CAPÍTULO 4 LA DISTANCIA DEL COLMILLO (Fenris)
La opacidad de los criptopórticos parece encogerse, como si las paredes de granito negro mate exhalaran una marea de frío mineral dispuesta a apagar el siseo de mi lámpara de mano.
Los ojos amarillos del Kerberos, encendidos en mitad de las sombras, sostienen mi mirada con una fijeza insoportable.
Son dos brasas que parpadean con el calor de una fiebre que no pertenece a este subsuelo, devorando la distancia escasa que nos separa.
Da un paso atrás, Ada. Sube las escaleras de hueso y sella el portón de bronce, me ordena mi mente racional, recordándome la fragilidad biológica de mis huesos mortales ante la fisonomía masiva que gime frente a mí.
Pero mis piernas no obedecen. Mis dedos, agarrotados alrededor del asa de la lámpara, tiemblan con un sutil zumbido de estática que me cala hasta los tendones.
La bestia da un medio paso, y el roce de su pelaje de alambre contra el relieve gótico de la pared produce un crujido metálico que reverbera en mis oídos.
Su respiración es un fuelle que arroja ráfagas de ozono y alambre caliente directo a mi rostro, desarmando la rígida compostura de mis vestidos victorianos.
—No des un paso más —susurro, intentando que mi tono conserve la suavidad pedagógica con la que calmo las páginas heridas del Scriptorium.
La fiera responde con un bufido ronco, de baja frecuencia, que sacude el aire húmedo.
Veo la tensión hercúlea de sus hombros; el Kerberos se prepara para el salto, impulsado por una agonía que nubla su juicio humano.
Su parte animal exige desgarrar mi lona para apagar el tormento de su propia mutación.
Lentamente, sin un solo ademán precipitado que desate su instinto de cazador, suelto la lámpara de mano. El metal golpea las losas húmedas con un tintineo sordo y la luz cian del gasneón queda tumbada, proyectando sombras alargadas que se retuercen en las esquinas.
Doy un paso al frente. Uno solo.
Alzo mi mano derecha desprotegida, exponiendo la palma abierta hacia la fisonomía colosal de la fiera.
—Confía —le pido, y la zozobra de mi propia voz se extingue ante el milagro que se desata bajo mi piel.
En el centro de mi palma, la Marca mística despierta con un paroxismo salvaje.
No es el parpadeo sutil de las noches de bruma ordinaria; los trazos que dibujan la flor en mi epidermis estallan en una luminiscencia verde esmeralda, un fulgor esmeralda brillante que se derrama por el aire enrarecido de la cripta.
La luz no es éter puro de Noxvalia, sino una conductividad botánica alimentada por las esporas latentes del Árbol del Velo que duerme justo debajo de nuestros pies, en las raíces sepultadas del Archivo.
Una onda gélida y purificadora viaja desde mi palma, cruzando los centímetros de distancia como un pararrayos emocional.
El impacto de la descarga golpea el sistema nervioso de Fenris.
La bestia frena el salto en mitad del aire.
Un crujido mineral recorre su lomo; veo, bajo la claridad esmeralda, cómo el pelaje de alambre de hierro se contrae de forma violenta, perdiendo su textura áspera y punzante para replegarse bajo su piel.
Sus garras de metal negro biológico, que hace un segundo arañaban el suelo de granito, se hunden en las losas en un espasmo agónico de sumisión.
Fenris emite un quejido, un sonido que es mitad rugido y mitad lamento de un hombre que se ahoga en su propio pavor.
El pulso febril que emanaba de su cuerpo de Kerberos disminuye de golpe, drenado por el bálsamo gélido de mi Marca.
Sus ojos amarillos, fijos en los míos, pierden la bruma salvaje de la fiera para revelar el tormento de la conciencia humana que regresa a sus orbes.
Nos quedamos estáticos en la penumbra del nicho, con nuestras respiraciones mezclándose en el espacio escaso.
Su enorme torso hercúleo tiembla a milímetros de mis manos, atrapado en una tortura de proximidad sin roce donde el calor abrasador de su fiebre choca contra mi templanza mortal.
El transcurrir efímero de la huida parece detenerse quirúrgicamente en los criptopórticos, encadenándonos a una simbiosis de carne y metal que ninguno de los dos puede rehuir.