir un barítono lo bastante bajo para no viajar por el agua—. El Sifón Atmosférico está a unos veinte metros. Cuidado con las tablas podridas.

—Puedo verlas, Fenris —responde ella en un murmullo pedagógico, empujando con el dedo el puente de sus gafas de bronce—. El éter líquido de las conducciones de cristal está brillando en la base de la torre. La agitación de la superficie es propicia.

Mis nudillos cicatrizados se aprietan contra el cinto de cuero.

Su terca valentía me produce una mezcla de orgullo y tormento.

Nos deslizamos por la plataforma flotante, esquivando las amarras de los barcos negros que cabecean con un chapoteo pesado, espeso y aceitoso contra los muros de piedra mohosa.

El agua de los canales tiene la densidad del petróleo, reflejando de forma espectral la claridad parpadeante de las chimeneas industriales de la otra Noxvalia.

Alcanzamos la base del colosal Sifón Atmosférico.

Es una torre de bronce y hierro que ruge con un ronroneo hidráulico constante, un latido mecánico que se siente directamente en los huesos.

A través de las tuberías de cristal reforzado, el éter puro fluye con un brillo cianótico cegador, condensándose en viales de cobalto que alimentan los Sifones de la Injunción.

—Sujetad la lona, Ada —le ordeno de forma precipitada, extrayendo las herramientas de mi bolsillo de cuero—. Voy a sabotear la válvula de drenaje secundario. Preparad los frascos de cristal soplado.

—Hacedlo rápido —pide ella, sosteniendo la Marca de su palma izquierda oculta bajo el guante de encaje viejo—. Siento la vibración de las brújulas analógicas en el ambiente. El aire está cargado de ozono.

Mis garras de metal negro biológico amenazan con brotar debido a la fatiga del esfuerzo, pero contengo la mutación con un espasmo de pura voluntad.

Fuerzo la espita de bronce con un movimiento rudo.

El metal cede con un siseo abrasador, liberando un chorro de éter líquido puro que Ada recoge con precisión quirúrgica, llenando nuestros viales mientras el vapor caliente nos humedece las teces.

De pronto, la quietud húmeda de los canales se fractura de forma irreversible.

Un silbato de vapor de alta presión, largo y lacerante, aúlla desde la estación de control del muelle. Las sirenas de la Injunción de Hierro despiertan al unísono, inundando la cuenca con un clamor ensordecedor que desata el pánico en mis sienes.

—¡Intrusos en el Sifón Tres! —brama una voz marcial filtrada por el metal de una máscara protectora—. ¡Cierren las compuertas de la pasarela!

Focos de luz blanca pura, cegadores y hostiles, taladran la bruma del muelle desde las grúas de vapor superiores, barriendo la opacidad del agua y atrapándonos en un claroscuro violento.

El sonido rítmico de botas pesadas de hierro resuena en las plataformas flotantes.

Una patrulla de Purificadores de élite, cubiertos con armaduras de placas de acero mate y portando ballestas cargadas con virotes de hierro frío, nos cierra las dos únicas salidas del muelle.

—¡Atrás, Ada! —rujo, interponiendo mi fisonomía masiva entre su cuerpo menudo y los inyectores de supresión de los soldados—.

—¡No hay salida por el agua, Fenris! —grita ella, y por primera vez la zozobra quiebra la melodía de su voz—. ¡Las gárgolas de la Injunción están patrullando las esclusas inferiores!

El pavor a perderla me quema las entrañas.

Me preparo para desatar al Kerberos, sintiendo los filamentos de hierro de mi pelaje rasgar la lona de mi ropa en un paroxismo de dolor febril.

Pero antes de que mi musculatura hercúlea pueda iniciar el salto defensivo, un estallido sordo truena desde la grúa de vapor de babor.

Un silbido metálico cruza el aire húmedo.

Una colosal red geométrica, tejida con filamentos de hierro frío templado en aceites negros mate, desciende desde las alturas.

Intento interceptarla con mis garras, pero la trayectoria es letal.

El pesado aparejo cae directamente sobre la silueta de Ada, hundiéndola contra las tablas del muelle flotante.

—¡Ada! —el rugido se me escapa, quebrando mi propia garganta con la desesperación de un animal herido.

El magnetismo gélido del hierro frío muerde la Marca de su palma al instante.

Veo cómo su rostro claro se contrae en una agonía muda mientras la red, impulsada por el contrapeso de la grúa, comienza a deslizarse de forma precipitada hacia el borde de la pasarela, arrastrando a mi Ancla desprotegida hacia las aguas profundas y letales del canal de éter degradado.