El aullido de la noche (Noxvalia nº 4) CAPÍTULO 6 LA GUARIDA DE BRONCE (Fenris)
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CAPÍTULO 6 LA GUARIDA DE BRONCE (Fenris)

La opacidad de la Gran Biblioteca no es un simple vacío, sino una densa acumulación de siglos que se asienta sobre los estantes de roble negro con el peso del granito viejo.

Abro los ojos de golpe, con un espasmo biológico que me sacude el pecho hercúleo, sintiendo la dureza rígida del respaldo de madera tallada incrustándose en las cicatrices de mi espalda.

Mi mente es un remolino confinado, un laberinto donde el pavor de la transformación feral lucha por no apagar el último vestigio de mi conciencia humana.

¿Dónde estoy?

Intento ponerme en pie de forma precipitada, pero el dolor sordo de la supresión de la Injunción de Hierro se activa en mis articulaciones con la fuerza de un tensor oxidado, arrancándome un gruñido áspero que reverbera de forma lúgubre bajo el techo abovedado.

Un escalofrío de baja frecuencia me surca las sienes.

Al mover los brazos, el crujido de la lona táctica desgarrada de mi casaca se mezcla con el rasgueo basto de unas pesadas mantas de lana áspera que me cubren el torso.

Estoy atrapado. Protegido en un nido de papel y celulosa que hiere mi soberbia de cazador solitario.

A mi flanco, una claridad cianótica de gasneón ilumina el pupitre de catalogación.

Detrás del círculo de luz focalizada, se recorta la fisonomía menuda de la bibliotecaria.

Ada permanece estática, ajena a la fiera que acaba de despertar a su lado, reparando el lomo desencuadernado de un volumen antiguo con una parsimonia infinita que me causa una profunda zozobra.

Sus dedos delgados manipulan el pergamino seco con un cuidado meticuloso, exhalando a cada movimiento un aroma denso a vainilla vieja, papel en descomposición y cera de sebo derretida.

La humillación de mi propia debilidad me quema las entrañas. Una bestia de los bosques de hierro, reducida a la invalidez sobre una banca de lectura.

—No deberías haberte quedado —mascullo, y el barítono de mi voz se corta con la aspereza del metal caliente en mitad de la penumbra.

Ada no retrocede ante el fulgor amarillo de mis ojos encendidos, que la vigilan con la fijeza de un depredador acorralado.

Con una lentitud analítica y desprovista de pavor, se coloca las gafas de lectura de bronce, empujando el puente que resbala por su nariz, y me clava una mirada clara y desarmante.

—Vuestra fisonomía no resistirá otra escaramuza si no enfriáis la temperatura de vuestro núcleo, Fenris —responde ella, con su tono suave, pedagógico y firme, una melodía de orden que aplaca la estática mística que me deforma las sienes—.

Permaneced quieto. Las cadenas de hierro frío del Archivo no son las únicas que pueden anular vuestra esencia si persistís en la insensatez de levantaros.

Contengo el aliento, aprisionado entre el laberinto de maderas viejas y la rigidez de su mandato.

Al mirarla bajo la luz quirúrgica de la mesa, la melancolía de mi destino se revela con una lucidez implacable.

Comprendo la pesada cadena del vínculo biológico que nos encadena.

Esta mujer pequeña, rodeada de libros y herramientas de bronce, es mi Ancla viva; la única frontera táctil, carnal y mortal que impide que mi alma se disuelva en la ceniza del Velo o sucumba para siempre al delirio del estado feral.