El aullido de la noche (Noxvalia nº 4) CAPÍTULO 9 EL TACTO DE LA AGUJA (Ada)
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CAPÍTULO 9 EL TACTO DE LA AGUJA (Ada)

El silencio denso del Scriptorium se me mete bajo los puños de la casaca, pesado y cargado de una quietud que solo el papel en descomposición sabe exhalar.

Sobre la ruda madera de roble negro, los viales de ungüento químico y las pinzas de bronce reflejan el parpadeo inestable del gasneón, devolviendo círculos de una claridad cian de aspecto puramente quirúrgico.

Sostengo una compresa de lona táctica limpia, conteniendo la agitación de mis pulmones ante la fisonomía masiva que yace frente a mí.

Fenris descansa el torso desnudo sobre la mesa de catalogación.

Su musculatura hercúlea se contrae en espasmos intermitentes, exhausto tras la huida febril por los conductos pluviales del Distrito del Gasneón.

Las cicatrices que le surcan los brazos vibran con una estática sorda, expulsando un calor sofocante, casi insoportable, que devora el frío seco de la cripta y enturbia el vaho de mi respiración.

—No os mováis —le ordeno con mi voz pedagógica, forzando un tono calmado que oculte la zozobra que me ruge en el pecho mortal.

Me ajusto las gafas de lectura de bronce, empujando el puente que resbala por mi nariz, y me inclino con extrema parsimonia sobre su costado herido.

La Injunción de Hierro ha dejado su marca alquímica en él.

Limpio el lodo aceitoso que rodea las laceraciones provocadas por el inyector de supresión, sintiendo el aroma agrio de la sangre mezclarse con la fragancia dulce-metálica del ozono.

Con las pinzas de bronce, comienzo a retirar una a una las astillas metálicas de hierro frío enterradas en su carne, allí donde los filamentos de su pelaje de alambre empiezan a brotar de la epidermis con la textura áspera de una cuchilla.

Un solo roce en falso y este alambre me cercenará los dedos, me advierte el instinto, recordándome la fragilidad de mi condición humana.

Sin embargo, al deslizar mis yemas desprotegidas por el contorno de la herida, el crujido mineral que esperaba no llega.

El metal biológico de su fisonomía cede bajo mi mano con una docilidad inaudita.

Mis dedos se deslizan por el pelaje de hierro sin sufrir un solo corte, sin que el filo natural de la bestia muerda mi lona o mi piel.

Al fijar la mirada, descubro el prodigio: mi condición de Ancla ha activado una sutil película de éter verde que brota de mis poros, un pararrayos emocional que me protege de su fiera.

Sé, por la sospecha analítica que gobierna el Archivo, que esta luminiscencia esmeralda no es esencia pura de Noxvalia, sino la conductividad botánica de las raíces del Árbol del Velo que duermen sepultadas justo bajo los cimientos de este búnker.

Pero el efecto es un sedante inmediato para sus nervios de hierro.

Fenris emite un siseo ronco, un barítono profundo que vibra en los remaches de la mesa de piedra. Su torso se estremece bajo el bálsamo gélido de mi tacto y, en un movimiento precipitado, su enorme mano me sujeta de la muñeca.

La empuñadura de sus dedos es un grillete abrasador que detiene el transcurrir efímero de la cura.

No me aprieta para romperme, sino con la desesperación oclusiva de quien se ahoga en la penumbra del estado feral y busca aferrarse a la tierra firme.

La distancia entre nuestras teces se reduce a milímetros, eliminando cualquier centímetro de seguridad hasta convertir el espacio escaso en una tortura de estática insoportable.

Compartimos un aliento cargado de vainilla vieja y el fuego de su fiebre, fijos los ojos amarillos de la fiera en mis ojos claros, suspendidos en un Slow Burn asfixiante donde el roce prohibido de la carne es la única frontera contra el invierno exterior.