CAPÍTULO 3 EL CRUJIDO DE LA MADERA (Ada)
La humedad de los criptopórticos se me mete bajo las costuras del vestido, fría y constante, como si el propio granito del subsuelo quisiera reclamar la poca calidez que me queda.
Sostengo la lámpara de bronce con ambas manos; el metal labrado está helado contra mis dedos desprotegidos, pero la llama cian de gasneón de su interior tiembla con un zumbido eléctrico que me devuelve un mínimo norte en mitad de esta opacidad absoluta.
Mis botas resbalan sutilmente sobre las losas gastadas por la herrumbre y el abandono.
He bajado hasta aquí porque los manómetros del foso de transcripción acusaban un colapso total en las presiones de vapor de las calderas de la base.
El sistema hidráulico del Archivo está fallando bajo el rigor del invierno, y la pesadumbre de perder la única fuente de calor que protege nuestros tomos prohibidos me ha empujado a descender al laberinto de piedra mohosa.
Al bajar el último peldaño de la escalera de caracol de hueso, el aroma a sándalo viejo y pergamino seco del Scriptorium es sustituido por una ráfaga densa de fango aceitoso y agua estancada. Detengo mi paso rítmico.
Bajo la claridad cianótica de la lámpara de mano, mis ojos claros captan un rastro en el suelo.
—No puede ser —susurro, y el vaho de mi aliento se dibuja en el aire confinado antes de disolverse contra las arcadas.
Me inclino de forma precipitada, dejando que la falda de lona roce las losas húmedas.
Hay manchas espesas de lodo mezclado con gotas de un fluido oscuro que no pertenece a las filtraciones de los canales.
Es éter degradado. Un fluido denso, casi negro, que parpadea con una luminiscencia cobalto moribunda sobre el granito negro mate.
El rastro es fresco; las gotas aún hierven con una sutil estática que emite un siseo imperceptible al contacto con la piedra gélida.
Se dirige, de forma inequívoca, hacia la sección clausurada de los manuscritos prohibidos de la Catedral, donde los arcos ciegos hunden sus bases en los cimientos del presbiterio.
Una zozobra helada me atenaza el pecho. Sostengo la empuñadura de bronce de la lámpara con más fuerza, sintiendo el peso de mi propia fragilidad mortal ante el misterio que se oculta en la negrura.
Nadie debería estar aquí abajo. Nadie de la superficie conoce estos accesos sin ser detectado por las divisiones de la Injunción.
Sigo el rastro con pasos silenciosos, midiendo cada centímetro de distancia en la penumbra. El silencio denso del pasadizo parece oprimirme los tímpanos, roto únicamente por el chapoteo rítmico del agua negra de las alcantarillas tras el muro.
Me detengo justo al llegar al relieve gótico de un rostro llorando tallado en la piedra. Es el umbral de los criptopórticos antiguos.
Y entonces, lo escucho.
Detrás del relieve mineral, emerge una respiración ronca, de baja frecuencia, pesada y asfixiante.
No es el ronroneo grave de un pistón de vapor ni el escape de un muelle hidráulico.
Es un estertor biológico, un resuello cargado con el calor febril de una fisonomía que lucha por no perder su cohesión mística.
La temperatura del aire a mi alrededor cambia bruscamente; una onda de calor rudo y sofocante choca contra el frío mineral del nicho, trayendo consigo un olor punzante a alambre de hierro caliente y ozono quemado.
El pulso me galopa en la laringe. Sé que debo dar la vuelta, regresar al foso y activar los cierres de bronce de la Bóveda de Silas. Pero la terca obsesión del Archivo, la necesidad de catalogar el peligro antes de que degenere en la locura feral, gobierna mis movimientos.
Lentamente, alzo la lámpara de bronce sobre mi cabeza.
La claridad cian del gasneón corta la opacidad del contrafuerte como una cuchilla, proyectando sombras alargadas y espectrales que bailan sobre las nervaduras de la bóveda.
El haz de luz ilumina una fisonomía colosal.
A escasos dos metros de mi puesto, acorralada contra el sillar de piedra vieja, se descubre una bestia de proporciones colosales. Su pelaje no es de seda ni de celulosa; es un entramado áspero que tiene la textura y el brillo apagado de filamentos de alambre de hierro.
Su lomo, de una complexión hercúlea y tensada por la agonía, se eleva con espasmos violentos mientras sus garras de metal negro biológico arañan el suelo de granito con un crujido lúgubre.
Dos ojos amarillos, encendidos como brasas de éter degradado en mitad de una tormenta, me clavan una mirada cargada de una pesadumbre letal y salvaje.
La fiera me gruñe desde la penumbra, mostrando unos colmillos que brillan bajo mi luz mortecina, y el aire confinado del criptopórtico se satura de su calor abrasador, dejándome estática ante el abismo de su instinto.