CAPÍTULO 7 LAS LLAVES DEL BÚNKER (Ada)
—Extendamos el mapa —le ordeno, apartando mis manos del borde labrado de la mesa de catalogación de piedra. Mis dedos, fríos y cubiertos por la pátina grisácea del polvo de las criptas, buscan los remaches de bronce que fijan la lona sobre el granito negro mate.
La Gran Biblioteca permanece sumida en un silencio denso, esa masa de siglos acumulada que parece absorber el zumbido de las pocas farolas de gasneón que aún titilan en el pasillo superior.
A mi flanco, Fenris no se mueve. Su fisonomía hercúlea, envuelta todavía en las mantas de lana áspera, proyecta una sombra alargada y masiva que devora la mitad del pupitre de roble.
El calor que emana de su cuerpo es un fuelle constante, una marea febril que altera el ambiente confinado y hace vibrar el vaho helado de nuestras respiraciones antes de que se extingan contra el techo abovedado.
Desenrollo el mapa de cuero tratado con una lentitud analítica.
La superficie del pergamino cruje, un lamento de celulosa vieja que expulsa un aroma punzante a vainilla vieja y papel en descomposición, los únicos aromas que consiguen apaciguar la pesadumbre que nos oprime las sienes desde el Gran Apagón.
—Mirad aquí —le digo, señalando con el índice un cuadrante emborronado por la herrumbre de las cañerías—.
Elena me ha enviado una advertencia espiritual a través de las pizarras imbuida del búnker.
El Edicto de Hierro ya no es una simple amenaza administrativa de la superficie; las divisiones de la Injunción han tomado los accesos del nivel medio.
Están instalando Sifones de Bruma clandestinos en las conducciones principales.
Confiscarán cada vial de éter líquido que se desplace por los distritos altos.
Fenris inclina su cabeza espesa hacia el cuero, y sus ojos amarillos brillan en la penumbra con el fulgor de dos brasas de éter degradado. Un gruñido áspero, un barítono profundo que parece romper los nervios de su laringe, vibra directamente en las losas del suelo.
—Nos van a asfixiar —masculla, y el siseo de sus palabras arrastra un olor dulce-metálico a ozono quemado y sangre tibia—.
Sin la esencia del Velo para alimentar los núcleos, el subsuelo se convertirá en un cementerio de ceniza antes de que acabe el invierno.
Mis articulaciones... el veneno de sus inyectores de supresión sigue royendo el metal de mis tendones.
No podré contener a la bestia en la opacidad absoluta si el suministro se corta.
Escucho el tormento de su confesión, pero mi rostro permanece estático, parapetado tras la rigidez pedagógica de mis gafas de bronce. Me empujo el puente metálico con un dedo, sosteniéndole la mirada sin un solo rastro de pavor carnal.
—Por eso necesitamos firmar un pacto de sangre y desconfianza, cambiante —replico, acortando los centímetros de distancia hasta que la lona de mi casaca táctica roza la aspereza de sus mantas de lana—.
Vuestra musculatura fibrosa y vuestro instinto de cazador son la única fuerza capaz de reventar los tensores de esos Sifones y asegurar el fluido para el Archivo.
A cambio, mis manos buscarán en las líneas marginadas del Códice Primordial un estabilizador químico, un bálsamo que enfríe el fuego rudo de vuestro Kerberos.
Vuestro cerebro contra mi músculo, Fenris. O la herrumbre nos devorará a ambos.
El gigante tensa la mandíbula, clavando sus garras de metal negro biológico en el borde del roble con un crujido mineral sutil que delata la zozobra de su orgullo herido.
La estática mística entre su fisonomía y mi Marca aumenta, una acumulación de electricidad que oprime el aire confinado del Scriptorium.
Su boca se abre para aceptar la alianza, pero la respuesta se congela en el aire enrarecido.
Un repiqueteo metálico, violento, rítmico y hostil, estalla contra las pasarelas exteriores de rejilla.
Botas blindadas.
Me yergue de forma febril, con el corazón mortal desbocado contra mis costillas.
El tintineo marcial de las armaduras pesadas reverbera en las tuberías de cobre de la base con una frecuencia de pánico absoluto.
A través de las aspilleras de bronce del techo, la claridad azul cobalto gélida del Scriptorium parpadea hasta apagarse, sumiéndonos en un claroscuro quirúrgico donde solo nos guían los reflejos cianóticos de los tinteros.
El silbido metálico de los Rastreadores avanza por los pozos pluviales de los canales contiguos; las agujas analógicas de sus brújulas de éter ya están girando desbocadas, midiendo la resonancia de nuestro vínculo de esencia en mitad de la negrura.