El aullido de la noche (Noxvalia nº 4) CAPÍTULO 15 LA VOZ DE PAPEL (Ada)
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CAPÍTULO 15 LA VOZ DE PAPEL (Ada)

El estruendo de las maderas rotas y el siseo de las cadenas de hierro frío que colapsan a pocos metros quedan suspendidos, amortiguados por la súbita rigidez que me atenaza las sienes.

No doy un solo paso hacia atrás. Tampoco huyo de las garras de metal negro biológico ni de la fisonomía masiva que se revuelve en mitad de la opacidad absoluta del Scriptorium.

Con una parsimonia pedagógica que desafía la fragilidad de mi condición humana, doblo las rodillas y me arrodillo sobre las losas gélidas, justo al flanco del pupitre de Silas.

El granito negro mate me muerde a través de la lona de mi falda, pero mi atención permanece fija en las dos brasas amarillas que parpadean con furia en la penumbra.

Contén el pavor, Ada. Si dejas que la fijeza de la bestia huela tu debilidad, el estado feral consumará su quiebre definitivo.

El cuerpo colosal del Kerberos se abalanza sobre mi puesto con un impulso precipitado, una marea de calor febril y rudo que tuesta el ambiente confinado de la sala de lectura.

Su respiración es un fuelle abrasador que arroja ráfagas de ozono y saliva ácida directo a mi rostro, desordenando los rizos sueltos que escapan de mis lápices.

Siento el pavor crónico oprimir mi laringe; sus colmillos brillan a centímetros de mis ojos claros, listos para desgarrar la lona de mi casaca táctica en mitad de su delirio animal.

No grito. En lugar de ceder a la zozobra de mi propia muerte efímera, alzo mi mano derecha desprotegida.

La Marca de mi palma parpadea, desprendiendo una sutil bioluminiscencia esmeralda que tiñe los encajes viejos de mi vestido con un fulgor espectral.

Sé que esta claridad verde no pertenece al éter original azul cobalto de Noxvalia, sino a la conductividad botánica de las raíces del Árbol del Velo que duermen sepultadas bajo este búnker. Es mi única defensa.

Sostengo el pulso de mi mano y, con un tono suave, pedagógico y firme, obligo a mi voz de papel a romper la quietud gótica de las criptas.

—«En el invierno del origen, antes de que la Injunción forjara el primer eslabón mate, el Velo no era una herida...» —recito de memoria, hilando las crónicas antiguas que describen la creación de la membrana con la parsimonia de quien repara un manuscrito antiguo y delicado.

El sonido de mis palabras analíticas penetra los nervios de hierro de la criatura.

Fenris detiene la trayectoria de su ataque en seco.

Las garras metálicas se congelan a milímetros de mis labios claros, hundiéndose en el borde del mueble de roble negro con un crujido mineral sutil que delata el freno de su violencia salvaje.

Su fuelle ronco, de baja frecuencia, disminuye de golpe, tornándose en un jadeo pesado, pausado y humano que arrastra el aroma a madera rota y laca vieja de la estancia.

El Kerberos baja la testa, entregando la soberbia de su parte animal ante el orden sagrado de mi lectura.

La distancia entre nuestras teces se reduce a una línea de estática insoportable, una tortura sensorial donde su calor sofocante bebe de mi frío mortal.

En esa entrega absoluta del espacio escaso, Fenris cede por completo.

Con una debilidad que me quiebra el pulso, recuesta sus sienes gélidas en el regazo de mis faldas.

Contengo la agitación de mis pulmones y deslizo mis dedos delgados sobre su frente, recorriendo la áspera textura de su pelaje de alambre sin sufrir un solo corte.

Mi Marca verde late con fuerza contra su epidermis, drenando la corrupción de su núcleo vital mediante el bálsamo de mi tacto.

No necesitamos la imperfección de las palabras en la opacidad de la biblioteca; el roce de nuestras pieles consume un pacto silencioso de devoción mutua y protectora, encadenando mi mente metódica al fuego de su bestia mientras la ciudad de la superficie se desmorona en mitad de la negrura.