CAPÍTULO 8 LA PATRULLA DEL GASNEÓN (Fenris)
No hay espacio en la estrechez de estos conductos para que mi fisonomía de cazador se desplace sin rozar su fragilidad mortal.
Avanzo a gatas, con las articulaciones de mis hombros protestando bajo el rigor agónico de la supresión del hierro frío, forzando a mis músculos hercúleos a imitar la agilidad felina de una fiera que vigila su territorio en la penumbra.
Mis garras de metal negro biológico permanecen retraídas bajo la lona de mis dedos, pero la tensión de contener el instinto salvaje me hace surcar las paredes de cobre con un crujido mineral que reverbera de forma lúgubre en el pozo de ventilación.
Un centímetro más y la marcarás, Fenris. Un maldito desliz de tu peso y desgarrarás su lona, me advierte el barítono de mi conciencia, atrapado en un pavor crónico que me deforma las sienes.
A mi espalda, escucho el paso rítmico, pausado y meticuloso de Ada.
Su respiración es un fuelle ligero que arroja ráfagas de aire contra mi nuca, trayendo consigo el aroma denso a vainilla vieja y papel en descomposición que arrastra desde la Gran Biblioteca.
El espacio confinado de la tubería es una celda asfixiante que oprime nuestros pulmones, una tortura sensorial donde el calor febril de mi epidermis choca contra el frío seco de sus vestidos victorianos.
Cada vez que el conducto se estrecha en un codo de bronce, el roce de mi casaca de lona táctica contra la seda de su prenda genera una acumulación de estática mística que nos obliga a detener la marcha.
Me giro sutilmente, clavando mis ojos amarillos en sus gafas de bronce, que vuelven a resbalar por el puente de su nariz.
En la opacidad del pozo, su mirada clara sostiene mi desafío sin un solo rastro de pavor carnal, recordándome la terca templanza de un Ancla que se niega a retroceder ante los colmillos de la bestia.
—Estamos cruzando el límite inferior del Distrito del Gasneón —le susurro, y mi voz se quiebra con la aspereza del metal caliente en mitad del aire enrarecido—.
El zumbido eléctrico de las calderas subterráneas de la Injunción está cargando el ambiente.
No hagáis ruido con las llaves de vuestro cinto.
Ada asiente con una parsimonia pedagógica, deslizando sus dedos delgados sobre la rejilla de bronce del suelo.
A través de las ranuras, los destellos intermitentes de gasneón violeta y cian rebotan en el pavimento de adoquines húmedos del callejón inferior, dibujando un claroscuro violento que ilumina su rostro desde abajo con un aspecto espectral.
El olor a aceite de motor quemado y soldadura sube desde los talleres de los muelles, mezclándose con el perfume a jazmín de invierno que emana de su Marca.
Alcanzamos el punto de drenaje clandestino tras una tubería de cobre que sisea vapor a alta presión.
Mis dedos enguantados fuerzan la válvula analógica con un movimiento precipitado; la juntura gime bajo mi fuerza, liberando un goteo espeso de éter líquido puro que brilla con un azul cobalto intenso en la penumbra.
Extraigo el vial de cristal soplado de mi pantalón de cuero grueso y dejo que la sustancia bioluminiscente rellene el envase, exhalando un aroma punzante a ozono y lluvia metálica que nos electriza los tendones.
—Ya lo tenemos —mascullo, sellando el tapón de bronce con un siseo eléctrico—. Regresemos a la Bóveda de Silas antes de que la escasez energética colapse las esclusas.
La gema de cobalto líquido refleja su luz cianótica en las mejillas claras de Ada, pero la quietud gótica del escondite es pulverizada.
Un silbato de vapor de alta presión, largo, agudo y lacerante, rasga el aire húmedo de la calle inferior.
Rastreadores.
Un escalofrío de baja frecuencia me surca la espina dorsal.
El sonido rítmico y marcial de las botas blindadas de los Purificadores rodea la manzana con una frecuencia de asedio militar absoluto.
De golpe, un fogonazo de luz blanca pura, un foco cegador de la Injunción de Hierro, penetra por la rejilla del pozo de ventilación, barriendo la opacidad de los ladrillos y taladrando mis pupilas cambiantes.
El pavor me atenaza las sienes mientras escucho el chasquido hidráulico de sus armas anti-magia a escasos metros de nuestra posición.
Miro a Ada; el transcurrir efímero de su respiración mortal se agita ante la inminencia de la captura.
En la pasarela inferior, un inquisidor alza una brújula de éter modificada; la aguja analógica del emisor parpadea de forma desbocada, trazando la resonancia exacta de nuestro vínculo de esencia.
La vibración del latón del aparato delata nuestra frecuencia de supresión.
Las calderas de la superficie rugen y los soldados amartillan sus inyectores de hierro frío, confirmando el horror en mitad de la llovizna gélida: han cercado los conductos, estamos oficialmente acorralados.