CAPÍTULO 5 EL CÓDIGO DE LAS HOJAS SECAS (Ada)
La oscuridad que habita en las raíces del Scriptorium no es un simple vacío; es una exhalación botánica, húmeda y pesada, que sube desde las profundidades del suelo para enredarse en la caída de mi falda de lona.
Sostengo mis manos a escasos centímetros del pecho de Fenris.
El calor que emana de su fisonomía de gigante es una marea febril que golpea mi epidermis de mármol, agitando el aire gélido de la cripta con la violencia de una caldera a alta presión que sisea en la penumbra.
Él se ha desplomado sobre la robusta mesa de catalogación de piedra, con la espalda arqueada en un espasmo biológico y los hombros cubiertos de una fina capa de sudor y ceniza mística que brilla de forma mortecina bajo la luz del gasneón.
Cada respiración de Fenris es un tormento áspero que hace crujir la madera de los estantes contiguos, como si el propio aire confinado del Archivo fuera escaso para contener su zozobra.
—Mírame —le pido en un susurro constante, templado por el pánico de mis propios pensamientos.
Me coloco las gafas de lectura de bronce, empujándolas por el puente de la nariz con dedos torpes.
No hay rigidez militar en mis movimientos, solo la terca paciencia de quien se niega a dejar que la fiera desgarre su propia existencia.
Abro un tomo proscrito de crónicas antiguas sobre el pupitre; las páginas de pergamino seco exhalan su aroma a vainilla vieja y papel en descomposición, un Refugio de celulosa que se interpone entre nosotros y la demencia feral que ruge en su sistema.
—«En el principio, el granito no era piedra muerta...» —comienzo a leer, forzando a mi voz a mantener un tono suave, pedagógico y firme, una melodía analítica diseñada para anclar su mente humana al presente antes de que el Kerberos borre el último vestigio de su cordura.
Fenris emite un gruñido bajo que vibra directamente en las losas de granito negro mate.
Sus garras de metal negro biológico se contraen sobre el borde de la mesa, dejando surcos limpios en la piedra viva con un crujido mineral que me eriza la piel de los brazos.
Su cabeza hercúlea se agita, y sus ojos amarillos, encendidos como brasas de éter degradado en la opacidad, me buscan con el pavor absoluto de quien se sabe al borde del abismo.
—Sigue... —masculla él, y el barítono de su voz se quiebra con la crudeza de una cuchilla, arrastrando el vaho helado de su respiración.
Lentamente, mis dedos se aproximan a su sien.
Es un desafío táctil que paraliza el transcurrir efímero del tiempo en el Scriptorium.
Puedo sentir la estática mística que envuelve su piel, una vibración de alta frecuencia que calienta el aire confinado a nuestro alrededor.
La proximidad de su calor febril es una tortura sensorial; mi Marca en la palma de la mano derecha responde, latiendo con un pulso verde esmeralda que arroja una claridad espectral sobre el granito.
Sé que es una conductividad botánica provocada por las esporas latentes del Árbol del Velo que duerme bajo las bases del búnker, pero el efecto es un bálsamo instantáneo sobre su agonía.
Contengo el aliento. La distancia se reduce a un milímetro de pura zozobra carnal.
Poso con extrema suavidad mis nudillos cicatrizados sobre su frente atormentada.
Una descarga galvánica nos sacude al unísono.
Es la primera vez que un ser de carne y hueso toca el pelaje de alambre de su fisonomía sin que el filo del metal corte la epidermis humana.
Una corriente eléctrica de baja frecuencia viaja desde mis yemas hasta su núcleo vital, disminuyendo de golpe el paroxismo de su fiebre.
Nos quedamos inmóviles, fundidos en la penumbra de la mesa de catalogación, compartiendo un vaho helado que se disuelve en el aroma a sándalo y ozono de la estancia, mientras la bestia se rinde, por fin, al silencio de mis manos.