CAPÍTULO 11 EL MANUSCRITO DE LA CATEDRAL (Ada)
El granito podrido del Scriptorium de la Catedral parece exhalar la misma niebla de ceniza que se cuela por los vitrales rotos, cubriendo los pupitres abandonados con una mortaja grisácea que se adhiere a mis dedos.
Sigo el rastro de Fenris en absoluto silencio, midiendo cada paso rítmico de mis botas sobre las losas húmedas, conteniendo el pulso desbocado que me golpea el pecho mortal.
El viento gélido de la altura brama entre los contrafuertes exteriores, pero aquí dentro, el aire está enrarecido, estancado por un sutil y denso olor a incienso viejo, cera de sebo derretida y la herrumbre de las tuberías de cobre.
Busco indicios entre los escombros de celulosa, pero el verdadero norte me lo dicta la estática que electriza el ambiente confinado del presbiterio.
Un crujido mineral, sutil y lúgubre, rompe la quietud gótica de las naves laterales.
Me giro de forma precipitada, dejando caer la mano izquierda hacia las correas de cuero de mi cinto utilitario, en un reflejo marcial que mi mente no ha logrado borrar tras abandonar la Injunción.
Fenris gruñe a mi flanco, con los hombros hercúleos contraídos y sus ojos amarillos fijos en las alturas del triforio, delatando la zozobra de su parte animal ante la anomalía que desciende de las agujas.
Desde el arbotante más alto, una mole de piedra viva corta la penumbra crepuscular.
Es él.
Vane desciende con un batir pesado de sus masivas alas de granito gris oscuro, aterrizando sobre el estrado de obsidiana mate con un estruendo sordo que hace vibrar las pasarelas metálicas del triforio inferior.
Me quedo estática, asimilando la imponente fisonomía del Lithos de más de dos metros de estatura.
A diferencia del estado de hibernación que los manuales de la orden dictaban para su raza durante el día, el gigante se muestra completamente sólido, majestuoso y consciente bajo la claridad mortecina del alba.
El pulso térmico real que late en su pecho, heredado del sacrificio del primer volumen, hace que el éter de sus sienes brille con un azul cobalto intenso, un resplandor cianótico que ilumina las nervaduras de la bóveda.
El imponente centinela nos intercepta, cortando nuestra ruta hacia los legajos antiguos con la rigidez de un muro infranqueable.
—No deis un paso más, cazadora —su voz es grave, una melodía arcaica que posee la resonancia mineral de dos piedras chocando suavemente, quebrando el denso silencio del templo con la crudeza de una sentencia—. Noxvalia ya no pertenece a los que buscan el orden en los libros del subsuelo.
—El orden es una farsa lánguida, Vane —replico, forzando a mis ojos claros a sostener el fulgor de sus pupilas de zafiro encendido, sin permitir que la fragilidad de mi condición humana delate el pavor que me atenaza las sienes—.
Busco las crónicas de Silas. El Velo está parpadeando en el Distrito del Gasneón y la escasez energética está empujando los núcleos hacia el estado feral.
La mandíbula de granito del Lithos se tensa, y sus puños de piedra se aprietan con un chasquido seco que desprende un polvo ceniciento sobre el altar.
—Llegáis tarde, Ancla —el susurro del monstruo arrastra una pesadumbre tan profunda como los siglos de su exilio—.
La membrana ya no sufre simples desgarros espaciales.
Las grietas del cenit son irreversibles y la Lluvia Cenicienta comenzará pronto a caer sobre las chimeneas de la superficie, desintegrando la realidad de los hombres en copos de éter quemado.
Un escalofrío de baja frecuencia me surca la espina dorsal ante la magnitud de su revelación.
El tiempo efímero de la huida se agota. Antes de que pueda articular una sospecha analítica, Vane extiende su mano descarnada y deja caer un objeto sobre la mesa de catalogación que se interpone entre nosotros.
Es un pergamino enmohecido, atado con hilos de seda vegetal carbonizada y sellado con la firma cromática de Silas.
El Códice Primordial.
—Buscad el búnker de las sombras —masculla el gigante, replegando sus alas de granito con una parsimonia pedagógica que me hiela la sangre—. Y ocultad al Kerberos antes de que el metal mate le borre el alma.
La advertencia de la estatua queda suspendida en el aire enrarecido por el ozono.
A lo lejos, en la plaza inferior de la Catedral, un silbato de vapor de alta presión, largo, estridente e indomable, rasga la niebla gris ceniza.
El sonido rítmico y marcial de las botas de metal de los Purificadores comienza a multiplicarse contra las fachadas de piedra vieja, taponando los criptopórticos y cerrando los perímetros del distrito.
Los Rastreadores ya están subiendo las escaleras exteriores; el rechinar hidráulico de sus inyectores de supresión de gran calibre delata que la Injunción de Hierro ha iniciado la purificación sumaria, obligándonos a mirar hacia el abismo de las trampillas antes de que los focos de luz blanca destruyan nuestra última penumbra.