CAPÍTULO 12 ESTÁTICA EN LOS PASILLOS (Fenris)
—Es la estrechez, Ada —susurro, y el barítono de mi voz se deforma en un rozamiento metálico que parece arañar los remaches de bronce de la cañería—. No hagáis ruido con las llaves. Apoyaos en mí si el pavor os quita el aliento.
Avanzo a gatas, midiendo cada palmo de mi fisonomía hercúlea para no aplastar su cuerpo menudo contra el fondo del conducto.
Mis hombros, rígidos por el tormento agónico que el dardo de supresión ha inyectado en mis uniones biológicas, golpean las paredes de cobre con un eco lúgubre que se pierde alcantarilla abajo.
La lona táctica de mi casaca está empapada de un fango aceitoso y frío, pero bajo mi epidermis la marea febril del Kerberos brama, exigiendo la liberación salvaje de las garras para reventar este encierro.
Un milímetro más, un maldito espasmo de tu carne de hierro, y la marcarás para siempre, me ruge el instinto, azotándome las sienes con una zozobra insoportable.
Detrás, el susurro de sus faldas victorianas contra el metal es un arrastre de hojas secas en mitad del invierno.
Ada tirita de forma violenta. Lo percibo a través de la estática mística que satura el conducto, una corriente eléctrica que me eriza el vello de los brazos y reduce el oxígeno entre ambos.
El aire aquí dentro es escaso, confinado, cargado con el hedor a herrumbre mojada de las cañerías y el aroma a vainilla vieja que ella exuda, ese perfume a papel en descomposición que se le ha pegado a la piel tras años en la Gran Biblioteca.
De pronto, un espasmo más agudo sacude su anatomía mortal. Escucho el castañeo rítmico de sus dientes, un sonido frágil que desarma mi soberbia y me quiebra el pulso. El agua negra y gélida del canal gotea desde las junturas superiores, calándole los hombros.
No puedo dilatar más su agonía.
Me detengo en seco en mitad de la opacidad casi absoluta del pozo.
Viro el torso con una lentitud de felino acorralado y la obligo a encajarse contra la pared mineral del recodo.
Ada ahoga un jadeo cuando mis brazos hercúleos la rodean, bloqueando el viento gélido del subsuelo profundo y atrapando su fisonomía menuda bajo el manto de mi lona y mi calor sofocante.
—Fenris... —murmura.
Su voz suave, pedagógica y firme roza la línea de mi mandíbula decantada con la lentitud de una caricia prohibida.
En la penumbra, sus gafas de bronce se han resbalado por el puente de la nariz, dejando al descubierto unos ojos claros que me sostienen la mirada, buscando mi cordura humana en mitad de la fiera.
El casi contacto es una descarga galvánica que suspende el transcurrir efímero de la huida.
Al apretar su cuerpo contra mi pecho febril, la Marca de su palma derecha despierta con un paroxismo salvaje, estallando en un pulso rítmico y gélido de un verde esmeralda brillante.
Sé que no es éter puro de Noxvalia, sino la conductividad botánica de las raíces del Árbol del Velo que duermen sepultadas bajo el Archivo, pero la energía viaja por mi epidermis de alambre como un sedante implacable.
Mis venas cobalto amainan su brillo cianótico al contacto con su Refugio carnal.
Es un Slow Burn desgarrador, una tortura de proximidad forzada donde su calidez mortal se funde con el fuego rudo de mi pelaje de metal biológico sin llegar a rasgar su piel.
Deseo apartarme por el pavor crónico a herirla, pero el siseo de sus labios a milímetros de los míos me condena a permanecer estático, encadenado al pararrayos de sus manos en mitad de la negrura absoluta.