CAPÍTULO 14 EL RUGIDO DE LAS CALDERAS (Fenris)
La opacidad es un muro de alquitrán que se me clava en las pupilas, un vacío absoluto que devora las hileras de estanterías y convierte la Gran Biblioteca en una fosa gótica.
Sin la claridad cianótica del gasneón, el éter ambiental ha colapsado, y la membrana de mi conciencia humana se deshilacha con la velocidad de la lona vieja bajo una tormenta.
El aire confinado se vuelve asfixiante, saturado por un aroma denso a vainilla vieja, polvo acumulado y el hedor rudo del ozono quemado que exudan las calderas extintas.
Se ha apagado. Todo Noxvalia se ha quedado a oscuras. La fiera está suelta.
—¿Fenris? —la voz de Ada rasga la negrura desde algún punto del foso de transcripción. Es un susurro trémulo, una partitura de papel que tiembla en mitad de las sombras—. ¿Dónde estáis? No os mováis, os lo ruego.
Intento responderle, forzar a mi laringe a articular las sílabas de su nombre, pero el barítono de mi voz humana se ha roto, disuelto en un espasmo biológico que me deforma las sienes.
El habla se ha extinguido, sustituida por el aire caliente que escapa de mis fauces en bufidos roncos y salvajes.
Me desplomo a gatas sobre las pasarelas de rejilla metálica, sintiendo el hierro vibrar de forma lúgubre bajo el peso hercúleo de mi fisonomía en mutación.
El crujido mineral de la estructura me confirma que la carne ya no me pertenece; mis uñas se curvan con un tormento agónico, estallando hacia fuera hasta convertirse en garras de metal negro biológico que arañan la madera de los estantes con un chasquido agudo.
Tengo que encontrarla. Si el delirio feral me arrastra antes de alcanzar su Refugio carnal, la devoraré en mitad de la opacidad.
—¡Fenris! —el grito de ella se repite, más lejano, amortiguado por el laberinto de ébano negro—. Escucho vuestros pasos. Quedaos donde estáis, la Marca... la Marca os guiará.
No vengas, Ada. Huye de mí.
El instinto animal del Kerberos toma el control, gobernando mis miembros con una urgencia febril que sabotea cualquier remordimiento moral.
Olvido el lenguaje de los hombres, arrastrándome por los pasillos con la agilidad felina de una bestia herida que busca desesperadamente el equilibrio místico para su núcleo en descomposición.
Mis ojos amarillos brillan en la penumbra con el fulgor de dos brasas químicas, taladrando la negrura asfixiante en busca del único rastro que me ancla a la cordura: su perfume a jazmín de invierno y tierra mojada.
Su calidez mortal es un faro biológico en mitad de este invierno perpetuo.
Cruzo un recodo del Scriptorium, rozando la robusta madera con mi lomo, donde los filamentos de hierro metálico ya brotan de la epidermis con la aspereza de una cuchilla.
Cada bocanada de aire confinado me quema los pulmones; huelo el salitre y el lodo aceitoso que suben desde los conductos pluviales inferiores, mezclados con la fragancia carnal y pecaminosa de mi Ancla.
Ella está cerca. Siento la descarga de su pulso rítmico vibrar en la estática que me eriza el pelaje de alambre.
—Sé que estáis sufriendo —la voz de Ada resuena justo detrás de la siguiente hilera de tomos encadenados—. No cedáis a la pesadumbre de la fiera. Yo sostengo el Códice. Yo os sostengo a vos.
Doy un paso precipitado, ciego por la marea febril que me cala hasta los tendones. El pavor a perder la conciencia humana por completo me desquicia, obligándome a abalanzarme hacia el origen de su susurro de papel.
Pero mi fisonomía masiva pierde el norte en mitad del claroscuro absoluto.
En mi delirio febril, mi hombro hercúleo impacta con una violencia quirúrgica contra una colosal estantería de ébano negro.
El golpe es un estallido sordo que pulveriza la quietud gótica del salón.
Las maderas viejas se agrietan con un lamento desgarrador y el mueble colapsa, venciéndose hacia el suelo en una lluvia de manuscritos prohibidos y escombros de celulosa.
Con el derrumbe, las cadenas de hierro frío que sujetaban los tomos más peligrosos se tensan, rompiéndose los eslabones con un tintineo metálico y hostil que sacude las losas de granito.
El metal negro mate, tratado con alquimia para beberse la luz y suprimir la magia, cae a mi alrededor como una red geométrica.
Siento el magnetismo gélido del material rozar las espinas de mi lomo; un escalofrío de baja frecuencia me surca las sienes y anula la resonancia de mi éter, amenazando con paralizar mi conducto vital y extinguir mi esencia mística antes de que mis garras logren abrirse paso hacia los labios claros de Ada.