CAPÍTULO 2 ALAMBRE Y CENIZA (Fenris)
El frío no es una caricia en la periferia de Noxvalia, sino un mazo de herrumbre que golpea mis costillas con cada bocanada de aire.
Apoyo una mano hercúlea contra la viga carcomida de un abeto de fundición, sintiendo la descarnada rugosidad del óxido morder mi palma.
Mis pulmones, aprisionados bajo el yugo de una zozobra indomable, exhalan un vaho espeso que se congela al instante en la ventisca.
—No te entregues todavía —me ordeno en un susurro áspero, intentando que mis labios recuerden la rigidez de las palabras humanas—. Quédate abajo, maldito perro.
La bestia empuja. Lo siento en la médula, allí donde el éter degradado se estanca y hierve con la temperatura de una caldera a punto de reventar.
El tormento es físico, una agonía biológica que recorre mis tendones y los transforma en tensores de metal templado.
A mi alrededor, el bosque de hierro silba bajo el azote del viento gélido; sus ramas artificiales de cobre y chapa vieja gimen con el eco lúgubre de una maquinaria abandonada.
Un crujido violento desgarra el silencio denso de la periferia.
—¡Ahg! —el rugido se me escapa, quebrando mi propia garganta con la crudeza de una cuchilla.
Me desplomo sobre las rodillas, golpeando el suelo cubierto de una fina capa de ceniza industrial grisácea. Debajo de la lona y el cuero tosco de mi casaca, mi epidermis se agrieta.
No hay sangre común en la rotura, sino el destello de un cobalto espeso y apagado que se arrastra como brea caliente por mis extremidades. Mis uñas se curvan, endureciéndose de forma dolorosa hasta convertirse en garras de metal negro biológico que se hunden en la tierra helada.
—Un poco más... —mascullo, clavando la frente contra la base de un pistón inerte—. Solo un poco más.
Pero el Velo se deshilacha sobre mi cabeza con un paroxismo salvaje.
Siento la porosidad de la membrana como una corriente de estática que me eriza cada vello del cuerpo, acelerando la mutación hacia el estado feral.
Mis prendas de cuero tratado ceden con un chasquido seco; las costuras se abren ante la violenta expansión de mis hombros mientras los filamentos de hierro metálico, de textura áspera y punzante, comienzan a brotar a través de los poros de mi espalda.
El Kerberos reclama su carne de alambre y colmillo.
De pronto, un silbato de vapor industrial, agudo y estridente, desgarra la ventisca gélida.
—¡Por aquí! —brama una voz marcial a través del laberinto de hierro contiguo—. ¡El rastro de éter degradado asciende por los Sifones de la periferia!
—¡Cierren el perímetro! —responde otra orden rítmica, amortiguada por el siseo de las uniones de vapor de sus armaduras de placas—. ¡Traigan las brújulas analógicas y preparen los inyectores de supresión!
Miro hacia el claroscuro violento que se dibuja entre la neblina.
Fogonazos de luz blanca pura, focos cegadores de la Injunción de Hierro, taladran la opacidad de los abetos metálicos.
El pavor me atenaza las sienes. Si esas moles de acero negro me acorralan ahora, rodeado de hierro frío y sin mi Ancla para apaciguar el delirio de la mutación, la purificación será definitiva.
—No me arrastrarán a sus cadenas —gruño, y el barítono de mi voz ya se deforma en el siseo de un animal acorralado.
Me incorporo de forma febril, balanceando mi fisonomía masiva sobre cuatro patas que apenas obedecen a mi mermada voluntad humana.
El olor a aceite de motor quemado y ozono concentrado que exudan las patrullas se mezcla con el aroma agrio de mi propia esencia herida.
Los Rastreadores están a menos de cincuenta metros; escucho el repiqueteo rítmico de sus botas blindadas sobre las rejillas del suelo.
Frente a mí, medio oculta por el follaje oxidado de una estructura de bronce, se asoma la silueta circular de una trampilla de desagüe pluvial que conecta con las entrañas de la Catedral de los Lamentos.
—¡Allí está! —grita un purificador, apuntando con su foco directo a mis ojos amarillos que brillan en la penumbra.
El silbido de un dardo de supresión cruza el aire enrarecido.
—¡Al subsuelo! —me exijo a mí mismo en un último estertor de cordura humana.
Con un salto precipitado que fractura la madera de la base, golpeo la trampilla de bronce con mis garras metálicas, forzando los remaches oxidados en un estallido de metal caliente.
Me arrojo de cabeza hacia la opacidad absoluta de las alcantarillas, abandonando la ventisca exterior mientras el eco rítmico de los disparos de vapor retumba sobre mi cabeza, sellando mi escape hacia la humedad del canal.