CAPÍTULO 10 LA TEMPERATURA DEL VACÍO (Fenris)
La opacidad de la celda de piedra no es un simple vacío, sino una densa masa de frío mineral que se asienta sobre mis costillas con el peso de los siglos olvidados en el subsuelo.
Permanezco estático en el rincón más oscuro del dormitorio clandestino, con los músculos de mi cuerpo hercúleo contraídos en una rigidez agónica, midiendo la distancia escasa que me separa de la banca de roble donde ella descansa.
El siseo casi inaudible del gasneón, que parpadea con un reflejo violeta y mortecino desde el conducto pluvial cercano, dibuja un claroscuro violento sobre sus facciones sutiles, tallando su rostro claro en mitad de la penumbra como si fuera una reliquia delicada de la superficie.
Ada duerme. Su respiración es un fuelle pausado, un transcurrir efímero de latidos mortales que rompe el denso silencio de la biblioteca y me recuerda, con una crueldad que me deforma las sienes, la insultante fragilidad de su condición humana.
Mírate, Fenris. Eres un monstruo de los bosques de hierro, una plaga de alambre y colmillo atrapada en el nido de papel de una bibliotecaria. Un maldito ademán precipitado de tu peso y quebrarás su existencia.
El dolor sordo de mi sistema biológico no remite; el veneno residual del dardo de supresión de la Injunción de Hierro sigue royendo los tensores de mis articulaciones, quemando mi núcleo místico con una marea de éter degradado que exige la liberación salvaje de la fiera.
Siento una zozobra indomable en las entrañas, un tormento animal que me ordena abalanzarme sobre su calidez, pero el pavor absoluto a dañar su anatomía menuda me obliga a clavar las garras de metal negro biológico en mis propias palmas.
Presiono los dedos con saña, sintiendo el crujido mineral de la piedra bajo mis pies y el goteo espeso de mi propia esencia cobalto brotando entre los nudillos para contener el instinto de posesión.
El fango aceitoso y la sangre se mezclan en el suelo gélido, pero el dolor físico es un Refugio bendito si con ello logro mantener a la bestia encadenada en la sombra.
Deseo avanzar, reclamar el bálsamo gélido que solo su Marca verde puede inyectar en mis nervios de hierro, pero el pavor a mi propia fisonomía me paraliza.
Me muevo con la lentitud de un felino herido, arrastrando las botas de cazador sin hacer ruido sobre las losas húmedas, hasta situarme al borde de su lecho.
Me inclino sobre su silueta, envuelta en las mantas de lana áspera que huelen a sándalo viejo y a la vainilla de sus libros proscritos.
Con un temblor febril que me deforma el pulso, alzo mi enorme mano descarnada, extendiendo los dedos de alambre hacia su rostro.
Mi mano se detiene a un centímetro de su mejilla. A un solo milímetro.
La proximidad de su piel es una tortura sensorial insoportable.
Siento el calor carnal que emana de su tez mortal chocar directo contra el vacío térmico de mi fisonomía gélida, desatando una acumulación de estática mística que oprime el aire confinado de la celda.
El vaho helado de mi boca roza la comisura de sus labios, mezclándose con su respiración antes de extinguirse en la opacidad.
Quiero tocarla, dejar que mis nudillos cicatrizados sigan la línea de su mandíbula, pero la visión de las espinas metálicas que amenazan con brotar de mi epidermis me condena a suspender el movimiento en un Casi asfixiante.
El pavor a perder el control, a que una noche de Velo poroso desate el delirio del Kerberos y la convierta en un residuo de ceniza entre mis brazos, me quiebra el espíritu con una melancolía insoportable.
Con un gemido ahogado que se rompe en mi garganta, repliego mis miembros hercúleos hacia la oscuridad absoluta del rincón, huyendo de su Refugio de carne para ocultar mis ojos amarillos en la opacidad del búnker, mientras el calor de mi fiebre parece consumir el último rastro de oxígeno que nos une.