CAPÍTULO 13 EL GRAN APAGÓN DE ÉTER (Ada)
El zumbido constante de la ciudad parece extinguirse bajo las pesadas arcadas de la Gran Biblioteca, dejando que un silencio denso y sepulcral ocupe cada rincón de la estancia.
Permanezco inmóvil frente al pupitre de Silas, con el pergamino de Vane extendido sobre el tablero de roble negro.
La claridad cian de la lámpara de gasneón recorta mis manos, proyectando una luz quirúrgica que arranca destellos gélidos al latón de mis herramientas de catalogación.
El aire, confinado por los gruesos muros del búnker, arrastra su habitual aroma a vainilla vieja, papel en descomposición y cera de sebo derretida, un refugio de celulosa que hasta hace unos instantes gobernaba mi pulso mortal con una calma previsible.
Concéntrate, Ada. Las líneas de Silas no se descifran con miedo, me exijo en una introspección febril, empujando con el índice el puente de mis gafas de bronce, que insisten en resbalar por mi nariz.
A mi lado, la fisonomía masiva de Fenris descansa en la penumbra. Su complexión hercúlea y el calor febril que exuda su epidermis alteran el ambiente, quebrando el frío seco del subsuelo con una onda térmica ruda que me eriza la piel de los brazos.
De pronto, el siseo casi inaudible del gasneón cesa.
No hay un parpadeo previo, ni una advertencia hidráulica en las tuberías de cobre de la base.
Los tubos de cristal de todo el Archivo de las Sombras se apagan al unísono, extinguiendo su resplandor cianótico en una fracción de segundo.
La opacidad se precipita sobre el Scriptorium con el peso absoluto de una tumba, devorando los contornos del roble y los lomos de los libros encadenados en una negrura impenetrable.
Contengo el aliento. Suelto la pluma de ave de forma precipitada, escuchando cómo el metal choca contra la madera con un tintineo sordo que se extingue en el acto.
—Fenris... —murmuro, y mi voz suave, pedagógica y firme apenas logra rasgar la quietud gótica del salón.
A través de las rejillas y pozos de ventilación que comunican con el Distrito de los Lamentos, el desastre exterior se vuelve acústico.
Un bramido unísono sacude las conducciones superiores: las sirenas de vapor de los Sifones Atmosféricos de la superficie comienzan a aullar con una frecuencia intermitente, un lamento mecánico que anuncia la escasez energética radical de la ciudad.
Segundos después, el clamor ruidoso del terror social de los ciudadanos se filtra desde las plataformas de la superficie, un eco confuso de gritos y carruajes atascados en mitad del invierno.
Noxvalia entera acaba de quedar a oscuras.
Es el primer gran colapso global del Velo, un apagón masivo que ha drenado la consistencia de la membrana y ha sumido los distritos altos en un pánico ciego.
El aire a mi alrededor se satura de un olor acre a polvo acumulado y ozono quemado, pero la verdadera zozobra me atenaza el pecho desde el interior de la sala.
En mitad de la opacidad absoluta, la respiración de Fenris sufre una mutación violenta.
Escucho el crujido mineral de sus uñas transformándose de forma dolorosa en garras de metal negro biológico, arañando las losas con un chasquido agudo que me congela la laringe.
Su fuelle ligero de hombre se rompe en un jadeo ronco, de baja frecuencia, que escala con presteza hacia el siseo de una fiera acorralada.
El calor que emana de su cuerpo hercúleo sufre un pico térmico salvaje, convirtiéndose en una marea abrasador que tuesta el ambiente y disuelve el Refugio carnal de nuestra cercanía.
Sin la luz del gasneón para contener la estática, el instinto animal del Kerberos se desata de forma feral en mitad del laberinto de madera, amenazando con devorar su conciencia humana ante mis propios ojos claros.